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La dictadura de la mediocridad

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Conocemos la dictadura del proletariado. La de los comisarios del pueblo y los comités centrales. De cortinas de hierro y gulags. La de muros  y castas políticas, donde sólo una identidad de partido te convertía en ciudadano. Donde todo lo que no estaba prohibido era obligatorio. No hemos vivido aquella experiencia de manera directa, pero el fenómeno es ampliamente conocido.

También – vaya cuánto – conocemos la de signo contrario que, sin embargo es muy similar a la anterior. Aquella en que la libertad de algunos pocos es la esclaivitud de muchos, donde el pasaporte no es ya el carnet de militancia, sino el papel moneda, los bonos, las acciones de la bolsa y la riqueza desembozada que da la propiedad de los medios de producción. Donde se idolatra en  el sagrado templo de la empresa la iniciativa privada y la estatura de las personas está en relación directa con el volumen de sus bienes. Donde la sociedad se estratifica en capas tectónicas antagónicas cuyo roce entre ellas produce periódicos cataclismos sísmicos que suelen ser devastadores  y sangrientos.

Pero tal vez la dictadura menos conocida es la que estamos viviendo desde ya algunos años y que se podría denominar la de la mediocridad. Está definida básicamente por la distancia que las separa de las verdades anteriores. Sus gobernantes  se preocupan  de evitar los extremos y mantener un curso equidistante de los derroteros descritos.  Se desarrolla  en el medio de una democracia formal más alabada que sentida y produce un coro continuo de declaraciones solemnes de adhesión a los principios democráticos en circunstancias de que muy probablemente la enorme mayoría de los ciudadanos sería totalmente incapaz de citarlos. En el caso nuestro, va además implantada en un sistema electoral de una lógica indefendible que corresponde a las leyes simplotas de tirar una moneda al aire, cara o sello. Dos conglomerados políticos se han autoasignado el derecho de ser las únicas alternativas legítimas, basados en un artificio constitucional  que un señor muy inteligente le regaló a la dictadura agonizante para que sus principios sobrevivieran al desastre de 1989.

Generados por aquel sistema malévolo, se instaló una generación de políticos que rápidamente se sintieron cómodos en el marco de esa democracia sin riesgos. Desde luego hay excepciones, gente que siguió defendiendo sus principios y que siempre demostró fidelidad a sus compromisos, pero son minoría. Campean los políticos que cumplen fielmente los principios del mínimo esfuerzo. Una cierta cantidad de cócteles a los que hay que asistir, mucha negociación de votos basados en el sacrosanto principio de hoy por mí, mañana por ti, un discurso sumamente moderado que termina en una letanía monocorde de ideas políticas sin sangre ni pasión y la unanimidad a la hora de mantener el sistema sin que se note demasiado. Hemos oído hablar desde hace dos decenios sobre la necesidad de derogar el binominal y sin embargo, como consecuencia de su propio diseño jamás se ha logrado el quórum para asegurar una votación que cambie este estado de cosas. Luego, se repite año tras año una telaraña de excusas cruzadas: La culpa es de ellos. Otro tanto pasa con todas las leyes que apuntan a una reforma verdadera.

Los estudiantes tienen razón, al menos, una parte de la razón. El sistema se estancó, la alegría se agrió, los colores destiñeron y el NO de Octubre perdió significado. Fue un año de protestas de manifestaciones, de marchas, de música y colores. Todos rejuvenecimos y sentimos un coraje inmenso, nuestros corazones latían al unísono con los muchachas y muchachos que nos estaban dando una lección  en las calles de todo el país.

Tenían razón, pero no toda la razón. Erraron el momento en el que había que transformar la protesta en fuerza de cambio. Los estudiantes tuvieron miedo de aquel monstruo que denunciaban con tanta claridad. En vez de atacar a fondo e ingresar en el sistema para romperlo desde dentro, se detuvieron temerosos frente a lo que parecía la muralla infranqueable de la dictadura de la mediocridad. Confundieron la amenaza de perder un año con la tácita probabilidad de perder otra parte significativa de la educación estatal.  Sin darse cuenta, cayeron en la tramposa estrategia de apostar al cansancio de los padres, apoderados y de algunos alumnos. El caos demostró ser contraproducente. Ni hablemos de aquellos misteriosos encapuchados que se tomaron los noticiarios sin que nunca ninguno de ellos fuera apresado por las fuerzas del orden. Nuestras peores sospechas adquieren colores de veracidad. Los estudiantes, en ese aspecto fueron víctimas de una ingenuidad muy propia de sus cortas edades y de alguna manera replicaron la inercia del sistema político. Voces demasiado frecuentes y numerosas repetían las consignas de la indiferencia. No es nuestra la obligación de hacer propuestas, no nos corresponde elaborar estrategias, no  estamos dispuestos a adquirircompromisos políticos. Tampoco demostraron interés por tomarse la democracia como habían hecho con los edificios de escuelas y universidades. Si hubieran tenido la sabiduría de meterse en el sistema, de inscribirse “voluntariamente” en los registros, tendrían en este momento más de un millón de inscripciones en la mano para exigir las reformas que ellos y nosotros estimamos indispensables y urgentes. Ningún diputado ni senador tendría la más remota posibilidad de hacerse elegir sin suscribir un formal compromiso con ellas.

Pero la ocasión histórica se desperdició y no es el momento de llorar sobre la leche (no) derramada. Es el momento de pensar en las correcciones. Ya sabemos que el año 2012 no viene pacífico ni pasivo, viene con el movimiento estudiantil renovado y fortalecido. Que no se nos escape la oportunidad esta vez. Que el año nuevo traiga la culminación del proceso iniciado ya en 2006. Que la juventud despierte al interés por la política y sepa jugar bien sus cartas. Que ingrese masivamente al juego democrático y asuma sin más su papel protagónico. Que sean ellos los agentes del cambio, quienes derriben a la dictadura de la mediocridad y de la resignación estática. Creo ver que hay posibilidades concretas que ello ocurra. Es lo que le pido a este año.  

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Foto: Kena Lorenzini

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Comentarios

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gabmarin

03 de enero

Lo cito: “Campean los políticos que cumplen fielmente los principios del mínimos esfuerzo”. Cuidado con las generalizaciones, don Pedro. Concuerdo con usted en el sentido que atisbo detrás de sus palabras (mejorar la calidad de nuestra política), pero parte del ejercicio ciudadano que nos corresponde es hacer la crítica prescindiendo de ciertas “verdades” instaladas por la Dictadura.

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