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Chile: la vida sigue después del jaque mate

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Parafraseando a Asimov, podríamos decir que en Chile la vida política, a diferencia del ajedrez, continúa después del jaque mate. El estallido social del 18 de octubre no sólo no terminó en el momento del gran relámpago, sino que abrió paso a eventos políticos inéditos, a movilización de fuerzas gigantes, a manifestaciones de voluntades insospechadas por lo críticas, ácidas y violentas, y a un rápido ajedrez de jugadas mayoritariamente espontáneas, de matrices profundas, reveladoras de contenidos sociales, sensibilidades y emociones multitudinarias que Chile no podrá sino procesar con toda la calma y seriedad a que obliga su abrumadora y dramática evidencia.

Desde el poder establecido y tambaleante se esperó que todo acabara en breve para no pasar a peores. En el juego rápido de los primeros días la derecha cedió una pieza vital del tablero – la Constitución de Pinochet- que algunos de sus representantes a posteriori declararon cedida “gratuitamente, a cambio de nada”. Falsa percepción del escenario real y, además, engañosa e injusta culpa arrojada por quienes no fueron los primeros actores en esos momentos sobre las espaldas de una dirigencia que trataba de salvar lo que quedaba del naufragio, negociando en una situación insostenible, frente a fuerzas contrarias abrumadoras, para sostener sus intereses de clase a mediano y largo plazo.


Es indudable que la partida se sigue jugando y que aunque hemos avanzado en algunos frentes y estamos mas al día y mas alertas sobre las reglas del juego y lo que se está jugando, el duelo no se ve nada de fácil y saltan a la vista baches críticos por varios lados.

Ahora ya estamos en otro escenario y el juego sigue a pesar del jaque mate. Lo notable es que el que ya se hace de un lado, más allá de todos los cambios, los nuevos trajes y el entarimado de reemplazo que dibujan de otra manera los actores y escenarios, revela los viejos estilos de algunos actores, los recursos y armas ya utilizadas en viejas campañas, conocidas y desgastadas, maltrechas y de escasa eficacia, en suma pobres, de filo más que mellado. Se agita nuevamente el viejo fantasma del terror, presentado ahora con las figuras, máscaras y maquillajes del momento, es decir, actualizado con el trabajo de poca monta de algunos publicistas de ética dudosa.

La pregunta que salta es inevitable: ¿Cómo pretenden parapetarse después de todo lo ocurrido detrás de la figura del viejo tirano? ¿Cómo aspiran a salvarse ahora sumergiéndose en esas pestilentes aguas? ¿Cómo pretenden que Chile, este país despertado de la horrenda, larga e insidiosa pesadilla de los últimos años, acepte revolcarse nuevamente en esos antiguos fangos?

Gracias al 18 de octubre todo el país, y también la derecha, tiene la posibilidad de construir una Constitución democrática y actualizada. No es frecuente que en su historia los pueblos conquisten este derecho fundacional. Por ello mismo cuesta trabajo ponerse a la altura del desafío. No me refiero a la pericia de los especialistas constitucionales, que por cierto se requieren. Hay algo previo que se hace necesario y que se lee en nuestra compleja historia de país tercermundista y subdesarrollado, sometido a poderosos intereses internos e internacionales, a su larga y dolorosa historia de lucha por liberarse y conquistar su segunda independencia. Por otra parte, hay que leer también los tiempos que corren, con una humanidad ya globalizada, en revolución cognitiva y tecnológica y enfrentada a desafíos y riesgos inéditos, propios del enorme poderío que ha alcanzado.

A pesar que el estallido social fue un golpe demoledor contra los poderes dominantes y a su significado como valioso desnudo de la sociedad real, ya patrimonio clave para todos los estudios y modelos que se elaboren a futuro y para cualquier intento serio de ingeniería y planificación de largo plazo, los conflictos sociales no han terminado y la lucha política continúa. Chile sigue siendo una sociedad de clases con los más elevados niveles de desigualdad en el mundo y un conjunto de carencias esenciales en muchos ámbitos. Todo esto no desaparecerá de la noche a la mañana ni con la mas genial de las Constituciones que podamos redactar y aprobar.

Chile despertó y eso significa que se pone a trabajar, no como sonámbulo sino como conciencia colectiva alerta y vigilante. Pese a los estereotipos de clase antipopulares que suelen usarse, esta conciencia está impregnada de los más altos valores de la Patria. Nos iremos acercando a que luchar por lo de uno sea luchar por lo de todos y luchar por lo de todos sea luchar por lo de uno. Este será el Chile despierto y ese será el camino para hacerlo realidad. Para ello tendremos que resolver problemas urgentes y complejos.

