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Educación y cultura sísmica en Chile: Una tarea pendiente

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Las transformaciones de conciencia deben partir sobre todo en las aulas, donde el educando esté continuamente en contacto con acabados protocolos de seguridad, simulacros, y sepa qué hacer ante una emergencia, tal cual como sus pares en Japón, México o Nueva Zelanda.

Hace unos días atrás, un sismo de 6.7 grados golpeó a la ciudad de Iquique, alerta de tsunami “menor” incluida (esta vez el recién estrenado gobierno no se arriesgó a cometer errores). Como muchas veces, esta situación generó pánico en la población, la que evacuó rápidamente a los cerros y tuvo un comportamiento adecuado a la situación.

El norte de Chile espera hace largo rato un gran terremoto con tsunami incluido, tan grande como el del 27 de febrero de 2010. Por lo cual, los expertos en desastres señalan que esta zona es la mejor preparada para enfrentar un gran movimiento sísmico de estas características en nuestro país. Las autoridades a lo largo de los años han implementado simulacros y recomendaciones para que la población sepa que hacer antes, durante y después de un terremoto. Sin embargo, para la evacuación en Iquique, algunos cometieron errores que, a la hora de una amenaza real, puede hacer la diferencia entre la vida y la muerte: muchas personas evacuaron en sus autos, generando tacos y dificultad de desplazamiento para el resto de las personas. Y cuando algunas personas intentaron entrar a algún edificio para realizar una evacuación “vertical”, el acceso les fue negado.

La falta de educación y cultura sísmica en Chile es evidente no sólo en estos dos hechos puntuales, sino también cuando ocurren otros sismos de gran magnitud. La población muchas veces reacciona con histeria, gritos, empujones, desmayos y en casos más graves, saqueos como fue el caso del pasado terremoto de 2010.

Chile es uno de los países más sísmicos del mundo y lo seguirá siendo por siempre. Cabe preguntarse entonces, ¿cuántos terremotos más deberán pasar para que tengamos una real cultura sísmica?

En Japón (otro país tan sísmico como Chile), los niños desde  que son pequeños aprenden los protocolos de actuación en caso de terremoto en sus escuelas. Los simulacros son muy habituales en estos lugares, pero también en empresas y otros lugares de trabajo. Existen centros de entrenamiento que utilizan simulaciones reales y donde acuden familias enteras. Aquí aprenden qué deben hacer y qué no deben en caso de un terremoto y un tsunami. Japón, además, sufre embates de tifones y erupciones volcánicas. En estos centros, existen salas especiales donde se recrean los efectos y la fuerza de los tifones, o de incendios provocados por este tipo de fenómenos, donde los niños aprenden a escapar del humo y sus padres aprenden cómo apagar el siniestro lo más rápido posible. Los japoneses dedican importante tiempo en sus vidas para saber cómo sobrevivir a la fuerza de la naturaleza porque saben que, tarde o temprano, van a vivir “sí o sí” este tipo de catástrofes y que por esto hay que estar siempre preparado. Y no sólo los japoneses: si eres extranjero y llegas a vivir o a estudiar a Japón, las autoridades entregan un manual de prevención escrito en 5 idiomas.

En las escuelas japonesas, los alumnos aprenden a protegerse de las amenazas que suponen un terremoto con material de formación e información insertado en el curriculum escolar de ese país desde el jardín infantil hasta lo que aquí equivaldría a cuarto medio. Se les enseña constantemente, por ejemplo, que durante un terremoto no deben abandonar el edificio donde se encuentran, ya que podrían resultar heridos por los materiales que caen producto del sismo y que deben buscar protección debajo de las mesas y que luego pueden hacer abandono del lugar hacia zonas de seguridad previamente establecidas con algo para proteger sus cabezas. Las constantes explicaciones teóricas son complementadas siempre con simulacros prácticos. Sus padres, por otra parte, conocen cuál es el centro de evacuación más cercano a sus casas o lugares de trabajo, que puede ser desde un parque hasta una instalación deportiva y saben que los niños también irán a un centro de evacuación previamente establecido por la escuela, evitando así padres desesperados y agolpados en las puertas de los establecimientos, gritando y empujándose tratando de sacar a sus hijos de las escuelas en caso de emergencia cómo ha ocurrido acá en Chile en muchas oportunidades.

