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Partido Republicano y los silencios de la derecha democrática

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Común es la reiteración en los medios de comunicación sobre cómo, desde la sociedad civil o la ciudadanía, se pone en riesgo la institucionalidad y, por consecuencia, la democracia.  Cómo por las protestas, expresiones públicas y acciones de la más diversa índole el Estado de Derecho es torpedeado por quienes, bajo el marco actual, no tienen otra herramienta de incidencia en el espacio colectivo.


¿Validará con sus silencios la derecha democrática el avance de un movimiento cuya gran parte de su visión había quedado atrás?

Se va instalando así que quienes abogan por cambios estructurales son radicales, a quienes hay que ignorar o deslegitimar. Uno de los efectos de aquello es que el sistema se mantiene sin mutaciones de fondo. Un sistema donde el acceso a derechos como educación y salud de calidad está directamente relacionado con el poder adquisitivo de las familias, donde un profesor luego de 35 o 40 años de servicio termina sus días con pensiones de 160 mil pesos, donde hay hombres y mujeres con plomo, arsénico y mercurio en sus cuerpos porque el Estado permite industrias contaminantes en sus comunidades.  Donde se mercantiliza todo, incluso la naturaleza.

La pregunta es, entonces, ¿quién es el radical? ¿Los que quieren cambiar este modelo y volverlo a su centro más humano y armónico con los ecosistemas o quienes luchan por mantenerlo tal cual?

En el libro Cómo mueren las democracias, los académicos de Harvard Steven Levitsky y Daniel Ziblatt establecen cuatro indicadores clave de comportamiento autoritario: 1) Rechazo (o débil aceptación) de las reglas democráticas del juego; 2) Negación de la legitimidad de los adversarios políticos; 3) Tolerancia o fomento de la violencia; 4) Predisposición a restringir las libertades civiles de la oposición, incluidos los medios de comunicación.

La aplicación de estos criterios se dirige a la elite política, que son responsables, en primer lugar, de cautelar la salud de la democracia.  Y a los ciudadanos también, por cierto, pero son los líderes y dirigentes quienes tienen la prioridad en su cumplimiento.

Aquello recordé cuando el 28 de mayo en Radio Agricultura Checho Hirane entrevistó al senador RN Andrés Allamand, hoy precandidato presidencial de su sector.  Recordé también la frase de Martin Luther King Jr.: “Al final, recordaremos no las palabras de nuestros enemigos sino el silencio de nuestros amigos”.

En plena entrevista, un auditor dijo algo así como “el Presidente Piñera debiera disolver el Congreso y meter presos a todos los diputados y senadores”.  Al aire.  Un descargo común e incluso válido para un ciudadano de a pie.  En eso no hay problema.  O por lo menos no tanto en momentos de ires y venires de frases de todo tipo ante una institución donde se han dado graves faltas a la probidad y delitos.  ¿Pero es legítimo que un actor político lo deje pasar?  ¿Qué no tenga comentario alguno ante tal planteamiento? Porque lo que involucra tal expresión es un golpe de estado presidencial.

Fue esta la claridad que demostró John McCain, contendor de Barack Obama en las elecciones de Estados Unidos de 2008.  “No puedo confiar en Obama. He leído sobre él y él no es… él no… él es un árabe” le lanzó una adherente en un mitín durante la campaña. Automáticamente el también senador movió la cabeza y respondió, sin duda alguna: “No, señora. Es un hombre de familia decente, un ciudadano con el que resulta que tengo algunos desacuerdos en asuntos fundamentales. Y de eso trata esta campaña”.

McCain, republicano, no permitió con su silencio que se instalara un mentira.  Que se mantuviera una visión que él no solo no compartía sino que consideraba ilegítima.

Es este un pequeño ejemplo de cómo se amenaza la democracia. No solo por lo que se hace, también por lo que se permite hacer.  Un reflexión más que pertinente hoy para Chile Vamos, cuando aparece un nuevo actor en la política institucional, que hace de la intolerancia, la imposición y el autoritarismo su leit motiv político: el Partido Republicano de José Antonio Kast.

¿Validará con sus silencios la derecha democrática el avance de un movimiento cuya gran parte de su visión había quedado atrás?

TAGS: #Democracia #JoseAntonioKast Tolerancia

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12 de Junio

Tomando la misma frase sobre la democracia, no veo donde el autor muestra la supuesta “hace de la intolerancia, la imposición y el autoritarismo su leit motiv político”. Esa caricaturización es la antidemocrática, sobre todo refrendada con el “….también por lo que se permite hacer..” . O sea, los angelitos que quieren cambiar la sociedad hacia algo mas “justo”, rompiendo cosas, amenazando al resto, etc….si estarían en lo correcto porque su motivo le gusta al autor; pero si el señor Kast inventa un partido semi-clerical (porque en realidad es mas parecido a eso que a una ultraderecha), por lo visto debería impedirsele hacerlo. Nuevamente, el problema parece estar alojado en el concepto de Estado que las personas se esfuerzan por controlar para…..controlar al resto.

12 de Junio

Creo que muchos se cuestionan, es preocupante el caso de Kast, pero también el caso Jadue, muchos se van a los extremos, y acuden a esos viejos enemigos totalitarios de tan mal pasado. Es difícil mantener las democracias en estos tiempos, tampoco se cuida a quien se elige, el caso de tres o cuatro descerebrados que han llegado al parlamento es sólo un botón de muestra de lo despreocupados que son los partidos políticos, a la larga, cualquiera de los totalitarismos nos pasará la cuenta.

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