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Marchas, la expresión social de un país Diverso.

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Las Marchas como expresión social, artística, c ¿Dónde realizar las actividades para facilitar la captación de nuevos militantes o fidelizar a los existentes? ¿Cómo y dónde publicitar las actividades para lograr la convocatoria de un gran número de simpatizantes en/durante las marchas? ¿Cómo ritualizar los usos del espacio para contribuir a la gestación de una conciencia colectiva resignificando espacios cargados de sentidos previos?ultural y política, muestra la realidad de un Chile que se pretende ocultar.

Para un mayo de Colores. Problematización sobre las marchas, protestas, movilización social y diversidad sexual…ahora que nos falta uno. Es en un contexto de violencia homófoba, prejuicio sexual y persecución de las diferencias,  es en donde las primeras marchas del orgullo desarrolladas en Latinoamérica dispusieron  a los militantes de LGTB (lesbianas, gays,transexuales y bisexuales) a ganar la calle gestionando su propia visibilidad, siendo parte de una comunidad más amplia en lucha por sus derechos civiles (Quiroga, 2000:1-2, en referencia a la Marcha del Orgullo de Buenos Aires de 1993; también Robles, 2008, sobre la marcha en conmemoración de la entrega del informe Rettig, Santiago de Chile, 1992).

Las marchas y otras prácticas desarrolladas se encargan de llevar al espacio público formas divergentes de sexualidad, género y afecto, cuestionando la restricción de la sexualidad al ámbito de la vida privada de las personas, como un dispositivo heteronormativo en la construcción socio-histórica de la ciudadanía moderna (Richardson, 1998; Bell, 2001).

Según la radicalidad de los grupos, romper con la dicotomía público-privado, constituye uno de los principales objetivos para así lograr una trans-formación cultural que nos lleve a la visibilización de nuestras demandas

Respecto a esto mismo, representantes de MUMS (movimiento por la diversidad sexual) plantean,  “puesto que debemos enunciarnos para existir, cuando existimos, cuando somos concretos emergen las problemáticas, las demandas, lo que a su vez nos exige generar espacios de acción que nos permitan alcanzar la libertad sin restricciones y fundamentalmente sin la carga de la heterosexualidad que todo lo significa entramando una “heterorealidad” que genera todos los mecanismos posibles para no ser deconstruida”, (Equipo de Comunicaciones MUMS, 2006, ¶ 7).

Algunos autores han recurrido al análisis de las marchas del orgullo en diferentes ciudades de América Latina, para destacar diversos aspectos referidos a la politización de las identidades sexo-genéricas y las reivindicaciones sexuales. De esta forma, González Pérez (2005) entiende a las marchas del orgullo como una instancia que permite historizar el movimiento homosexual a través de sus demandas desde sus comienzos en 1978, mientras que Soares da Silva (2008) destaca la multiplicidad de identidades colectivas puestas en juego en las multitudinarias marchas del orgullo, focalizando en las gestiones dilemáticas que llevan a la constitución de la conciencia política del movimiento LGTB.

Mientras que para algunos las marchas se definen también, como  multitudinarios festejos, donde reinan el colorido, la música, la fiesta y la alegría,  argumentando que justamente deben estar destinados a mostrarnos por las calles  y para celebrarnos  en cada diversidad, otros sostienen que en este carnaval de celebración no debemos olvidar  de proclamar en contra de la violencia cotidiana a la que nos somete la discriminación: las agresiones al caminar por la vía pública, las persecuciones policiales, la imposición del silencio, la obligación de invisibilizarnos en el trabajo, si todavía tenemos, y en la vida familiar por miedo a las represalias.

Quienes así argumentan llaman la atención sobre una pérdida de sentido: ¿Acaso no nos presentan nuestro «día de libertad y orgullo»  como la posibilidad de usar brillos, lentejuelas y plumas en la calle, montando un espectáculo mientras vaciaron de contenido las consignas políticas que dieron origen a la Marcha? No se trata de que la marcha no sea un espacio de alegría, pero sin dejar de concientizarnos sobre el lugar que esta sociedad  otorga para gays,  travestis, trans, bisexuales y lesbianas, es decir, llevar las plumas, los brillos y las lentejuelas un día del año y aguantar la represión los 364 días restantes

Barrientos y colb. (2007) y Jones & Martínez Minicucci (2008) han analizado a las marchas del orgullo en Santiago de Chile,  Buenos Aires, Río de Janeiro y San Pablo, como momentos de máxima visibilidad del movimiento que permiten indagar aspectos socio-demográficos y participativos desconocidos de las personas LGTB. La manera en que se gestiona la adopción de modos festivos o combativos de visibilidad, con lleva la caracterización de las marchas: por ejemplo, los eventos de Buenos Aires y Córdoba, comparados con los de San Pablo y Río de Janeiro, se caracterizan como “más politizado[s] en un sentido tradicional”(Jones & Martí-nez Minicucci, 2008; Iosa & Rabbia, 2011). En los resultados de la encuesta efectuada a participantes del acto en Santiago de Chile, destacan también motivos de concurrencia “políticos” por sobre los “lúdicos”, aunque los autores lamentan que “la mirada periodística [de la marcha], a través de la construcción de una imagen festiva (…) la vacía de contenido político” (Barrientos, et al., 2007:65).

S ibien el cuestionamiento a la dicotomía espacial público-privado ha sido central para la mayoría de los análisis (Arnot et. al., 2000), otro aspecto  es la apropiación y  los usos del espacio en parte del movimiento LGBT, los que  han sido escasamente interrogados. La espacialidad se ve implicada en una serie de problemas relacionados con la constitución misma del cuerpo político del activismo, a partir de ello surgen preguntas como: ¿Dónde realizar las actividades para facilitar la captación de nuevos militantes o fidelizar a los existentes? ¿Cómo y dónde publicitar las actividades para lograr la convocatoria de un gran número de simpatizantes en/durante las marchas? ¿Cómo ritualizar los usos del espacio para contribuir a la gestación de una conciencia colectiva resignificando espacios cargados de sentidos previos?

Las acciones del movimiento en pos de los Derechos Sexuales tradicionalmente  han logrado superar las barreras de los nacionalismos y localismos. Sin embargo, no es posible superar esas vallas a través de la invisibilización, la  homogeneización o el desconocimiento de nuestra propia historia e identidad, esto se logra más bien al poder vislumbrar la necesidad de articular los disti

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