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Perseguidos por la “farmafia” al evidenciar daño del timerosal

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En los inicios de la controversia timerosal versus trastornos del neurodesarrollo, los Geier, padre e hijo, estaban muy escépticos. Paralelamente Geier padre, en el ejercicio de su profesión, era testigo de un aumento explosivo de casos de diferentes trastornos del neurodesarrollo infantil. Sabiendo que los trastornos genéticos son más lentos en presentarse a través del tiempo, algo no cuadraba en el repentino estallido de casos.

Dr. Mark Geier (padre) MD, PhD, FACMG, ABMG. Ha sido miembro y director del Centro de Genética de América. Ha ayudado a desarrollar servicios en el área de la genética que incluyen ultrasonidos prenatales de imágenes de alta resolución, procedimientos de amniocentesis, consultoría de embarazos de alto riesgo para desórdenes genéticos hereditarios múltiples. Ha trabajado para el tratamiento y evaluación de más de mil pacientes diagnosticados dentro del espectro autista y ha publicado más de 130 estudios en las áreas de la genética, epidemiología, autismo, vacunas. Entre otros, fundador de la ASD Centers of America.

Dr. David Geier (hijo) BA. Graduado con honores de la Universidad de Maryland en Biología e Historia y de la fundación de estudios avanzados del Instituto Nacional de Salud. Graduado de la Universidad George Washington en las áreas de bioquímica, inmunología vacunas, enfermedades infecciosas, epidemiología clínica y métodos de epidemiología. Ha publicado más de 60 estudios de estos temas y más de 30 estudios en la relación de la genética, bioquímica y cambios hormonales en autismo. Su investigación ha aportado nuevas visiones para el tratamiento de esta patología. Fundador de la coalición para medicamentos libres de mercurio.

En los inicios de la controversia timerosal versus trastornos del neurodesarrollo, los Geier, padre e hijo, estaban  muy  escépticos. Paralelamente Geier padre, en el ejercicio de su profesión, era testigo de un aumento explosivo de casos de diferentes trastornos del neurodesarrollo infantil. Sabiendo que los trastornos genéticos son más lentos en presentarse a través del tiempo, algo no cuadraba en el repentino “estallido de casos”. 

El timerosal fue incorporado por la empresa Eli Lilly en 1930 y coincidentemente el autismo fue diagnosticado por primera vez en 1942.

El año 2000 un científico epidemiólogo Dr.Verstraeten planteó, en base  a datos de 100.000 niños, que el aumento en los casos de autismo estaba directamente relacionado con la introducción del timerosal en las vacunas. Según Kennedy Jr “el gobierno ha demostrado ser mucho más hábil ocupándose de los daños y perjuicios que protegiendo la salud de los niños. El CDC pagó al Instituto de Medicina (IOM) para que llevara a cabo una nueva investigación para encubrir los riesgos del timerosal, exigiendo a los investigadores que ‘descartaran’ su vínculo químico con el autismo. El Instituto ocultó las conclusiones de Verstraeten, a pesar de que se había programado que se publicarían inmediatamente y les dijo a los otros científicos que sus datos originales se habían ‘perdido’ y que no podían repetirse. Además, para engañar a la Ley de Libertad de Información entregó su enorme base de datos de la vacuna a una empresa privada, declarando que estaban fuera del alcance de los investigadores. Cuando finalmente Verstraeten publicó su estudio en 2003, ya había empezado a trabajar para GlaxoSmithKline y había modificado su información de manera que el enlace entre el timerosal y el autismo quedara oculto”.

La IOM (Instituto de medicina de EE.UU.) se apresuró en concluir en 2004 que no había ningún vínculo comprobado entre timerosal y autismo, pero ante la enorme evidencia científica del daño causado por el timerosal  y “presionado por el Congreso, por los padres y por algunos miembros de su propio equipo, el IOM convocó, a regañadientes, un segundo equipo para que revisara las conclusiones del primero. En febrero, el nuevo equipo, compuesto por varios científicos criticó al primero por su falta de transparencia e instó al CDC (Centro Control Enfermedades) que pusiera a disposición del público su base de datos de la  vacuna. No obstante, hasta el momento solamente dos científicos han logrado tener acceso. El Dr. Mark Geier, director del Centro de Genética de América y su hijo, David. Ambos estuvieron años luchando por conseguir los documentos médicos del CDC. Desde agosto de 2002, cuando miembros del Congreso presionaron al organismo para que entregara la información, los Geier habían completado seis estudios que demuestran una fuerte correlación entre el timerosal y el daño neurológico en los niños” (Inmunidad Mortal. R. Kennedy Jr 2005).

La testosterona hace a los niños más sensibles a los daños del mercurio y el Dr. M. Geier ha recuperado a muchos niños afectados disminuyendo temporalmente en ellos los niveles de testosterona, utilizando “Lupron”, que también y en dosis mucho más altas es usado para castrar químicamente a pedófilos en EE.UU. Esto fue el pretexto perfecto para la “farmafia”. Aunque el Dr. M. Geier, de trayectoria impecable, ha podido recuperar a decenas de niños atrapados entre la testosterona y el mercurio, la “farmafia” consiguió que le quitaran la licencia, dejando de paso a muchos niños a la deriva sin la posibilidad de recuperarse. Aún así, no podrán contra la verdad a veces insondable, pero omnipresente que se devela cada vez más fuerte y clara, como una urgencia: el timerosal es un veneno que debe ser retirado de las vacunas aplicadas a los bebés y niños, ahora.

Esto cobra más urgencia toda vez que la evidencia actual en contra del timerosal es abrumadora. En el congreso chileno, a raíz del estudio de proyecto de Ley que elimina el timerosal de las vacunas en Chile, constan más de un centenar de estudios (que no han sido realizados por los Geier), que así lo evidencian. La verdad, por sobre todo, tarda pero llega.

