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La ordenanza tan polémica del club de golf de Chicureo no es otra cosa que el reflejo de una sociedad de profundas desigualdades y dos de sus mas nefastas consecuencias: la obsesión por la apariencia y la legalización del menoscabo.

Es tan profunda y brutal la plataforma social de menosprecio y la inagotable imaginación de etiquetas discriminatorias que, lejos de sorprender, constituyen una legitima barbaridad, un "bullying" enraizado y esparcido, que dentro del país da la sensación de ser universal.

Esta normativa, si bien es una del ámbito privado, es un derivado inconfundible de la monumental inequidad de la familia chilena. Cuando se permite que los que tienen más abusen impune y sistemáticamente de los que tienen menos, se genera un circulo vicioso de innumerables dependencias que empiezan por la explotación y no termina sino en la humillación del más necesitado.

Una mentalidad de pobreza por condición y no por circunstancias, sumada a una política laboral extemporánea e injusta, permite que el promedio nacional de los ingresos de un trabajador chileno sea, al menos, cuatro veces menor que la de un trabajador Norteamericano que cumple similar servicio productivo. Una empleada domestica (maid) en USA. obtiene fácilmente diez veces más que una en Chile, aun cumpliendo una, y no la combinación infinita de labores de una "nana" o asesora del hogar. Se les paga lo justo; eso las hace inalcanzables para el contrato para la apariencia o por el lujo: solo se les paga cuando son una necesidad insoslayable . De dónde saldrá el dinero para pagar mejor una empleada dirán todos. Muy fácil: entre otras muchas, de las siguientes fuentes naturales:

Uno.- Reducir el interminable horario de trabajo a la mitad, sin reducción del salario.

Dos.- Utilizando el tiempo que permite la "asesoría del hogar" en algo productivo que aumente el ingreso familiar, a fin de cubrir los gastos que demandan el cuidado de los hijos, el marido y la casa.

Tres.- Ocupando mayor tiempo en el hogar, no solo para mejorar la calidad del tiempo con la familia, sino además para tener menos para recorrer vitrinas, gimnasios o supermercados que solo constituyen gastos .

Cuatro.- Compartiendo con la "asesora" o la nana, las inversiones en juguetes clásicos y electrónicos de nueva generación, que hacen de cada niño otra u otro empleador inconsciente en el futuro.

Imagino que a estas alturas brotarán solas e inagotables ideas brillantes para financiar el mejor salario de las nanas y/o asesoras del hogar, garantizando así al menos tres cosas: orgullo de llevar uniforme, supervisión maternal tanto del cabro ajeno como del propio, que chitas que lo necesitan, un inesperado dinamismo económico en la actividad comercial de todos, pero, especialmente, de quienes forman parte del mecanismo de consumo de las empleadas y de sus familias. Y si la imaginación no acompaña mucho, no sería mala idea consultar con el marido, que por lo general para estos menesteres se escuda en la capacidad de su mujer, o a pesar de eso.

El desprecio o el dudoso respeto de eufemismos para compensarlo con eso tan chileno de nombres rimbombantes como asesora del hogar, y no de empleada domestica como si eso fuera un insulto, o nana a una niñera pero sin pagarles proporcional a sus sacrificios, obliga a pensar que, una vez más, le damos más importancia a lo que parece y no a la frescura que es en realidad. Después de todo, no existe mayor respeto que un salario justo y que a uno lo llamen por su nombre, ¿no creen ustedes?

Muchas, si no todas las enormes diferencias, como el repertorio histórico de problemas sociales y económicos que arrastra el país, tienen origen en la jibarización salarial institucionalizada, en la que sobreviven quienes aportan trabajo al crecimiento de las empresas y de los hogares ajenos. Esto cambiará solo en la medida que se reformen legislaciones laborales, pero sobre todo, si ocupamos el mismo espíritu ciudadano empleado en la cadena bien probada de solidaridad y de preocupación anual por el minusválido.

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Foto: PuzzlagazeLicencia CC