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Nueva mayoría social: la profundización de un neoliberalismo corregido

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Allende casi al finalizar su discurso en la Naciones Unidades (1972), denunciaba con agudeza la emergencia de bloques transnacionales que asediaban las agendas estatales. Se trata de una impugnación frontal a la primera etapa de la globalización –misma que se empezó a implementar desde 1990. Lo mismo que el padre de la izquierda chilena cuestionaba ante los líderes del mundo, sus hijos lo practicaron deliberadamente.

En la primera página de “El 18 Brumario de Luis Bonaparte” (1852), una joya de la literatura marxista, Karl Marx sostenía que la historia se repite dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa. Creo que por estos días, es prudente ensayar una analogía que analice nuestro paisaje político bajo esta metáfora. La Concertación comprende la materialización de la sociedad de consumo (la noche neoliberal), y los destellos constituyentes de la Nueva Mayoría -aplacados por la tecnocracia progresista y el veto conservador- se asemejan a una farsa*.

El ingreso nacional monopolizado por 4.000 familias, para no decir en pocas manos, forma parte de una evidencia insoslayable en el caso chileno –que el materialismo histórico supo presagiar. Pero como es vox populi la peculiaridad del llamado “milagro chileno” consiste en que el proyecto neoliberal se ejecutó en sus dimensiones últimas bajo los gobiernos de la Concertación. Fue así como transitamos desde una modernización autoritaria hacia una modernización liberalizante. Modernización sin modernidad nos decía Norbert Lechner. El activo humano de la izquierda chilena, hijos y nietos del desarrollismo, o bien, autoproclamados herederos del allendismo, implementó en todos sus estertores el actual modelo económico-social.

Un breve estado de la cuestión nos lleva a establecer un diagnostico sombrío, pero debidamente sustentado en una agobiadora evidencia empírica. Cabe aclarar que no buscamos subrayar aspectos negativos presididos por la sola incontinencia crítica hacia la coalición del arcoíris.

La estructura social chilena arroja datos que rayan en la obscenidad. Por de pronto mencionemos lo más consabido: el 30% del PIB es absorbido por el capital transnacional; el 2% de la población -traducido en menos de 4.000 familias- absorbe el 30 % del ingreso nacional. Mientras el campo de la pyme aporta con el 80% de la colocación en mano de obra, el gran empresariado sólo lo hace en el orden del 10%. El 60% de la población chilena tiene un ingreso mensual igual o inferior a $ 400.000. Restaría hacer un desglose más elaborado de la repartición de un punto de crecimiento de empleabilidad –ello arrojaría conclusiones demoledoras en materias de redistribución del producto social.

En torno a cuestiones de estratificación social habría muchas cosas que agregar. La llamada movilidad social, la brecha que un sujeto recorre entre su grupo de origen y su destino laboral, traduce a su manera la factualidad antes mencionada. Vicente Espinoza, en algún informe CEPAL, –dada la falta de cobertura en el campo del trabajo- habla de movilidad oscilante, horizontal en los grupos medios. La creciente des-regulación estaría asociada a una “inconsistencia posicional” vinculada a “focos de empleabilidad”, especialmente para quienes pululan en una especie de desplazamiento intra-estamental al medio de la pirámide social. Definir normativamente las formas de acción de estos grupos es un desafío mayor por la impredecible zona gris.

Sin perjuicio de este nefasto “scanner”, nuestro mayor problema se relaciona con la dominante neoliberal que se sirve del programa cultural de la ex Concertación. Una cosa fue el ajuste estructural implementado en Dictadura, otra cosa es aportar un “mecanismo sensitivo” a la sociedad de consumo –un  reparto de lo sensible como diría Ranciére. De momento, lo básico: desde el punto de vista estructural, la Concertación agudizó deliberadamente un régimen de desigualdades materiales y parentales. No se trata de buenas o malas intenciones. Ya Marx nos enseñó que su pesar con la burguesía era “…en tanto personificación de categorías económicas”. Que nadie dude de su activo rol en profundizar -por la vía crediticia- una lamentable “cultura aspiracional” que agravó la producción de grupos medios, sin nombrar los distorsionadores efectos en el mundo popular. Aquí hablamos de grupos con filiaciones diposas, térmicas y líquidas.

La coalición experimentó un proceso de elitización (en cargos directivos, asesorías al mundo privado y paneles de expertos) que terminó por instaurar un “hedonismo estetizante” que vino a corromper las formas del progreso colectivo –ahora privatizado en la metáfora del emprendedor. El conglomerado vino a “eficientar” –cual mejor alumno- la privatización de la vida social en todas sus dimensiones: salud, educación, sistema previsional, mundo del trabajo, privatización de la esfera pública en un marketing urbano, etc. La extensión social de la plusvalía es la vida puesta a trabajar. De victima a victimario, en un movimiento pendular de  insospechada vocación privatizadora.

