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El yermo legado de Piñera

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Es archiconocido que para Piñera la política sin espectáculo no es política y utiliza el relato y la imagen como únicos elementos de la actividad política convirtiéndola en pura teatralidad, sin reflejo alguno en la gobernanza del país. Esta lógica ha llegado a unos niveles en los que el qué se dice y el cómo se dice son mucho más importantes que las acciones políticas en sí mismas. El discurso y las puestas en escena lo son todo; el espectáculo se convierte así en la política misma, la sustituye. Según algunos psicólogos, el Presidente Piñera sufre el complejo de Eróstrato, el cual hace que las personas se conviertan en especialistas en el arte de aparentar, pues precisan una profunda necesidad de ser aceptados y amados. Estas personas piensan que si se muestran tal cual son, si son auténticas, los demás no las aceptarán. Eso significa que no aceptan algunas de sus características, pero en vez de emprender un trabajo interior para cambiarlas, simplemente deciden esconderlas. Por eso, cada apariencia es el reflejo de una carencia, una meta frustrada o un rechazo interior. Lo trágico es que vivir de las apariencias es depender casi por completo de las opiniones de los demás, por lo que se construye una imagen ficticia con la que pretende granjearse la aceptación que necesita, eso explicaría esa obsesión de ser querido y por las encuestas de opinión que le quitan el sueño.


Es archiconocido que para Piñera la política sin espectáculo no es política y utiliza el relato y la imagen como únicos elementos de la actividad política convirtiéndola en pura teatralidad, sin reflejo alguno en la gobernanza del país.

Aquellas personas aquejadas por el complejo de Eróstrato buscan sobresalir a toda costa, quieren distinguirse y ser el centro de la atención, construyendo una personalidad ficticia y ostentan sus posesiones materiales sin pudor. De hecho, a veces llegan a creerse tanto el personaje que han construido que, aunque la vida se esté desmoronando a su alrededor como el frágil castillo de naipes que representan, se niegan a reconocerlo. Estos individuos tienen una exagerada necesidad de logro y la necesidad de poder/influencia. David McClelland definió la motivación de logro como el impulso de sobresalir, de alcanzar la consecución de metas, de esforzarse por tener éxito y el deseo expresado como necesidad de tener impacto, de influir y controlar a los demás, así como de sentir que son importantes. Por eso, en sus gobiernos, Sebastián Piñera se caracterizó por su absoluto predominio sobre sus ministros en la gestión gubernamental y por la subvaloración de lo político como elemento fundamental de la gestión presidencial.

Su obsesión por sobresalir ante los demás y, producto de su neuroticismo (tendencia a la incapacidad de controlar los propios impulsos y a enfrentarse con el estrés) lo llevó a sacarse una “selfie” en la destrozada Plaza Baquedano/Dignidad, mientras Santiago estaba sufriendo los efectos de las cuarentenas totales y las destrucciones del espacio público y saqueos producto de la violencia de minorías anárquicas y delincuenciales. También es vox populi que Piñera es un especulador compulsivo, en los negocios y en la política.

El balance del segundo Piñera es lastimoso. Si no fuera por la exitosa vacunación masiva, debería subir al podio de los peores gobiernos de nuestra historia republicana. Cayó en la ilusión de que tenía amplio respaldo electoral cuando solo el 47% del padrón electoral participó en su elección; no cumplió sus promesas en materia económica y beneficios sociales (basta recordar la clase media protegida); su retórica de altas expectativas de alcanzar tiempos mejores se desvanecieron al mismo tiempo que asumió la presidencia; no resguardó el orden público (comía pizza mientras quemaban Santiago); su mal desempeño de la crisis de octubre 2019, incluso puso en duda la posibilidad de que terminara su mandato en 2022; deterioró la institución presidencial y la institucionalidad democrática a niveles inauditos; la reactivación de la economía prometida no se materializó; el último informe de la Cepal verifica un aumento de la pobreza y desigualdad en el país, junto al fracaso de los planes para detener la crisis de violencia en La Araucanía.

Según la Fundación Ciudadanía Inteligente, en su estudio «Del Dicho al Hecho», que analizó las promesas legislativas y que fue cerrado el 25 de febrero recién pasado, expresa que solo 49 de las 256 promesas de su programa de gobierno terminaron en buen puerto, mientras que 108 no tuvieron ningún tipo de avance.

En su Gobierno, las instituciones se desplomaron (prometió frenar el desprestigio de Carabineros pero los escandalosos fraudes descubiertos en la institución, se extendieron). Según un estudio de la Unidad de Inteligencia de The Economist (EIU), publicado el 9 de febrero 2022, sobre el Índice de Democracia en 2021 en el mundo, Chile fue degradado de “democracias plenas” a “democracias defectuosas”. Esto significa un retroceso de ocho puestos respecto del ranking de 2020, pasando del puesto 17 al 25 del ranking 2021 como “consecuencia de los bajos niveles de confianza en el gobierno, la baja participación electoral en las elecciones recientes y la profundización de la polarización política” y “un aumento de la violencia en el sur del país por parte de miembros radicales de la comunidad indígena mapuche”. En tanto, el Informe del Índice Global de Terrorismo (GTI) coloca a Chile como el segundo país con más alto porcentaje de terrorismo en Latinoamérica luego de Colombia, por tanto, el forado que ha dejado Piñera en la sociedad chilena tiene dimensiones políticas, sociales, económicas, legales (DD.HH), institucionales y éticas. Las revelaciones de los Pandora Papers volvieron a colocar el foco sobre  sus cotidianos conflictos de interés como consecuencia de su pulsión por acumular dinero mediante negocios que lo llevan a cruzar la delgada línea entre intereses privados y públicos, envolviendo todo su mandato en una densa bruma de sospechas y actos poco transparentes. El escándalo de la compraventa del proyecto Dominga en un paraíso fiscal es la repetición de una misma historia que generó una Acusación Constitucional contra Piñera, posteriormente rechazada por el Senado, si bien era un resultado previsible, dado el quórum exigido, sin embargo el hito estuvo en el libelo aprobado por los diputados y diputadas, puesto que tendrá una carga simbólica sobre la conducta ética de Sebastián Piñera y, además, quedará registrado en los libros de historia como una administración débil políticamente y cuestionada por sus conflictos de intereses y de un gobierno con evidentes muestras de ser “un pato cojo”