Cursos preventivos se dictan en los lugares de trabajo y todas las familias japonesas siempre tienen en sus casas un “kit de emergencia” con una linterna, alimentos no perecibles y todo lo que se pueda llegar a necesitar. Este ‘kit’ posee también pastillas para purificar el agua, fósforos, sopas instantáneas, un botiquín de primeros auxilios, una serie de herramientas esenciales para hacer frente a una catástrofe natural y una radio-linterna, cuyas pilas se recargan haciendo girar una manivela, y que tiene programada el canal de emergencias de la emisora pública japonesa, la NHK.  Este kit fue implementado por las autoridades luego del terremoto de Kobe en 1995 y se vende en muchos supermercados. No es algo fuera de lo habitual, es lo común.

Las universidades también preparan un detallado protocolo ante situaciones de emergencias, el cuál es practicado y revisado constantemente por las autoridades universitarias, informando al alumnado de áreas de seguridad designadas cercanas a su casa, especialmente si los alumnos viven solos o han debido desplazarse a otras ciudades diferentes a su ciudad de residencia. Se les aconseja asegurar los muebles a la pared y no colocar en estos objetos pesados que puedan caer encima de los inquilinos en caso de que se produzca un temblor fuerte.

El gobierno japonés además invierte en un moderno sistema de alerta. Cuando se produce un sismo, la Agencia Meteorológica Japonesa difunde mediante la televisión pública NHK y otras televisoras japonesas junto con las radios y mensajes de textos por celulares, que en cierta cantidad de segundos vendrá un sismo para luego difundir su magnitud y el lugar del epicentro. El país cuenta también con un Sistema de Alarma de Tsunamis desde 1952, uno de los más avanzados del mundo. El sistema emite una señal de advertencia mediante altavoces y sirenas en menos de 3 minutos desde que se produce el terremoto en todas las ciudades costeras de Japón (y todos funcionan). La ingeniería japonesa también construye edificios de gran calidad. El pasado 11 de marzo de 2011, para el “gran terremoto y tsunami de Tohoku”, ningún edificio se cayó ni en Tokio ni en Sendai, donde en esta última ciudad la percepción del terremoto fue de grado X en la escala de Mercalli.

Otros países menos sísmicos como México o Nueva Zelanda (donde me tocó vivir un tiempo), presentan grandes rasgos de cultura sísmica: calma y orden, se siguen al detalle las instrucciones y protocolos de seguridad de las autoridades, y la población conoce al detalle estos protocolos y confía en la información entregada por sus autoridades, ya que sus autoridades conocen de primera fuente que sucede y que puede suceder. Los simulacros preventivos son comunes en aulas y lugares de trabajo.

Lamentablemente, en nuestro país la falta de educación y cultura sísmica se ve reflejada primeramente a nivel gubernamental, donde no existen aparatos tecnológicos suficientes para prevenir situaciones y no existe una red sismológica completa para realizar investigaciones acabadas sobre estos fenómenos naturales. La población tampoco tiene la costumbre de prevenir situaciones ni tener kits de emergencias y tampoco se informa de lo que se debe hacer en caso de terremoto o tsunamis. Muchos muebles en nuestros hogares están mal ubicados, muchos pueden caer encima nuestro en caso de terremoto. En las escuelas se habla muy poco o casi nada de movimientos telúricos, en un país con larga actividad sísmica a lo largo de su historia. No se enseñan acabadamente protocolos de cómo reaccionar ante una emergencia y faltan contenidos con información técnica acabada de cómo se producen estos fenómenos. En las escuelas se implementó la Operación Deyse, la cual nació en 1977 y se aplicó por más de veinte años en todos los colegios como parte de un plan que implicaba cómo se debía proceder correctamente para reaccionar y evacuar las salas de clases ante estados de emergencias.

