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Educación: querer no ver

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La dictadura neoliberal ha logrado que cuatro gobiernos antipinochetistas actuaran como aplicados aprendices de la mercantilización, hasta alcanzar, en la arena educativa, la situación obscena que hoy vivimos. Y es necesario mostrarlo, para que también podamos y queramos ver que la masiva violación a los derechos humanos fue la premisa de un proyecto civil opresor, consagrado en la constitución en la que se nos ha obligado a jugar.

Desde la psicología sistémica se afirma que la locura de un sistema familiar permite que los miembros del sistema sean incapaces de ver lo evidente. Y cuando la terapia o algún otro acontecimiento significativo rompe esa incapacidad, ese repentino ver les asombra. Es que antes, de verdad, no veían.

Cuando empezamos a ver lo que hasta entonces no veíamos se despierta un cierto pudor, pero lo importante es que no hay vuelta atrás. Uno no ve hasta que ve, pero no se puede dejar de ver lo que se logró ver.

A cuarenta años del golpe son pocos ya los que no ven los múltiples, sistemáticos y prolongados actos de barbarie perpetrados por los militares chilenos contra su propio pueblo. La tarea de mostrar para que otros vean ha sido difícil y dolorosa y sus resultados quizá sorprendentes para los jóvenes que no vivieron el terror. Hoy hay más espacio para este proceso. No obstante, aún queda mucho por mostrar.

Son muchas las voces que califican de inaceptables, bajo toda circunstancia, los atropellos a los derechos humanos. Son numerosas, incluso, entre los que apoyaron el golpe. Pero aún son muchos los que no pueden ver que toda esa brutalidad era necesaria para imponer el terror, y el terror era imprescindible para imponer las medidas y políticas que arrebataran a los trabajadores las conquistas de un siglo de luchas y devolvieran amplificados sus privilegios a la clase de los propietarios. No se trató de excesos sino de estrategia.

Aún son muchos los que no ven que la clase de los empresarios utilizó la fase militar de la dictadura para diseñar un país a su medida y para acumular una cuota gigantesca de poder que le permite hoy, en “democracia”, seguir dictando lo que los gobiernos elegidos por el pueblo pueden o no pueden hacer, siempre en función de sus bien disfrazados pero bastardos intereses.

En el caso de la familia enferma, sus miembros son incapaces de ver lo evidente. Pero también hay otro síndrome, el síndrome del peor ciego, del que no quiere ver.

En educación, son muchos los que no han visto. ¿No pudieron o no quisieron ver los gobiernos que al crear el financiamiento compartido, a principios de los 90s, la educación escolar comenzaría una espiral privatizadora que no ha podido detenerse? ¿No pudo o no quiso ver el ex-presidente Frei que sus rankings SIMCE harían que toda la reforma curricular que proponía junto con la Jornada Escolar Completa harían que niñas, niños y jóvenes fueran encerrados en sus escuelas para aburrirse entre reforzamientos y apoyos privatizados? ¿No pudieron o no quisieron ver que hacer leyes de incentivos a los docentes y las escuelas subvencionadas basadas en los puntajes SIMCE harían que éste se transformara en un objetivo central de las escuelas? ¿No pudieron o no quisieron ver el ministro Bitar y el Presidente Ricardo Lagos que al crear el CAE le regalaría miles de vidas a la astucia usurera de la banca? ¿No pudieron o no quisieron ver los políticos que al promulgar la ley de Subvención Escolar Preferencial hacían un altar al proyecto revolucionario de la dictadura, el estado subsidiario y focalizador, usando la calidad y equidad educacional como excusa? ¿No pudo o no quiso Bachelet ver que sus manos levantadas al crear la LGE significaría institucionalizar la ya creciente semaforización de escuelas, niños, niñas, profesores, trayendo con ello más estrés a una educación pública ahogada en el desprecio de la tecnocracia?

La dictadura neoliberal ha logrado que cuatro gobiernos antipinochetistas actuaran como aplicados aprendices de la mercantilización, hasta alcanzar, en la arena educativa, la situación obscena que hoy vivimos. Y es necesario mostrarlo, para que también podamos y queramos ver que la masiva violación a los derechos humanos fue la premisa de un proyecto civil opresor, consagrado en la constitución en la que se nos ha obligado a jugar.

Podemos seguir enumerando lo que no se ha querido ver más allá de la educación. Le ha costado al país ver y hablar con soltura sobre la barbarie y la impunidad de la violencia sobre el pueblo mapuche. Tampoco parece ver los efectos dramáticos de la privatización de los servicios básicos. No ve la barbarie en la vida de millones de chilenos qué significa no tener pensiones dignas y tener deudas colosales. No ve qué significaba que el Estado financiara y promoviera la expansión de los servicios de salud en base a lucro y competencia. No ven los efectos nefastos y de largo plazo de dispositivos estatales de control gerencial (mediciones e indicadores burdos, incentivos, castigos, acreditaciones) que afectan distintas áreas, pero especialmente educación y salud.

En estos días, celebremos que está permitido hablar y ver mucho más que antes. Pero tomémonos también este impulso vidente en serio, hoy, para entender en profundidad cuáles son esas políticas de Estado y esas condiciones de vida de las que en 40 años más sentiremos vergüenza como chilenas y chilenos. ¡Ojalá podamos ver todo, pronto! No separemos los horrores de la fase militar de la dictadura de la barbaridad impúdica y cotidiana que nos imponen hoy sus herederos.

* Entrada escrita por Francisca Corbalán e Iván Salinas, miembros del Colectivo Una Nueva Educación.

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