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Daniel Diaz

15 de febrero

La reseña no tiene fuentes de ningún tipo, ¿qué datos respaldan lo que aquí se dice?

¿Estas consciente que por blogs poco serios como este la aplicación de vacunas en Chile podría verse severamente afectada?

29 de abril

La fuente es Deadly Immunity (Inmunidad Mortal) cuyo autor es el abogado y ecologista Robert Kennedy Junior (sobrino del fallecido presidente), este artículo fue publicado en salon.com en el 2005. Aquí va una precisa traducción del mismo.

“INMUNIDAD MORTAL” (Deadly Immunity)
Por Núria Homedes, Emilio Cermignani, Martín Cañas

Robert F. Kennedy Jr, sobrino del ex-Presidente John F Kennedy e hijo del Senador Robert F Kennedy, abogado de gran prestigio que se ha dedicado a denunciar el impacto para la salud de la destrucción del medio ambiente, escribió un artículo titulado Deadly Immunity (Inmunidad Mortal) que se publicó el 16 de junio de 2005 en Salon.com. Este artículo ha generado controversia y respuestas tanto de los Centros para el Control de las Enfermedades (CDC) como del Instituto de Medicina de EE.UU. (IOM).

En esta nota queremos resaltar el contenido del artículo original e integrar detalles adicionales que han surgido a partir de las críticas.
Robert Kennedy empieza su artículo relatando una reunión que tuvo lugar en Simpsonwood, Georgia en junio de 2000. La reunión fue convocada por el CDC y tuvo lugar en este centro de retiros metodista, al lado del río Chattahoochee, para asegurarse la máxima confidencialidad. El CDC no hizo ningún comunicado público de la sesión, tan sólo entregó invitaciones privadas a 52 asistentes. Entre ellos había funcionarios de alto nivel del CDC y de la FDA, el especialista en vacunas más destacado de la OMS de Ginebra, y representantes de los principales productores de vacunas, como GlaxoSmithKline, Merck, Wyeth y Aventis Pasteur. Según Kennedy, los funcionarios del CDC insistieron repetidas veces en que la información científica debatida estaría estrictamente “embargada”; es más en el documento principal, escrito por Verstraeten, había un mensaje que decía “No haga fotocopias ni lo reproduzca”, y los participantes no podían llevárselo consigo al finalizar la reunión. Daniel Kirchheimer no está de acuerdo con la versión de Kennedy y dice que sólo se limitaron a solicitar que la información se considerase embargada hasta que fuera divulgada oficialmente el 21 y 22 de junio. A efectos prácticos es lo mismo porque parece ser que nunca se llegó a emitir un comunicado oficial.

La reunión tenía como objetivo tratar una inquietante investigación que había suscitado dudas sobre la seguridad de una gran cantidad de vacunas administradas a bebés y niños pequeños. Según Tom Verstraeten, un epidemiólogo del CDC que había analizado la enorme base de datos con los historiales médicos de 100.000 niños, un conservante con mercurio incorporado a las vacunas -el timerosal- parecía ser el responsable de un aumento espectacular de los casos de autismo y de un gran número de otros trastornos neurológicos en los niños. Según Kennedy, Verstraeten dijo: “Me quedé realmente atónito con lo que vi”, al tiempo que mencionaba la gran cantidad de estudios anteriores cuyos resultados mostraban una relación del timerosal con retrasos en el habla, trastornos por déficit de atención, hiperactividad y autismo.
El artículo continua diciendo “Desde que en el año 1991 el CDC y la FDA aconsejaron administrar tres vacunas adicionales con el conservante a bebés sumamente pequeños -en un caso, a las pocas horas de nacer- la cifra aproximada de casos de autismo se había multiplicado por quince, pasando de uno por cada 2.500 niños a uno por cada 166. ‘Pueden darle todas las vueltas que quieran al asunto’, les dijo el Dr. Bill Weil, un especialista de la Academia Americana de Pediatría, los resultados ‘son estadísticamente significativos’. El Dr. Richard Johnston, inmunólogo y pediatra de la Universidad de Colorado cuyo nieto había nacido a primera hora de la mañana del primer día de reunión, todavía estaba más alarmado. ‘¿Mi presentimiento?’, preguntó. ‘Disculpen este comentario personal, pero no quiero que mi nieto reciba una vacuna con timerosal hasta que no sepamos mejor qué ocurre”.

Daniel Kirchheimer, en una carta criticando a Kennedy, dice que Verstraeten no llegó a establecer una relación estadísticamente significativa entre el timerosal y el autismo. Kennedy niega que su artículo afirme que Verstraeten había demostrado significancia estadística y afirma que se limitó a decir que hay una conexión. Para reforzar su argumento cita un correo electrónico de Verstraeten a sus compañeros en el CDC en el que refiere que ha documentado que los niños después de recibir su primera dosis de hepatitis B tienen una incidencia 7,62 veces superior de autismo; y que a los tres meses, los niños que tenían sus vacunas en regla habían recibido 62,5 microgramos de timerosal y su riesgo relativo de padecer autismo era de 2,48; lo que desde el punto de vista legal sí se considera significativo.

