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Sudáfrica: lecciones políticas, más allá del fútbol

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La copa de Sudáfrica ha sido una experiencia notable. Exceptuando la gravedad intolerante de dirigentes políticos anclados en el pasado a propósito del affaire Kramer- Piñera, el buen humor que se ha respirado en Chile ha sido simplemente fantástico. De alguna manera misteriosa, el esfuerzo, el espíritu competitivo, el temple y la mentalidad positiva de nuestra selección nacional nos hizo sentir a todos como titulares de esas mismas virtudes. Imagine lo que eso vale para un país que aún respira los efectos trágicos del terremoto de febrero.

Notable también, me parece, es la forma en que ese buen ánimo colectivo se extendió en el tiempo para apoyar a las selecciones latinoamericanas que, lamentablemente, fueron quedando en el camino. ¡El sueño bolivariano de Chávez logrado por decenas de hombres corriendo tras una pelota en un continente del que –al menos los chilenos– casi nada sabemos!

No soy sociólogo, periodista deportivo ni buen futbolista, pero intuyo que la experiencia del Mundial no debe pasar de largo sin que aprendamos algunas cosas de ella. Por razones de espacio, aquí van sólo algunas intuiciones básicas. La primera es que nuestro futuro como país pasa por la capacidad que tengamos, casi de manera contrafactual, de derrotar nuestra insularidad y conectarnos al mundo. Pese a que nuestra economía es incomprensible sin el peso de la actividad exportadora, la que se desplegó de manera formidable durante los gobiernos concertacionistas, nuestra cultura sigue siendo la de isleños temerosos. Pero en Sudáfrica cada chileno tuvo la experiencia, a la distancia, de descubrir un mundo enorme, lleno de posibilidades y desafíos.

Las oportunidades de desarrollo profesional que se iban abriendo para nuestros muchachos de la Roja, tras cada jugada de calidad, daban forma a una metáfora sobre los espacios que en este mundo interconectado se abren a quienes saben conjugar talento con esfuerzo y persistencia. ¿Imagina usted qué no podrían hacer nuestros jóvenes –no los 11 de la Roja, sino todos nuestros jóvenes– si sólo contaran con la educación y el instrumental básico para salir a competir a ese mundo?

La segunda intuición tiene precisamente que ver con los dispositivos tecnológicos que nos permitieron seguir en directo cada uno de los partidos, con las excepciones que debemos a la tontera de ejecutivos del “canal de todos”. Chile ha avanzado mucho en materia de telecomunicaciones y desarrollo digital. Como ministro sectorial tuve la oportunidad de aprobar en el Congreso el presupuesto para completar parte importante de la red de fibra óptica nacional. Veo con optimismo el esfuerzo del subsecretario de Telecomunicaciones por negociar junto a nuestros países vecinos mejores precios para la banda ancha. Pero seamos francos: el tren nos deja. Hace pocos días entró en vigencia en Finlandia un proyecto de ley que convierte el acceso universal a Internet en un derecho fundamental. Mientras tanto, nuestros alumnos y profesores aspiran a poder ocupar durante un par de horas a la semana el precario acceso a la red de que disponen.

Nuestras posibilidades de desarrollo, lo sabemos, están estrechamente relacionadas con nuestra capacidad para integrarnos a ese mismo mundo que durante casi un mes se congregó en torno a los estadios sudafricanos. ¿Cómo hacerlo, si algo tan básico como el acceso a las tecnologías de la información y la comunicación sigue siendo sólo un ruido difuso y lejano para la mayoría de nuestros niños y jóvenes?

Por último, la Copa de Sudáfrica nos dice algo también sobre la forma en que nuestro país se gobierna y debe ser gobernado. En una aguda réplica a la alabanza que un periodista deportivo dedica a Maradona en The New York Times, Daniel Kaufmann argumenta que la diferencia entre la selección argentina y la alemana que la derrotaría inapelablemente radicaba en su “buen gobierno”. Se refería con ello a la capacidad de fijar objetivos y un camino para alcanzarlos, trabajar dura y persistentemente de manera consistente con ellos, aprender de lo errores, así como construir un equipo cuyo valor colectivo es superior al de cualquiera de sus estrellas individuales.

Pocos días después de la derrota de Argentina a manos (o “a pies”) de Alemania, esta última sería vencida por España haciendo gala de un trabajo colectivo brillante.

Es cierto, nuestra selección no alcanzó a avanzar más. Pero nadie duda de la decisión y capacidad de nuestros muchachos para hacerlo el 2014. ¿No es esa otra metáfora sobre la urgencia y viabilidad de hacer de Chile un país desarrollado?

* Columna publicada originalmente en Revista Capital, el 13 de Julio de 2010

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Foto: eme é ele á

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Comentarios

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cindy-iriarte

14 de julio

Sergio, interesante reflexión. Un comentario a uno los puntos menores que planteas.

Me tocó ver el partido entre Alemania y Argentina en una pantalla gigante en un mall, mientras hacía hora esperando terminara el cumpleaños de mi hijo menor. Al igual que tú, sospechaba que quienes allí estábamos, mayoritariamente apoyábamos a Argentina. Pero conforme fueron pasando los minutos, y más cuando Alemania comenzaba a aplastar a la albiceleste, el jubilo fue en aumento. El cuarto gol de Alemania fue, derechamente, una explosión como si fuera Chile quien estuviera goleando a Argentina. Calculé que el 80% de los presentes festejaba el triunfo alemán. Yo, que estaba apoyando a Argentina, callado me retiré tras el partido, pero me quedó dando vuelta lo que vi.

Y la relación con tu entrada tiene que ver con ese “romper la insularidad”. Nuestro nivel de desarrollo parece habernos alejado de nuestros vecinos, quizá de manera más discursiva que real, pero hay un enfoque en el país que hace ver al argentino, al boliviano, al peruano, al latinoamericano, tan cercano o tan lejano como el alemán, el inglés o el francés. Romper la insularidad pasa por abrirnos al mundo, pero abrirnos desde la región que integramos. Las reacciones que presencié ese día me hacen ver que en eso hay mucho que trabajar en casa aún.

14 de julio

Enzo, gran punto. Sin embargo, hay un elemento de rivalidad histórica que es difícil de remontar en el corto plazo. Pero soy optimista. No veo en nuestros niños y jóvenes un ambiente favorable al nacionalismo chauvinista. Me alegró mucho además escuchar las bocinas en las calles celebrando los goles de Uruguay.

Mientras tanto, lo que sí me preocupa es lo que parece el fracaso de la diplomacia de los últimos años en avanzar las negociaciones con Bolivia a propósito de sus demandas de salida al mar. Como ministro trabajé duro para hacer realidad un proyecto que hoy empieza a concretarse, la rehabilitación del FFCC en el tramo Arica-Visviri. Pero claramente falta mucho y es iluso pensar que se trata de un tema en el que ganaremos “por cansancio”.

cindy-iriarte

14 de julio

¿Estás seguro? Hace un rato entró un comentario en la reflexión de Cristóbal Huneeus sobre la CASEN 2009 (que recomiendo su lectura) que trasunta xenofobia hacia los inmigrantes de los países vecinos. Y la xenofobia y la intolerancia hacia lo extranjero se impregna desde chico en la casa.

14 de julio

Revisaré el comentario de Cristobal. Sin embargo, no es necesario llegar a la casa para descubrir la presencia de discriminación fuerte en muchos sectores. Basta mirar, por ejemplo, la manera en que algunos profesores se refieren a los niños peruanos en nuestras escuelas. Tarea pendiente!

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