Lo primero es obtener el 26 de abril una victoria suficientemente amplia para asegurar la opción de elaborar una nueva Constitución que escape a los condicionamientos y cerrojos a que sin duda aspirará la derecha más cavernaria.

Lo segundo es enfrentar con éxito los problemas políticos e institucionales que desbordarán y no podrán ser resueltos mediante la nueva Constitución. La credibilidad y la legitimidad del sistema político en su conjunto y el de sus representantes son harto precarias. Todos los poderes del Estado y sus autoridades tienen en mayor o menor grado altos niveles de cuestionamiento. En Carabineros esto ha llegado a grados extremos y son motivo de escándalo, pero respecto al deterioro, desprestigio y desconfianza popular del resto de las instituciones del Estado poco se habla. Se han abierto focos de preocupación y discusión abierta por graves eventos de corrupción en algunos servicios, pero aparecen más como guerrillas esporádicas politizadas, con diversos focos de lucha, en torno a temas en apariencia sueltos sobre instituciones y aparatos del Estado, que una discusión sustantiva y ordenada en profundidad sobre materias esenciales de la vida social en que se decide el destino de los ciudadanos.

Lo tercero remite al modelo económico donde ocurre algo distinto pero no de menor gravedad. Al parecer el estallido social le dio o le dará sepultura definitiva al modelo Chicago, pero no está en absoluto claro qué y quiénes podrían reemplazarlo. Es un caso dramático no sólo de Chile. Afecta al menos a toda America Latina y El Caribe, y probablemente es un problema que tiene un alcance mucho más basto. Para nuestra región ya esta bastante clara la orfandad que al respecto ha venido mostrando la CEPAL, organización de la ONU para estos temas. Mas allá de decirnos desde hace años que este modelo y las economías de la región son insostenibles bajo el patrón y el estilo dominantes, no ha mostrado ninguna capacidad real de nuevas propuestas ni de críticas más estructurales y profundas que indiquen soluciones o caminos de desarrollo alternativos a mediano y largo plazo. Tampoco se visualizan otros grupos de economistas, ni entre nosotros ni fuera de Chile, que tenga propuestas reales y consistentes a un capitalismo que a ojos vista hace agua, pero que muestra también una vitalidad impresionante. Es un sistema cada vez más desigual y concentrador pero nadie ve con claridad cómo y con qué reemplazarlo.

En los tres frentes mencionados se observan con nitidez las cartas que tienen las fuerzas más reaccionarias para llevar las cosas en dirección a mantener sus privilegios. Es la conocida estrategia gatopardista: cambiar todo para que nada cambie.

Uno de los mayores problemas que se avistan a mediano plazo es cómo hacer para que, más allá de los cambios constitucionales que el país pueda concretar, se logre y asegure eliminar los orígenes estructurales de la desigualdad y de las carencias sociales que motivaron el estallido social. Por otra parte se presenta la difícil interrogante de como levantar una barrera infranqueable que impida un deslizamiento paulatino y silencioso del nuevo ordenamiento que se logre hacia una nueva versión del modelo elitista y oligárquico que queremos eliminar. Mi impresión es que una de las claves para esto es darle al nuevo ordenamiento institucional una porosidad suficiente para que se airee y actualice periódicamente con cierta soltura y flexibilidad. Hay una perceptible diferencia entre las condiciones para otorgar la necesaria solidez de un sistema institucional y otras fórmulas y estratagemas para conseguir y asegurar una institucionalidad petrificada que impida todo cambio.

Si nuestro balance general a esta altura nos hace pensar que hemos logrado un jaque mate al modelo Chicago y al sistema político caduco e ilegítimo que lo respaldaba, es indudable que la partida se sigue jugando y que aunque hemos avanzado en algunos frentes y estamos mas al día y mas alertas sobre las reglas del juego y lo que se está jugando, el duelo no se ve nada de fácil y saltan a la vista baches críticos por varios lados. Estamos frente a una oportunidad histórica de mejorar en profundidad cuestiones esenciales de la vida cívica en nuestro país, ocasión excepcional que pocas veces se abre. Ha sido una conquista potente de una inmensa mayoría movilizada. Queda mucho por hacer y es razonable esperar que quienes se empinaron a esas alturas tengan también la capacidad de ir paso a paso realizando esos trabajos, dándole forma y contenido al Chile que anhelamos.

 

TAGS: ajedrez Constitución

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