Un punto importante de la crítica de Kennedy es que los funcionarios y ejecutivos de Simpsonwood, en lugar de tomar medidas para alertar al público y eliminar el suministro de timerosal en las vacunas, invirtieron mucho tiempo debatiendo cómo ocultarían la información perjudicial. Muchos de los presentes en la reunión estaban preocupados por cómo las revelaciones sobre los problemas del timerosal podían afectar al futuro de las empresas fabricantes de vacunas. Daniel Kirchheimer también expresa su desacuerdo con esta afirmación. Obviamente, las apreciaciones sobre el tiempo que requiere la discusión de cada tema son subjetivas y, sin leer las transcripciones de la reunión, es imposible juzgar quién tiene la razón.
A juzgar por los comentarios que según Kennedy hicieron algunos participantes de la reunión, lo que es evidente es que el secretismo podría responder al miedo del gobierno y de las industrias a recibir una avalancha de denuncias y juicios. “No nos encontramos en una posición favorable para defender ningún juicio, comentaba el Dr. Robert Brent, pediatra del Hospital infantil Alfred I. DuPont de Delaware. Será un recurso para nuestros abogados. El Dr. Bob Chen, jefe del área de la seguridad de las vacunas para el CDC, puso de relieve que ‘dada la confidencialidad de la información, hemos sido capaces de mantenerla al margen de, por ejemplo, gente menos responsable”. Lo que también parece indicar que a los participantes en la reunión también les preocupaban las consecuencias para la salud colectiva de que un número elevado de padres optase por no vacunar a sus hijos, al menos hasta que consiguieran ofrecer vacunas sin timerosal.

Según Kennedy, “el gobierno ha demostrado ser mucho más hábil ocupándose de los daños y perjuicios que protegiendo la salud de los niños. El CDC pagó al Instituto de Medicina (IOM) para que llevara a cabo una nueva investigación para encubrir los riesgos del timerosal, exigiendo a los investigadores que ‘descartaran’ su vínculo químico con el autismo. El Instituto ocultó las conclusiones de Verstraeten, a pesar de que se había programado que se publicarían inmediatamente, y les dijo a los otros científicos que sus datos originales se habían ‘perdido’ y que no podían repetirse. Además, para engañar a la Ley de Libertad de Información, entregó su enorme base de datos de la vacuna a una empresa privada, declarando que estaban fuera del alcance de los investigadores. Cuando finalmente Verstraeten publicó su estudio en 2003, ya había empezado a trabajar para GlaxoSmithKline y había modificado su información de manera que el enlace entre el timerosal y el autismo quedara oculto”.

Obviamente el IOM se ha defendido de estas acusaciones y ha dicho que el CDC les encargó el estudio pero no impuso ninguna condición, y que las recomendaciones que emanan de los estudios del IOM están siempre basadas en la evidencia y son revisadas por expertos independientes. Según el Dr. Fineberg, el IOM investigó el problema del timerosal en el 2001 y el comité concluyó que aunque los datos no demostraban que hubiera un vínculo entre el timerosal y los problemas del desarrollo del sistema nervioso central y el autismo, tampoco había suficiente información como para descartar la conexión. En ese momento el IOM y la Academia Americana de Pediatría solicitaron que se retirase el timerosal de las vacunas. En otro estudio realizado en el 2004, el IOM concluyó que ni la vacuna del sarampión, paperas y rubéola, ni el timerosal se asociaban al incremento de los casos de autismo, y recomendó que se invirtieran más recursos estudiando el origen real del autismo y se monitoreara la incidencia de autismo ahora que ya se ha retirado el timerosal de las vacunas más frecuentes.

Dice Kennedy que “los fabricantes de vacunas han ido retirando paulatinamente el timerosal de las inyecciones administradas a los bebés americanos, pero siguieron vendiendo suministros con mercurio hasta el año pasado. El CDC y la FDA les echaron una mano y les compraron las vacunas contaminadas para exportarlas a los países en desarrollo, y permitieron que las empresas farmacéuticas continuaran utilizando el conservante en algunas vacunas americanas, incluyendo varias inyecciones para la gripe y dosis de refuerzo del tétano, administradas rutinariamente a los niños de 11 años”. Hay quién dice que ya no hay timerosal en la vacuna de la gripe, ojala así sea. Lo que no nos parece aceptable es que se exporte a los países en desarrollo lo que se descarta en los países del norte. No tenemos información sobre el costo adicional de las vacunas sin timerosal pero creemos que América Latina tiene los recursos para utilizar vacunas que no pongan en riesgo la salud de los niños. La información disponible indica que si bien a nivel de población las vacunas que llevan timerosal se consideran seguras, también es cierto que hay niños que han sufrido daño neurológico -incluyendo autismo- a causa de estas vacunas, y todo parece indicar que esos casos se hubieran podido prevenir simplemente aplicando vacunas sin timerosal.

Kennedy dice que “En EE.UU. algunos legisladores han defendido a la industria farmacéutica frente a las demandas de la población. El líder de la mayoría del Senado, Bill Frist, que recibió US$873.000 en contribuciones de la industria farmacéutica, ha intentado que se concediera la inmunidad a los fabricantes de vacunas de su responsabilidad por los 4.200 pleitos presentados por los padres de los niños afectados. En cinco ocasiones diferentes, Frist ha intentado sellar todos los documentos del gobierno relacionados con las vacunas -incluyendo las transcripciones de Simpsonwood- y proteger a Eli Lilly, la empresa que desarrolló el timerosal, de las citaciones a comparecencia. En el 2002, el día después de que Frist incluyera discretamente una cláusula adicional conocida como la ‘Ley de protección de Eli Lilly’ a un proyecto de ley (Ley de la seguridad de la patria), la empresa hizo una aportación de US$20.000 a la campaña del senador y compró 5.000 copias de su libro sobre el bioterrorismo. El congreso revocó la medida en 2003, pero a principios de este año, Frist incluyó otra disposición en un proyecto de ley antiterrorista que habría negado una compensación a los niños que sufren de los trastornos cerebrales relacionados con las vacunas. ‘Los pleitos son de una envergadura tal que podrían llegar a dejar sin trabajo a los productores de vacunas y a limitar nuestra capacidad de resolver un ataque biológico realizado por terroristas’, declaró Andy Olsen, un ayudante legislativo de Frist”. [N.E.: ver la nota “EE.UU.: El Congreso hace inmune a los laboratorios a las demandas por daños de vacunas” en la Sección Ética y Derecho de esta edición del Boletín Fármacos]

