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La verdadera transición comienza en marzo

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Tal vez podamos discutir la forma y los procedimientos en cuanto a los protocolos usados por los movimientos ciudadanos y de cómo se ha materializado la intención de la pretendida reforma del modelo de desarrollo por parte de la ciudadanía, pero el problema de fondo es real y está reconocido. Necesitamos diseñar una nueva constitución, más de acuerdo con los nuevos tiempos y con los desafíos que de seguro vendrán.

Estamos viviendo en nuestra realidad social actual uno de los cambios sociales, ideológicos y políticos más importantes de la historia contemporánea de Chile. Lo que estamos viviendo seguramente será estudiado más adelante en libros de texto en las universidades como un acontecimiento de importancia vital para lo que seremos en el futuro y se le puede llamar a la realidad actual la verdadera transición política de Chile.

La distorsión de la política que excluyó sistemáticamente a la ciudadanía por no considerarla útil y solo una carga en los últimos veinte años de democracia, son hechos que hoy se han convertido en variables importantes de decisión, que han afectado el orden político a corto y mediano plazo pero en forma positiva, porque nos ha propuesto la evolución y la proyección de las ideas en función del bien común.

En pocos días se dará comienzo al mes de marzo e iniciaremos el año 2013 que sin duda alguna será muy convulsionado y delicado. Traerá consigo grandes cambios teóricos y prácticos en las formas en cómo nos relacionamos con el poder, los gobiernos futuros y sus líderes que aspiran a representarnos. Los ciudadanos nos hemos dado cuenta que el modelo económico que tanto orgullo nos dio hasta hace unos pocos años atrás, era solo un formato manipulado por un grupo minoritario que encontró en nuestra omisión y falta de visión, un punto de enriquecimiento a través malos manejos, aprovechándose de nuestra vulnerabilidad y buena fe, que fue la fermentación final de una voz que hoy necesita ser escuchada, si se quiere de verdad pavimentar el camino hacia el desarrollo y no solo del crecimiento como es la tónica actual medir las cosas.

Es un hecho consciente que ha traspasado las posiciones ideológicas y políticas, entrando en los dominios de la ética, la moral y las buenas costumbres que tanta falta nos hace, por un modelo económico que invariablemente solo obtiene ganancias entregando lo mínimo a cambio y a regañadientes.

La culpa fue de nosotros, los de la generación nacida en los años sesenta, que tuvimos conciencia de lo que estaba sucediendo y no hicimos nada y el que diga lo contrario miente. Pensamos que porque teníamos acceso a bienes materiales estábamos bien encaminados. Aceptamos con naturalidad algo que sabíamos bien en el fondo de nuestras conciencias que no podía estar bien. No quisimos ver más allá. La generación conocida como generación Pinochet, de la cual soy parte para bien o para mal, se entregó rendida ante la esperanza de que todo estaba solucionado porque habíamos recobrado la democracia y habíamos elegido a los políticos que conformarían el congreso a través de elecciones democráticas. La ingenuidad nos hizo pensar que los elegidos serian los guardadores de los valores del bien común, de la ética y la moral, pero la verdad no era tan así y era solo la primera etapa y engreídamente creímos que todo estaba solucionado cuando en verdad no lo estaba.

Hoy estamos en una disyuntiva de importancia vital y la responsabilidad ha recaído en el mundo ciudadano. Debemos ser conscientes de nuestros errores, no debemos olvidar el pasado.

No dijimos nada cuando salieron las universidades privadas como pelos en la sopa de un restaurante barato, con el claro objetivo de lucrar, aunque la Constitución lo prohibía y lo sabíamos. Nos dejamos estar como siempre. Nunca fue un secreto para nadie las irregularidades del formato y malamente creímos que al fin la universidad era para todos. No nos importó que cualquier grupo económico con pizarrón y tiza se hiciera llamar universidad, aunque sabíamos que para ser una universidad de verdad se necesitaba invertir en investigación y ser un aporte a la sociedad, con educación de calidad y no solo ser una maquina de ganar dinero repartiendo cartones certificados, permitiendo que se jugara con la esperanza y los sueños de cientos de familias de clase media que entregaron su vida para pagar los codiciosos aranceles y generar de paso una riqueza mal ávida.

