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¿Es la Feria del Libro de Santiago nuestro evento cultural más importante?

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Como parte de un tinglado ya conocido, los organizadores de la Feria Internacional del Libro han hecho “un positivo balance” de la edición número 30 que cerró sus puertas ayer domingo. Para quienes hemos seguido su trajín durante la última década se trata de una evaluación que suena a un ritual demasiado pautado por el mismo guión con que este evento se pone de pie año tras año. Si la visitaron 250 mil personas es un dato que sería un despropósito intentar verificar. Hay toda una disciplina –el márquetin– dedicada explotar por todos los medios una sola regla: hablar bien de tu negocio.

Y es que si algo me desanima de la Filsa es justamente su falta absoluta de novedad, su incapacidad de renovarse y de transformar esa ceremonia maqueteada, aséptica y marquetera que todos conocemos en un verdadero festín de los lectores. Son muchos los años en que la Feria no ha sido otra cosa que una foto repetida colgando de nuestro calendario. Tal es el remedo de sí misma que –haga usted el ejercicio– es posible incluso adivinar la ubicación que tendrán en la próxima versión la mayoría de los expositores. Llevamos mucho tiempo esperando algo que le dé algún colorcito, que la refresque, que la prenda, que desordene la maqueta, que la haga más atractiva para ese lector que quiere encontrar algo más que lo que encuentra en una librería de mall.

La Filsa es la mejor medida de nuestra industria editorial, una industria sin muchas ambiciones, acomodada en la medianía, a ratos muy poco profesional, con poca capacidad de innovación, sin argumentos para crear lectores o salir a buscar mercados y tremendamente autocomplaciente. En Chile, las filiales de grandes editoriales transnacionales son poco más que importadoras y distribuidoras de libros, y muchos de los editores locales más que editores son “publicadores”, para quienes el verdadero negocio comienza cuando un autor llega a sus oficinas dispuesto a pagar por ver su nombre en letras de molde. Para unos y para otros la dimensión política y social de la lectura y del libro está lejos de quitarles el sueño. No se sorprenda: esa es la medida de la Feria del Libro que tenemos.

Por eso cuesta tanto creer, como lo afirman con majadería sus organizadores, que la Feria Internacional de Libro de Santiago sea el evento cultural más importante de nuestro país. Es justamente su estancamiento lo que ha permitido que otros hitos culturales le hayan salido al paso. En muchos aspectos, por ejemplo, el Festival de Cine de Valdivia es uno de ellos: como ningún otro ha tenido la virtud de clavar un evento de clase mundial en una capital regional y de no perder por eso un horizonte de internacionalización. El Festival de Teatro a Mil es otro ejemplo: no sólo parece más denso que la Filsa en su aporte cultural, sino que es capaz de convocar, en sus actividades callejeras, a un público mucho más masivo y que accede, además, gratuitamente a sus actividades.

Vale, entonces, el aviso a los organizadores: la Feria Internacional del Libro de Santiago ha dejado hace rato de ser lo que dice ser. Y es bien útil comenzar por sacudir los discursos.

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Foto: 29.10.2010 – Gobierno de Chile / Licencia CC

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15 de noviembre

El tema del costo para ingresar a la Feria quizás sea debatible, pero si asistieron 250 mil personas, creo que a nivel de “ciudadano común” el evento en cuestión es altamente valorada.

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