“Incluso hay muchos conservadores que están sorprendidos por el esfuerzo del gobierno para ocultar los peligros del timerosal. El representante Dan Burton, un republicano de Indiana, supervisó una investigación de tres años sobre el timerosal después de que a su nieto le diagnosticaran autismo. ‘El timerosal usado como conservante en las vacunas está directamente relacionado con la epidemia del autismo’, concluyó en su informe final el Comité de reformas del gobierno. ‘Con toda probabilidad, esta epidemia se hubiera podido evitar o reducir si la FDA no hubiera sido tan negligente en la obtención de información sobre la seguridad de inyectar timerosal, una neurotoxina conocida’. El comité añadió que la FDA y otros organismos de salud pública no actuaron como era de esperar y cometieron un ‘acto ilícito institucional para su propia protección’ y por proteger a la industria farmacéutica”.

“La historia de cómo los organismos sanitarios del gobierno se confabularon con Big Pharma para esconder a la ciudadanía los riesgos del timerosal es un estudio escalofriante que delata la arrogancia, el poder y la codicia institucionales. Kennedy, siendo abogado y ecologista, y habiendo pasado varios años trabajando en asuntos de la toxicidad del mercurio, se había encontrado frecuentemente con madres de niños autistas que estaban totalmente convencidas de que sus hijos habían sido afectados por las vacunas. Personalmente, era escéptico con respecto a ello. Dudaba que el autismo pudiese ser culpa de una sola fuente y entendía perfectamente la necesidad del gobierno de asegurar a los padres que las vacunas eran seguras; la erradicación de las enfermedades infantiles mortales depende de ellas. Se inclinaba a estar de acuerdo con escépticos como el representante Henry Waxman, un demócrata de California que criticó a sus colegas del Comité de reformas del gobierno por precipitarse a sacar conclusiones sobre el autismo y las vacunas”.

“Sólo después de leer las transcripciones de Simpsonwood, de analizar la investigación científica de mayor relevancia y de hablar con muchas de las autoridades más preeminentes del país especializadas en mercurio, Kennedy se convenció de que el vínculo entre el timerosal y la epidemia de los trastornos neurológicos infantiles es cierto. Cinco de sus hijos pertenecen a la Generación del timerosal, es decir, a la de los que nacieron entre el 1983 y el 2003 y que recibieron fuertes dosis de mercurio con las vacunas. ‘En los cursos de primaria, hay infinidad de niños que tienen síntomas de daños neurológicos o en el sistema inmunológico’, declaró Patti White, una enfermera de escuela, al Comité de reformas del gobierno en el año 1999. ‘Se supone que las vacunas están hechas para estar más sanos; sin embargo, en los 25 años que llevo trabajando de enfermera, nunca había visto niños tan perjudicados y enfermos. A nuestros niños les está pasando algo muy, muy malo’. Actualmente, más de 500.000 niños sufren de autismo, y los pediatras diagnostican anualmente más de 40.000 casos nuevos. La enfermedad era desconocida hasta que se identificó en 1943 y se diagnosticó en 11 niños nacidos meses después de que el timerosal se añadiera, por primera vez, a las vacunas infantiles en 1931”.

“Algunos escépticos cuestionan si el aumento de autismo se debe o no a las vacunas contaminadas con timerosal. Sostienen que el incremento es el resultado de mejores diagnósticos, una teoría que, como mucho, parece discutible, dado que la mayoría de los nuevos casos de autismo se concentran en una sola generación de niños. ‘Si la epidemia es ciertamente un artefacto de diagnósticos pobres’, comenta a modo de burla el Dr. Boyd Haly, una de las autoridades mundiales especializadas en la toxicidad del mercurio, ‘entonces, ¿dónde están todos los autistas de 20 años de edad?’. Otros investigadores señalan que los americanos están expuestos a una ‘cantidad’ acumulativa de mercurio más elevada que nunca, por causas que van desde el consumo de pescado contaminado hasta los empastes dentales, e indica que el timerosal en las vacunas podría ser sólo una parte de un problema mucho mayor. Es un asunto que, ciertamente, merece mucha más atención de la que ha recibido, pero pasa por alto el hecho de que las concentraciones de mercurio en las vacunas eclipsan otras fuentes de exposición de nuestros hijos”.

“Lo que resulta más sorprendente es que muchos de los investigadores más destacados hayan estado tanto tiempo ignorando, y ocultando, las pruebas en contra del timerosal. Desde el primer momento, los argumentos científicos en contra del aditivo de mercurio han sido claramente mayoritarios. El conservante, utilizado para frenar el crecimiento de los hongos y de las bacterias en las vacunas, contiene etilmercurio, una fuerte neurotoxina. Numerosos estudios han mostrado que el mercurio tiende a acumularse en los cerebros de los primates y de otros animales después de haberles inyectado una vacuna, y, también, que los cerebros en desarrollo de los bebés son especialmente susceptibles. En 1977, un estudio ruso descubrió que los adultos expuestos a concentraciones de etilmercurio mucho menores a las que recibían los niños americanos seguían sufriendo daños cerebrales años después. Rusia prohibió el timerosal en las vacunas infantiles hace veinte años, y Dinamarca, Austria, Japón, el Reino Unido y todos los países escandinavos han seguido su ejemplo”.