No dijimos nada a nivel de país cuando los aiseninos denunciaron que una transnacional como ENDESA España se había apropiado de los derechos de agua de toda la región de Aysén de forma fraudulenta e ilegal, en lo que hoy es reconocido como un atentado en contra de los derechos básicos de los habitantes de Chile y nos transformamos en el único país del planeta en privatizar sus aguas y no tener injerencia alguna en su forma de uso.

Tampoco nada dijimos ante la continuidad de la municipalización de la educación pública que habíamos heredado de los militares. Todos teníamos claro su ineficiencia, quedando el futuro de miles de muchachos en las manos de un alcalde que a veces poco y nada sabe o entiende de educación y solo busca administrar su municipio.

Nada dijimos cuando nos asociamos al MERCOSUR en el año 1992 y con ello quebró toda la industria textil chilena y gran parte de la producción ganadera del país, que posibilitó entre otras cosas la quiebra del mercado nacional de la carne y mucho hombre de campo a lo largo de Chile quedó literalmente en la calle y para sobrevivir tuvo que vender sus tierras en las que había vivido por generaciones.

Lo mismo sucedió cuando el gobierno de Eduardo Frei Ruíz-Tagle llegó con el discurso del cambio de la matriz energética a gas natural argentino y lo presentó al país como la solución total a los problemas energéticos del futuro. Sabíamos perfectamente que Argentina no tenía la capacidad técnico-profesional ni siquiera para suministrarse gas a ellos mismos, menos para suministrarnos a nosotros y todo se justificó porque era un buen negocio. Hoy precisamente ese error imperdonable y la omisión, ha posibilitado más termoeléctricas en el norte e HidroAysén en el suraustral y de pasada creamos el concepto de “regiones sacrificables”.

Nos omitimos cuando el actual gobierno luego de ser veinte años oposición y a sabiendas de todas las irregularidades heredadas que justificaron su llegada al poder, no llegaron con un plan de acción adecuado y con un protocolo de trabajo en los temas que precisamente hoy estamos exigiendo soluciones: centralismo, regionalización, matriz energética, etc. y hemos tenido más de lo mismo, solo que con una visión diferente, aprovechando de paso a privatizar lo poco que quedaba. Un ejemplo: Aguas Andinas, que era una de las pocas empresas estatales que quedaba, se financiaba y generaba ganancias y que el 40 % de sus ganancias financiaba la Corfo.

Hoy de una u otra manera, todo eso ha empezado a cambiar. La ciudadanía se ha dado cuenta de la “verdad verdadera”, demostrando que el ciudadano común ha madurado y se ha tornado la molestia de ser consciente de su verdadera proyección y su futuro. Tal vez podamos discutir la forma y los procedimientos en cuanto a los protocolos usados por los movimientos ciudadanos y de cómo se ha materializado la intención de la pretendida reforma del modelo de desarrollo por parte de la ciudadanía, pero el problema de fondo es real y está reconocido. Necesitamos diseñar una nueva constitución, más de acuerdo con los nuevos tiempos y con los desafíos que de seguro vendrán.

Hoy la rebeldía ciudadana que se respira en el país es transversal y quiere que el crecimiento que se exhibe se transforme en desarrollo.

Hoy sin duda alguna estamos viviendo la verdadera transición de una etapa necesaria que nos traerán muchos costos sociales, grandes desafíos y fundamentales procesos de aprendizaje que no son fáciles, pero que a pesar de todos los reveses y desaciertos, existe el entendimiento final de lo que somos y de lo que queremos por primera vez en muchas décadas de historia, sin falsas ideologías de cara a la verdad. Aun se ve lejos el destino final, pero el mundo ciudadano tomó conciencia de lo que quiere y de cómo lo quiere.

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