En el año 2007, la ONEMI modificó la estructura de este plan y lo convirtió en el Plan Integral de Seguridad Escolar –más conocido como “Operación Cooper” en memoria de Francisca Cooper, la chilena que falleció en el maremoto del Sudeste Asiático en 2004- el cual busca acceder a planes más eficientes de atención de emergencias, en los que se provean mejores condiciones de seguridad a la comunidad en su conjunto y a su vez, desarrollar conductas de protección y seguridad para generar una cultura preventiva.

Lamentablemente fuera del ámbito educacional, son muy pocos los planes y programas que eduquen a la población en general para reaccionar correctamente ante emergencias y evacuación de zonas inseguras. Un claro ejemplo es que en varias comunas afectadas fuertemente por el tsunami del 27 de febrero de 2010 se realizaron charlas informativas anteriores al terremoto para saber qué hacer en caso de tsunami. En aquellas oportunidades, las comunidades completas asistieron a estas charlas que organizaron las municipalidades con organismos de seguridad, diseñando planes de evacuación hacia los cerros junto con sonidos de alarma que ejecutarían los bomberos en caso de una alarma de tsunami. Sin embargo, para el 27F todo falló. El terremoto derrumbó muchos cuarteles de bomberos y se destruyeron las centrales de alarmas. En otros lugares, como Dichato (donde me tocó vivir el maremoto), ni siquiera había sirenas instaladas (al día de hoy aún no las instalan). Esto, sumado a que las autoridades del gobierno central tampoco sabían que pasaba en ese momento, hizo que la población no supiera que les sucedería minutos después.

Luego de esta tragedia, la ONEMI instauró variados simulacros a nivel nacional, especialmente en las zonas costeras donde toda la comunidad se involucró. Sin embargo, como ya vimos en el fuerte sismo de Iquique, la población sigue cometiendo errores que podrían terminar en accidentes e incluso costándoles la vida.

En un país como Chile se debe instaurar una educación y cultura sísmica para que la población no reaccione violentamente, saqueando y robando todo lo que incluso no le sirve en momentos de catástrofe. Además, un país donde parte de su población (y algunos medios de comunicación) valida a ciertas personas o grupos que señalan “predecir” sismos y terremotos por las redes sociales, donde se desacredita a los científicos y a la evidencia científica porque “ellos tienen miedo de que los predictores les quiten la pega” y donde la población le cree a pies juntillas  a estos predictores porque aciertan a uno o dos sismos, pero no toman en cuenta que fallan los otros 99 predichos, es una clara señal de que hay mucho que hacer en cuanto a cultura y educación.

Las  transformaciones de conciencia deben partir sobre todo en las aulas, donde el educando esté continuamente en contacto con acabados protocolos de seguridad, simulacros, y sepa qué hacer ante una emergencia, tal cual como sus pares en Japón, México o Nueva Zelanda. El gobierno a su vez debe invertir recursos en mejorar las herramientas tecnológicas disponibles para el estudio y análisis de sismos, procurar que los organismos de emergencia funcionen adecuadamente, seguir invirtiendo en sistemas de alertas y educar a la población en general mediante programas de información, espacios educativos en televisión abierta, simulacros en todo el país y modificar el curriculum escolar para que, desde niños, podamos entender cómo y porque se producen estos fenómenos naturales y que hacer en caso de una emergencia.

Es casi imposible no sentir miedo o temor frente a un sismo. Las sociedades más preparadas para este tipo de fenómenos también se asustan ante estos eventos, es lógico. Pero la diferencia está en la cultura y la educación sísmica de cada país. La necesidad de crear un país culturalmente sísmico y con conciencia de estos fenómenos  y que sepa reaccionar frente las catástrofes, no sólo es tarea de la educación, sino que de todos nosotros.

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Foto: Wikimedia Commons

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Comentarios

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Cristian F. Subiabre

21 de marzo

Muy buen articulo por cierto, un gran aporte, estimado Profesor.

Nicolás Acevedo

11 de mayo

Hola, me interesa bastante conocer su testimonio debido a una crónica que estoy desarrollando sobre la cultura sísmica en Chile. Agradecería bastante poder contactarnos vía mail al menos.
Saludos cordiales

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