‘No se podría realizar ningún estudio que mostrara que el timerosal es seguro’, afirma Haley, jefe del departamento de química de la Universidad de Kentucky. ‘Es sencillamente tóxico en exceso. Si se inyecta timerosal a un animal, su cerebro enferma. Si se aplica a un tejido vivo, la célula muere. Si se introduce a una cápsula de Petri, el cultivo muere. Sabiendo todo esto, sería increíble que, inyectándolo a un bebé, no le causara ningún daño’.

Kennedy dice que “Documentos internos revelan que Eli Lilly, la primera empresa que fabricó el timerosal, ya sabía desde un principio que su producto podría causar daños, e incluso la muerte, tanto en animales como en humanos. En 1930, la empresa probó el timerosal administrándolo a 22 pacientes con meningitis terminal, quienes murieron semanas después de haber sido inyectados, un hecho que Lilly no se molestó en informar en su estudio donde declara que el timerosal es seguro. En 1935, investigadores de otro fabricante de vacunas, el Pittman-Moore, advirtieron a Lilly que sus afirmaciones sobre la seguridad del timerosal ‘no coinciden con las nuestras’. La mitad de los perros a los que Pittman inyectó vacunas con timerosal enfermaron, con lo cuál los investigadores pudieron declarar el conservante insatisfactorio como suero para usar en perros.

“En las décadas posteriores, las pruebas en contra del timerosal continuaron creciendo. Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el departamento de defensa utilizó el conservante en las vacunas de los soldados, le exigió a Lilly que lo etiquetara como ‘veneno’. En 1967, un estudio en Microbiología Aplicada descubrió que el timerosal había matado ratones cuando lo añadieron a las vacunas inyectadas. Cuatro años más tarde, en los propios estudios de Lilly se apreciaba que el timerosal era ‘tóxico para las células de tejido’ en concentraciones tan bajas como una parte por millón -100 veces más débil que la concentración en una vacuna común-. Aun así, la empresa continuó promoviendo el timerosal como ‘no tóxico’ y también lo incorporó en los desinfectantes de uso tópico. En 1977, diez bebés del hospital de Toronto murieron después de haber frotado sus cordones umbilicales con un antiséptico conservado con timerosal”.

“En el año 1982, la FDA propuso prohibir los productos disponibles sin receta médica que contuvieran timerosal, y en 1991 la empresa se planteó prohibirlo de las vacunas para animales. Pero desgraciadamente, ese mismo año, el CDC recomendó que los bebés recibieran con una serie de vacunas con mercurio. Los recién nacidos serían vacunados contra la hepatitis B a las 24 horas de nacer, y los niños de dos meses de edad serían inmunizados contra el Haemophilus influenzae B y contra la difteria, tétanos y tos ferina”.

“La industria farmacéutica sabía que las vacunas adicionales representaban un peligro. El mismo año que el CDC aprobaba las nuevas vacunas, el Dr. Maurice Hilleman, uno de los promotores de los programas de vacunas de Merck, advirtió a la empresa que los niños de 6 meses de edad a quienes se les administraban las inyecciones sufrirían exposiciones peligrosas al mercurio. Él aconsejó que el timerosal fuera discontinuado, ‘especialmente cuando se aplicaba a los bebés y niños’, observando que la empresa conocía las alternativas no tóxicas existentes. “La mejor forma de continuar”, añadió, “es dispensar las mismas vacunas, pero sin añadir conservantes”.
“Para Merck y otras empresas farmacéuticas el obstáculo era el dinero. El timerosal permite a la industria farmacéutica empaquetar vacunas en frascos que contienen dosis múltiples, lo cual requiere una protección adicional, ya que es más fácil que resulten contaminadas por las múltiples entradas de agujas.

Los frascos más grandes son la mitad de caros de producir que los frascos pequeños y de dosis únicas, por lo tanto, para las empresas internacionales, resultan más baratos de distribuir a las regiones empobrecidas que están en riesgo de epidemia. Frente al factor precio, Merck hizo caso omiso a las advertencias de Hilleman, y los funcionarios del gobierno siguieron recomendando cada vez más vacunas con timerosal para los niños”. Antes del 1989, los niños americanos de preescolar solamente recibían varias dosis de tres vacunas -contra la polio, la difteria, el tétanos y la tosferina, y contra el sarampión, paperas y rubéola-. Una década más tarde, gracias a las recomendaciones del gobierno federal, los niños ya habían recibido un total de 22 inmunizaciones al llegar al primer curso escolar.

“A medida que la cantidad de vacunas aumentaba, se disparaba el índice de autismo entre los niños. Durante la década de los noventa, a 40 millones de niños se les inyectaron vacunas con timerosal, provocando que recibieran niveles de mercurio sin precedentes durante un periodo muy importante para el desarrollo del cerebro. A pesar de la buena documentación acerca de los peligros del timerosal, parece ser que nadie se molestó en considerar como se acumulaban las dosis de mercurio que los niños recibirían al administrárseles todas las vacunas requeridas. ‘¿Qué hizo que la FDA tardara tanto tiempo en hacer los cálculos?’ Preguntó en el año 1999 Peter Patriarca en un e-mail dirigido al CDC. ‘¿Por qué el CDC y los cuerpos consultivos no realizaron estos cálculos cuando desarrollaron rápidamente el programa de inmunización infantil?”

“Pero para entonces, el daño ya estaba hecho. Los bebés que, a los 6 meses de edad, habían recibido todas las vacunas, más las dosis de refuerzo, se les habían inyectado niveles de etilmercurio 40% más elevados que el límite que la EPA establece para la exposición diaria a metilmercurio, una neurotoxina relacionada [Nota, en la primera versión decía 187 veces superior pero Kennedy reconoció la equivocación, son 40% superior o 187 microgramos]. Aunque la empresa de las vacunas insiste en que el etilmercurio supone poco peligro al ser descompuesto y eliminado rápidamente, varios estudios, incluyendo uno publicado en abril por los Institutos Nacionales de la Salud, indican que el etilmercurio es, de hecho, más tóxico para los cerebros en desarrollo y que permanece en el cerebro más tiempo que el metilmercurio”.