A comienzos de los años 90, debemos hacer frente a la pontificada “cultura del miedo”, como una tesis sacrosanta naturalizada en una máxima de los consensos –a riesgo de reversión autoritaria. El argumento de la “estabilidad institucional” se imponía por lejos ante cualquier antagonismo al camino adoptado. Toda alternativa al realismo de esos años (la década del largo bostezo) suponía un conocimiento inmaduro de la incidencia fáctica de los militares. El ejercicio de enlace, los pino-cheques, eran la prueba más fehaciente. De última, se invocaba toda la relojería constitucional legada por el pinochetismo para justificar los límites fácticos de la transición chilena. Así la coalición del arco-iris nos hizo parte de su concertar, de su obsecuencia, que se extendió a una cultura facho-progresista, y de paso puso en práctica el momento maquiavélico de la política: el retorno de Augusto Pinochet y la invocación de las razones de Estado nos legó para siempre esa sobredosis de realismo.

He aquí el bullado “milagro chileno”. Ahora des-retorizado, puesto en crudo, sin maquillaje. De un lado, como se suele decir, están las cifras que la comunidad de expertos (tecnopolis) designan como “datos duros”. Nótese que basta mirar algunos indicadores cepalinos para llegar a un panorama similar. Ni siquiera estamos apelando a los concienzudos análisis de Hugo Fazio o Manuel Riesco. Basta con otear algún informe semestral de CEPAL, un bien público de la región, que ha caracterizado a la experiencia chilena como un caso de “neoliberalismo avanzado”.

Ahora bien, si ensayamos el ejercicio comprensivo que nos legó Max Weber para las ciencias sociales y admitiéramos –pese a nuestra diferencias insalvables- que la ex Concertación tuvo que lidiar por la fuerza de los hechos con los temibles “enclaves autoritarios” a la manera de una jaula de hierro –que arrastró un realismo fatídico-, nuevamente admitiendo la estrechez de movimiento de los años 90, -un supuesto que está en tensión- ubicados en esa tremenda concesión aún debemos establecer dos diferencias radicales con la retórica del progresismo. Una primera objeción de corte crítico-testimonial (orientada al alcance de la auto-crítica real) y una  segunda referida al horizonte de la política de izquierdas que se reabrió en el marco de los 40 años de la Unidad Popular.

De un lado, queda pendiente la necesidad de “transparentar” los compromisos materiales, simbólicos y parentales de esta coalición con la gestión privada durante dos decenios –de los cuales se beneficiaron directamente como actores relevantes en distintos directorios del mundo privado. De otro lado, y atendiendo a esto último, nos resulta crucial reclamar explícitamente a su élite que el testamento de Allende suscrito el 11 de septiembre se ubica en otro pedestal político. A no olvidar, Allende casi al finalizar su discurso en la Naciones Unidades (1972), denunciaba con agudeza la emergencia de bloques transnacionales que asediaban las agendas estatales. Se trata de una impugnación frontal a la primera etapa de la globalización –misma que se empezó a implementar desde 1990. Lo mismo que el padre de la izquierda chilena cuestionaba ante los líderes del mundo, sus hijos lo practicaron deliberadamente. No vaya a suceder que por inmensa desgracia la Nueva Mayoría –nuevamente- no cumpla el programa empeñado y terminemos en una “farsa dantesca”. El riesgo de un segundo programa abandonado sería de un costo incuantificable como extensión de la protesta social y un campo fértil para futuras soluciones autoritarias.

* Del latín farcire, rellenar.

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Foto: Wikimedia Commons

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Comentarios

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servallas

16 de diciembre

Estoy de acuerdo con el diagnóstico, pero no creo que su visión de una Corea del Norte esplendorosa sea la solución. Para cambios reales se requieren mentes libres de la porquería idológica del siglo XIX y XX , personas que en realidad tengán ética, cariño natural por sus compatriotas y no querer abusar de ellos, además de una buena dosis de sentido común, y sobre todo entiendan algo que Ud. no entiende, no todos pensamos igual.

16 de diciembre

Estimado Sergio;
Agradezco vuestro comentario. Lo mío es un diagnostico en toda su crudeza.Como Usted comprenderá a estas alturas hemos perdido la ingenuidad y estamos lejos de defender -sibilinamente- cualquier expresión totalitaria.
ATTE
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