Además, el daño que le infligió Piñera al prestigio de la institución de la Presidencia de la República con sus transgresiones a la integridad ética con el aprovechamiento de información privilegiada; sus imprudencias, necedades e inconsistencias, deterioró como nadie la institucionalidad democrática y sumió al país en la peor crisis política después de la recuperación de la Democracia. La gestión, que según sus publicistas era su fuerte, fue una ilusión engañosa, evidenciada en su fracaso de manejar el estallido social, el cual tenía que ser enfrentado con una perspectiva histórica y de reconocimiento del conflicto planteado, lo cual fue obviado por el Mandatario. Le faltó visión estratégica al desentenderse del incremento del alto nivel de insatisfacción ciudadano existente con el funcionamiento de la democracia en Chile y no supo encauzar ese malestar en las instituciones, al prometer en ICARE, con grandes aplausos de los presentes, que en su gobierno no iba a haber cambios constitucionales en su período.

La desconexión política de su Gobierno con las personas que viven en la vulnerabilidad y en la miseria fue brutal. Como señaló, en la edición de la tercera semana de julio 2020, la revista conservadora norteamericana, National Review:  […] “Una vez más la única causa tangible para el estallido social fue la total incapacidad del gobierno para ver una vez más allá de sus planillas de Excel y hablarle a la gente” […] “expertos como Piñera y sus compañeros neoliberales han pasado años de aislamiento al interior de los muros de la academia y de los salones VIP de los aeropuertos”. Es ese actuar elitista lo que lo enfrenta al momento de mayor debilidad que haya vivido desde noviembre de 2019. Tanto así, que la televisión alemana definió la situación del Presidente como: “Piñera ya renunció a gobernar. Puede seguir en el puesto, pero no está gobernando”.

Tampoco supo impedir las violaciones de DDHH en la revuelta. Durante las manifestaciones, se elevó a 15 el número de muertos y se ascendió a 18 mil detenidos en el país y la policía uniformada usaba escopetas con balines de plomo que dejaron con laceraciones en los ojos a 461 víctimas, según el Instituto Nacional de Derechos Humanos, como un triste legado de los intentos de control público. Asimismo, reaccionó tarde y mal durante la crisis sanitaria. No procedieron a establecer los confinamientos requeridos frente a los brotes iniciales de la pandemia hasta que los alcaldes decidieron cerrar los colegios y el 2020, cuando la mayoría de los chilenos estaba bajo cuarentena y la pandemia se propagaba por el mundo, se resistieron a cerrar las fronteras a la luz de la evidencia; los empleos se destruían a cifras récord; las pymes y los comercios caían en la quiebra, y la ayuda estatal era insuficiente; la economía moría de hipotermia – el PIB se derrumbó un impresionante 14,2%- pero Piñera se empecinó en mezquinar las ayudas sociales, llegando a celebrar que el IFE fuera de sólo 65 mil pesos, limitado y decreciente. The Economist señaló a que el gobierno de Sebastián Piñera había sido «torpe en proteger a los chilenos de las consecuencias económicas del Covid-19. Ha reaccionado con lentitud. Sus medidas, aunque dispuestas a gran escala, no han llegado a quienes las necesitan. Su falta de reacción podría provocar una reacción que lo lleve en la dirección opuesta«, mientras que Michael Reid, editor senior y columnista de ese semanario para América Latina, dijo con cierta ironía que el COVID-19 en Chile había dejado en evidencia que «el virus ha encontrado un país que es todavía mucho más latinoamericano que OCDE».

Sebastián Piñera pretendió representar una derecha liberal, una versión percibida como menos ortodoxa de la impuesta por los “Chicago boys”, pero su plataforma política y económica nunca se distanció del neoliberalismo de los últimos. Todo lo contrario, sus dos gobiernos representan la esencia de la ortodoxia y la hegemonía de la economía por sobre la política y la gestión del Estado en manos de tecnócratas y gerentes. En tal sentido, Piñera logró establecer un liderazgo formalmente distinto a la derecha que reivindicaba los “logros” del pinochetismo, en materia de mensajes, pero no de proyecto.

Su destino, después de presidir un gobierno tal lábil, social y políticamente en el suelo, es volver hacer lo que sabe en forma excepcional: la especulación financiera para engordar sus cuentas bancarias con sus “pasadas” en la Bolsa, dejando para el próximo gobierno temas y desafíos no menores: la seguridad ciudadana, la crisis migratoria, violencia terrorista en la Araucanía y una probable estanflación.

TAGS: #GobiernoPiñera #SebastiánPiñera

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Max

18 de marzo

Creo que si piñera tiene defectos y pifias Boric lo gana por muy lejos asi que no es bueno esa admiración ridícula y casi admiración estúpida del periodismo zurdo que una vez más lo único que hace es demostrar su corrupta parcialidad alabando a alguien que en primer lugar es un cocainomano y ese solo hecho ya es el pecado mas vergonzoso y el peor ejemplo contra las familias y jóvenes de Chile el con su sola presencia hecho por tierra la millonaria campaña antidrogas del país al ser elegido un cocainomano para el puesto más alto de la nación sin duda una aberración jurídica

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