“Los funcionarios del gobierno responsables de las inmunizaciones infantiles insisten en que las vacunas adicionales eran necesarias para proteger a los bebés, y que el timerosal todavía es básico en los países en desarrollo, quienes, como reivindican a menudo, no se pueden permitir los frascos de dosis única que no necesitan conservante. El Dr. Paul Offit, uno de los asesores en vacunas más destacados del CDC, le dijo a Kennedy, ‘Pienso que si de verdad tenemos una pandemia de gripe -y seguro que la tendremos en los próximos 20 años, pues siempre la tenemos-, no hay forma en el mundo que nos permita inmunizar a 280 millones de personas con frascos de dosis única. Tienen que haber frascos de dosis múltiples”.

No obstante, “mientras los funcionarios de salud pública han demostrado tener buenos propósitos, muchos de los miembros del comité consultivo del CDC, que respaldaron la decisión de las vacunas adicionales, tenían fuertes vínculos con la industria. El Dr. Sam Katz, presidente del comité, fue un consultor remunerado por la mayoría de los fabricantes de vacunas y comparte una patente de la vacuna del sarampión con Merck, quien también fabrica la vacuna contra la hepatitis B. El Dr. Halsey, otro miembro del comité, trabajó como investigador para las empresas de vacunas y recibió un doctorado Honoris Causa de parte de los laboratorios Abbott por su investigación de la vacuna contra la hepatitis B”.

“Estos conflictos de intereses son corrientes dentro del círculo cerrado de científicos. El representante Burton afirma que el CDC ‘permite, de forma rutinaria, a los científicos con conflictos de interés claros, que sean miembros de los comités consultivos científicos, quienes hacen recomendaciones sobre las nuevas vacunas’, a pesar de que tengan ‘intereses en los productos y en las empresas sobre quienes se supone que deben proporcionar una opinión objetiva’. El Comité de reformas del gobierno descubrió que cuatro de los ocho consultores del CDC que habían aprobado las pautas para una vacuna con timerosal contra el rotavirus ‘tenían relaciones financieras con empresas farmacéuticas que estaban desarrollando versiones diferentes de la vacuna.”

“Offit, que comparte una patente de la vacuna, admitió que él ‘se beneficiaría económicamente’ si su voto de aprobación finalmente llevaba a un producto comercializable. Aun así, descartó la insinuación que le hizo Kennedy de que sus intereses financieros directos podían haber influenciado su voto. ‘No me supone ningún conflicto’, insiste. ‘A mí sencillamente se me ha informado mediante el proceso, no me han sobornado. Cuando me senté alrededor de aquella mesa, mi único propósito era hacer las recomendaciones más beneficiosas para los niños de este país. Es insultante que digan que los médicos y los responsables de la salud pública están en el bolsillo de la industria y que, por tanto, toman decisiones que saben que no son seguras para los niños. Simplemente, no es así como funciona esto”.

Según Kennedy “Otros especialistas en vacunas y reguladores también se consideran defensores progresistas de la salud infantil, orgullosos de su ‘asociación’ con las empresas farmacéuticas, inmunes a las tentaciones de sacar provecho personal y asediados por activistas irracionales cuyos movimientos antivacunas están poniendo en peligro la salud de los niños. A menudo, se sienten ofendidos cuando les preguntan. ‘La ciencia’, dice Offit, ‘mejor dejarla para los científicos’.

De todos modos, “algunos funcionarios del gobierno se inquietaron por los aparentes conflictos de interés que había. En un e-mail dirigido a los administradores del CDC el año 1999, Paul Patriarca, de la FDA, arremetió contra los reguladores nacionales por no haber inspeccionado adecuadamente el peligro que representaba la substancia añadida en las vacunas para bebés. ‘No estoy seguro de que haya una forma fácil de evitar que se tenga la percepción de que la FDA, el CDC y los que determinan las políticas de inmunización hayan estado distraídos por lo respecta al timerosal hasta ahora’, escribió Patriarca. Los fuertes vínculos entre los funcionarios reguladores y la industria farmacéutica continúan, ‘también se plantearán dudas acerca de varios cuerpos consultivos, en lo que refiere a las agresivas recomendaciones de uso’ de timerosal en las vacunas infantiles”. En una encuesta reciente, solo el 10% de los técnicos de la FDA declararon no tener ningún conflicto de interés con la industria.

Según Kennedy, “Si los reguladores nacionales y los científicos del gobierno, con los años, no supieron ver los riesgos potenciales del timerosal, nadie podía alegar su ignorancia después de la reunión secreta de Simpsonwood. Sin embargo, en lugar de llevar a cabo más estudios para probar el vínculo del timerosal con el autismo y con otro tipo de trastornos cerebrales, el CDC le dio prioridad a la política por encima de la ciencia. El organismo entregó su base de datos sobre las vacunas infantiles -que, en gran parte, se habían desarrollado a cuenta del contribuyente- a un organismo privado, el America’s Health Insurance Plans, asegurándose de que no se utilizaría para investigaciones adicionales. El CDC ordenó al IOM, una organización consultiva que forma parte de la National Academy of Sciences, que realizara un estudio desacreditando el vínculo entre el timerosal y los trastornos cerebrales.

