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Aysén: revuelta, unidad y sus efectos en la autoestima regional

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Probablemente, para variar, no todos estarán de acuerdo conmigo. Como en tantas otras ocasiones, este escrito será sólo uno más en el tráfago de opiniones que se han vertido y se verterán sobre los logros, hasta ahora, de la movilización general y transversal que hemos llevado adelante en este trozo de Patagonia. 

Zanjada la necesidad de declarar el carácter subjetivo de mis dichos, hasta este momento el principal resultado no es económico ni material, toda vez que los acuerdos firmados son compromisos que habrá que monitorear y hacer cumplir. Lo alcanzado es más profundo e inmaterial. Es algo que no se compra en el centro comercial ni se puede pagar con un cheque o una tarjeta de crédito.

Algunos le llaman orgullo. Otros autoestima. Yo simplemente lo calificaré como ese estado de ánimo general que nos hace creer que podemos cambiar nuestro futuro y el de quienes con nosotros están, que tenemos las riendas de ese caballo que corre veloz por los campos  y que hasta hace poco nos conducía a un destino incierto, pero que hoy nos dirige hacia uno que sentimos poder materializar.

Desde siempre en Aysén la gente se ha sentido orgullosa de vivir en uno de los lugares más hermosos del planeta. Es cosa de conversar con los visitantes, muchos de ellos pasajeros del mundo, para entender que esta Trapananda es un tesoro de vastedad, originalidad y naturaleza en estado natural difícil de igualar. Por su clima y su geografía, que han redundado en su escasa población, brilla por sobre otros territorios que algún día lucieron estas cualidades pero que hoy sobreviven opacos en la homogeneidad de la uniforme transformación urbana.

Pero tal silvestre satisfacción, más allá de gestas como la mítica Guerra de Chile Chico, carecía de sentimientos que reconocemos en otras regiones y que cubrían con un manto de resignación nuestra mirada sobre el futuro.

Fue primero la lucha contra las represas, que deben reconocer incluso quienes están a favor de tales emprendimientos. Más allá del mito de los recursos económicos, está claro que ese nivel de movilización regional y nacional nunca antes se había visto por estos pagos. Desde hace varios años ser aysenino o patagón es ser alguien que proviene o habita en un lugar excepcional, no por nada tanta gente, incluso mucha que ni siquiera conoce esta tierra, lo defiende como si en ello se le fuera la vida.

Y ahora último, el orgullo de la unidad. De ser capaces de dejar por un momento de lado nuestras diferencias y aliarnos en pos de demandas que no nos son necesariamente del todo comunes, pero que entendemos a otros ayseninos convocan y que aquello es razón más que suficiente para recorrer juntos el camino de la movilización.

Nadie dice que esto ha terminado. Como en todo existen voces disidentes a las formas, los objetivos y los logros, lo cual es lógico y hasta necesario en un proceso de articulación que nace desde la ciudadanía y no desde el bando número 1 de un régimen dictatorial. A aquello no debemos temer, ya que desde un principio este movimiento ha sido una navegación con marineros de distintas nacionalidades pero cuyo sino colectivo es poner todos junto pie en tierra firme.

No es el momento de sacar cuentas alegres. Pero sí para reconocer que todo aysenino siente que se ha puesto de pie, sin más sostén que su convicción y el sentido de unidad. La manada, el cardumen, la bandada, como tanto le gusta decir a uno de nuestros dirigentes. Y eso no se compra en el mercado. Eso se aprende en la experiencia que, sabemos, nadie nos podrá arrebatar.

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Foto: El Ciudadano

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