El CDC ‘quiere que declaremos que estas cosas son bastante seguras,’ comentó la Dra. Marie McCormick, que presidió el Comité de revisión sobre la seguridad de la inmunización del IOM, a sus compañeros de investigación cuando se reunieron por primera vez en enero de 2001. ‘Nosotros nunca vamos a manifestar que [el autismo] sea un verdadero efecto secundario’ de la exposición al timerosal. Según las transcripciones de la sesión, la presidenta del comité, Kathleen Stratton, previno que el IOM llegaría a la conclusión de que las pruebas eran ‘insuficientes para aceptar o rechazar una relación causal’ entre el timerosal y el autismo. Esto, añadió, era el resultado ‘que Walt quería’ -haciendo referencia al Dr. Walter Orenstein, director del Programa Nacional de Inmunización para el CDC”. Tal como hemos mencionado antes, el Dr. Fineberg, de IOM, desmiente estas acusaciones pero el CDC no ha querido dar a conocer el contrato, a pesar de que la ley de Libertad de Información le obliga a hacerlo y, a pesar de que ha habido muchas solicitudes, tampoco ha permitido que investigadores independientes tengan acceso a la base de datos de 6 millones de niños que recibieron vacunas.

“Para todos aquellos que han dedicado sus vidas a promover la vacunación, las revelaciones sobre el timerosal suponían una amenaza que debilitaba todos sus esfuerzos. ‘Hemos tenido un dragón cogido por la cola, aquí’, dijo el Dr. Michael Kaback, otro miembro del comité. ‘Cuanto más negativa sea nuestra presentación, menos gente estará a favor de recurrir a la vacunación; y ya sabemos que es lo que esto ocasionaría. Nos encontramos como atrapados. Nuestra responsabilidad es, creo, saber cómo podemos salir de esta trampa”.

“Los funcionarios nacionales, incluso en público, dejaron claro que su principal objetivo en el estudio del timerosal era disipar las dudas que había sobre las vacunas. ‘Actualmente, se están llevando a cabo cuatro estudios para descartar el vínculo presentado entre el autismo y timerosal’, garantizó el Dr. Gordon Douglas, el entonces director de planificación estratégica para la investigación de la vacuna en el Instituto Nacional de la Salud, en una reunión a la Universidad de Princenton en mayo de 2001. ‘Para poder reparar los efectos perjudiciales de la investigación, que reclamaba relacionar la vacuna [del sarampión] con un riesgo elevado de autismo, debemos realizar y hacer públicos estudios adicionales para garantizar la seguridad a los padres’. Anteriormente, Douglas había trabajado como director de vacunaciones para Merck, donde hizo caso omiso de las advertencias acerca de los riesgos del timerosal”.

“En mayo del año pasado, el IOM publicó su informe final, cuya conclusión fue que no había ningún vínculo comprobado entre el autismo y el timerosal en las vacunas. En lugar de revisar los grandes volúmenes de literatura que describen la toxicidad del timerosal, según Kennedy el informe confiaba en cuatro estudios epidemiológicos llenos de imperfecciones que analizaban países europeos donde los niños habían recibido dosis de timerosal mucho menores que los americanos. También mencionaba una versión nueva del estudio de Verstraeten, publicada en la revista Pediatrics, que había sido adaptada para reducir la relación entre el timerosal y el autismo. El nuevo estudio incluía niños demasiado pequeños para ser diagnosticados con autismo y pasaba por alto otros que mostraban síntomas de la enfermedad. El IOM declaró que el caso estaba cerrado y aconsejó que no se realizaran más investigaciones, una postura sorprendente viniendo de un órgano científico”.

El Dr. Fineberg, de IOM, no está de acuerdo con Kennedy, ha defendido la metodología del estudio y dice que sus datos estaban apoyados en 215 referencias, pero admite que se recomendó dejar de estudiar el vínculo entre las vacunas y el autismo, y centrar la investigación en otras hipótesis que pudieran dar resultados más convincentes.
Kenney dice que “Tal vez el informe había satisfecho al CDC, pero no convenció a nadie. El representante David Weldon, un médico republicano de Florida que trabajaba en el Comité de reformas del gobierno, atacó al IOM diciendo que se basaba en unos cuantos estudios que eran ‘mortalmente imperfectos’, que estaban ‘mal diseñados’ y que no representaban ‘toda la investigación científica y médica que había disponible’. A los funcionarios del CDC no les interesa una búsqueda honrada de la verdad, me comentó Weldon, porque ‘una asociación entre las vacunas y el autismo les obligaría a admitir que sus políticas han dañado irreparablemente a miles de niños. ¿Quién querría llegar a esta conclusión sobre uno mismo?”.

“Presionado por el Congreso, por los padres y por algunos miembros de su propio equipo, el IOM convocó, a regañadientes, un segundo equipo para que revisara las conclusiones del primero. En febrero, el nuevo equipo, compuesto por varios científicos, criticó al primero por su falta de transparencia y le instó al CDC a que pusiera a disposición del público su base de datos de la vacuna. No obstante, hasta el momento, solamente dos científicos han logrado tener acceso. El Dr. Mark Geier, director del Centro de Genética de América, y su hijo, David; ambos estuvieron un años luchando por conseguir los documentos médicos del CDC. Desde agosto de 2002, cuando miembros del Congreso presionaron al organismo para que entregara la información, los Geier habían completado seis estudios que demuestran una fuerte correlación entre el timerosal y el daño neurológico en los niños.

Un estudio, que compara la dosis acumulativa de mercurio que recibieron niños nacidos entre 1981 y 1985 con aquellos que nacieron entre 1990 y 1996, descubrió una ‘relación muy significativa’ entre el autismo y las vacunas. Otro estudio sobre el rendimiento educativo halló que los niños que habían recibido dosis mayores de timerosal en las vacunas tenían casi el triple de posibilidades de que les diagnosticaran autismo y más del triple de que padecieran trastornos del habla y deficiencia mental. Otro estudio que está a punto de publicarse muestra que los índices de autismo están en declive desde la reciente eliminación del timerosal de la mayoría de vacunas”.

“Mientras el gobierno nacional trabajaba para impedir que los científicos estudiasen las vacunas, otros intervinieron para estudiar el vínculo con el autismo. En abril, Dan Olmsted, un periodista de la UPI (United Press International), emprendió por su cuenta uno de los estudios más interesantes sobre el asunto. En busca de niños que no se habían expuesto al mercurio a través de las vacunas -la clase de población que los científicos suelen utilizar como ‘control’ en sus experimentos- Olmsted investigó a la comunidad Amish del condado de Lancaster, en Pensilvania, quienes se niegan a inmunizar a sus hijos. Dados los índices nacionales de autismo, Olmsted calculó que debería haber 130 autistas entre los Amish, pero sólo encontró cuatro. Uno de ellos había estado expuesto a niveles elevados de mercurio procedentes de una central eléctrica. Los otros tres, incluyendo un niño adoptado de fuera de la comunidad Amish, habían recibido sus vacunas”. Aun teniendo en cuenta que entre los Amish pueden haber un infradiagnostico de casos de leves de autismo, la diferencia entre los casos esperados y los reales es demasiado grande e indica que debe responder a un problema real.

“En el ámbito estatal, ha habido muchos funcionarios que también han realizado estudios exhaustivos del timerosal. Mientras el IOM estaba ocupado encubriendo los riesgos, la legislación de Iowa rebuscaba detenidamente entre toda la información científica y biológica disponible. ‘Tras tres años de estudio, acabé convenciéndome de que había suficientes investigaciones creíbles para demostrar un vínculo entre el mercurio y las crecientes incidencias en autismo’, comenta el senador Ken Veenstra, un republicano que supervisó la investigación. Ya sólo el hecho de que el incremento del 700% de casos de autismo en Iowa comenzara en los años 90, justo después de haber añadido muchas más vacunas a los programas de vacunación infantil, resulta una prueba bien sólida. El año pasado, Iowa fue el primer estado que prohibió el mercurio en las vacunas, seguido de California. Actualmente, 32 estados más están estudiando la posibilidad de aplicar prohibiciones parecidas”.

Aun así, en lugar de seguir su ejemplo, según Kennedy “la FDA sigue permitiendo a los fabricantes que incluyan timerosal en muchos medicamentos disponibles sin receta médica, así como esteroides y colágeno inyectado. Y lo que es más preocupante, el gobierno continúa enviando vacunas con timerosal a los países en vías de desarrollo – algunos de los cuales están experimentado una explosión inesperada en los índices de autismo. En China, donde la enfermedad era prácticamente desconocida antes de la introducción del timerosal por los fabricantes de fármacos estadounidenses en 1999, los informes muestran que, actualmente, hay más de 1.8 millones de autistas. Aunque resulta difícil de conseguir datos fidedignos, los trastornos autísticos también parecen estar aumentando en India, Argentina, Nicaragua y otros países en desarrollo que ahora utilizan vacunas con timerosal. La OMS sigue insistiendo en que el timerosal es seguro, pero promete continuar ‘estudiando’ la posibilidad de que esté vinculado a trastornos neurológicos”.

Kennedy ha dedicado tiempo a estudiar este asunto porque piensa que “es una crisis moral que debe abordarse”. Nosotros estamos de acuerdo. La mayoría de países industrializados están eliminado el timerosal de las vacunas para evitar el efecto del mercurio en los niños. La OMS sigue diciendo que las vacunas con timerosal son seguras y eficaces para los países en desarrollo. En muchos de estos países hay limitaciones logísticas y económicas que impiden la utilización de vacunas en dosis unitarias y si no se permitiese el uso de vacunas con conservantes la morbilidad y mortalidad por enfermedades inmunoprevenibles aumentaría. Creemos que este no es el caso de América Latina, donde la mayoría de países podrían aplicar vacunas sin timerosal.
Por otra parte, lo que este caso demuestra es que cuando los asuntos de interés público se manejan con secretismo las consecuencias, sobre todo a largo plazo, son muy negativas.

El secretismo siempre levanta sospechas, y siempre hay alguien que al sentir que se está violando el derecho a la información, acaba descubriendo el secreto. Dependiendo de la pericia del investigador, la información que se divulgue será más o menos acertada, y en cualquier caso dañara la reputación del gobierno que oculta información que los ciudadanos tienen derecho a saber. El gobierno no solo tendrá que aclarar la cadena de eventos y justificar su proceder, sino que deberá corregir los errores en la información y, después del descrédito, no es tarea fácil. Cuando eventos como estos afectan a un área tan sensible como el de las inmunizaciones las consecuencias para el individuo y la comunidad pueden ser devastadoras, y pueden durar generaciones. Basta con recordar los eventos recientes en Nigeria donde la población no quería recibir la vacuna de la polio y que desencadenó un brote de polio que atravesó fronteras y afectó a varios países en África occidental.

Algo parecido está sucediendo con la industria farmacéutica en EE.UU. donde ha habido denuncias de que la industria farmacéutica ha ocultado datos sobre la seguridad de sus productos y la FDA no ha actuado adecuadamente, con frecuencia porque criterios políticos y conflictos de interés afectan la calidad de su toma de decisiones. En este contexto no es de extrañar que los consumidores desconfíen de la información oficial, y busquen fuentes alternativas de información y de tratamiento. Nosotros pensamos que el gobierno y las entidades reguladoras tienen la obligación de ser transparentes y mantener a los ciudadanos informados. Es tarea de todos exigir que se cumpla con este deber básico.
Boletín Fármacos Nº 9. Enero 2006.
Original publicado el 16 de junio de 2005.

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