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Aprendizajes y emociones en perspectiva

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El cerebro solo aprende si hay emoción”. Este aforismo es casi una ley en los foros de educación y de neurociencias aplicadas al aprendizaje… y diría casi una verdad revelada para algunos. Sin embargo, creo necesario hacer algunas precisiones al respecto, que nos podrían ayudar a entender esta “verdad” en perspectiva… en un contexto de experiencias y memorias.

¿Qué son las emociones? 

Las emociones son estados afectivos que experimentamos, reacciones subjetivas al ambiente que vienen acompañadas de cambios orgánicos de origen innato, influídos por nuestras memorias epigenéticas heredadas – instintos – y moldeadas por nuestra experiencia. Además, las emociones se activan cada vez que detectamos algún cambio del entorno  que nos resulta significativo. Este hecho las convierte en un proceso adaptativo de interés evolutivo. Tiene como característica una alta plasticidad y capacidad para evolucionar, desarrollarse y madurar. Por ello decimos que las emociones no son procesos estáticos, sino que van cambiando en función de las demandas del entorno. Su principal función es la organización de toda nuestra actividad, recluta a los restantes procesos psicológicos como la percepción, la atención, la memoria, el pensamiento, la comunicación verbal y no verbal.

Podemos señalar que las emociones se construyen a partir de cimientos que llamamos instintos; los instintos son  las fundaciones sobre las cuales construimos una casa, sin ese cimiento no serían posibles las emociones y los sentimientos. Las emociones son prácticamente los mismos instintos, pero de rango más alto. Y el sentimiento, a su vez, es la emoción más alta. Normalmente sentimiento se define como emoción en conjunto con pensamiento, es decir, emoción consciente.

Los mecanismos cerebrales de la conducta emocional, tales como los que se ponen en marcha durante el miedo, la búsqueda de alimento o el deseo sexual, aparecieron muy temprano en la evolución animal y se han conservado durante la evolución de los vertebrados, entre los que se cuenta el ser humano. Si bien no es posible inferir que la emoción que se provoca ante una situación de miedo sea percibida de igual modo por el ser humano o por otro animal, los patrones de conducta que se evocan en los animales son muy parecidos. Por ello, podemos asumir que una parte importante de los procesos cerebrales que determinan tales conductas serían similares en todas las especies animales.


Es muy poco probable que pueda lograrse aprendizaje si los estímulos que recibimos no guardan alguna relación con nuestras experiencias y nuestras memorias.

Además, las evidencias apuntan a que nuestras decisiones o respuestas frente a determinados estímulos están subordinados, al menos inicialmente, a operaciones inconscientes.Como especuló acertadamente Freud, la consciencia es solo la parte final de un sistema de operaciones cerebrales mucho más amplio. Hay que señalar, además, que al ser los mecanismos neurales de las emociones evolutivamente más primitivos que los de los procesos cognitivos, se ponen en marcha de manera inconsciente de un modo más inmediato. De ahí que los procesos cognitivos estén más sometidos a las emociones que a la inversa y que puedan, en determinadas circunstancias, verse avasallados por éstas. [1]

Las emociones juegan, además, un papel importante en la determinación de conductas futuras y sus trastornos pueden dar lugar a graves alteraciones del comportamiento. Finalmente, no hay razón para asumir a priori que los componentes conscientes de las emociones son más importantes que los inconscientes, para lo que parece es el objetivo, en términos de la evolución de los seres vivos, de la aparición de los mecanismos cerebrales de las emociones, y que no es sino la supervivencia de la especie a través de la evitación del peligro, de lesión corporal o muerte, la obtención del alimento y la reproducción sexual. En tal dirección, tan importante o más son la taquicardia o las actitudes motoras defensivas que se ponen en marcha con la emoción de manera automática, y que ayudan decisivamente a la huida o la lucha del animal, como las percepciones conscientes de miedo.

En nuestra existencia, marcada por un contexto dinámico,  de múltiples interacciones con el ambioma, podríamos considerarnos un nodo de una red de redes de interacciones multidimensionales, de una red que además es dinámica y que evoluciona en su campo de relaciones espacio temporales. En este modelo, el ser humano está sujeto a las mismas “fuerzas” que moldean a todos los seres vivos, donde las memorias inter y transgeneracionales son clave para crear nuevas soluciones de continuidad, en una constante metamorfosis de emociones y razones. Así, en la metamorfosis de nuestras vidas, las “fuerzas” que gobiernan nuestras acciones y decisiones se ven inundadas con nuevas memorias, nuevos instintos, nuevas emociones, nuevas percepciones y nuevas motivaciones. Por ello, no cabe duda que las emociones cambian en el transcurso de la vida. Diríamos que las emociones crean nuevas emociones. Y los objetivos de la cambiante emoción, pueden corresponder a otro medio por el cual la maduración biológica incorpora experiencias ambientalmente específicas en el desarrollo del cerebro, en un contexto de cambio y adaptación; es decir, evolución.

Aprendizaje

Es fundamental comprender que el aprendizaje es una característica generalizada, valiosa en la medida en que favorezca la adaptación dinámica de los organismos a su cambiante entorno. Además, es inherente a lo vivo e involucra dos acciones que se oponen y, a la vez, se complementan: recordar y olvidar. En términos evolutivos el aprendizaje habría surgido como una solución que permitiría “amortiguar” los constantes cambios del entorno.

Ahora bien, si llevamos las emociones al dominio del aprendizaje, diríamos que el aprendizaje surge como consecuencia de las experiencias que el organismo vive, experiencias significativas que resultan de las percepciones que se construyen a modo de decodificaciones de lo estímulos que nos inundan, emocionándonos. Decodificaciones que dependen de experiencias previas. Es decir, las experiencias crean nuevas experiencias y en este proceso las memorias crean nuevas memorias. Esto, en definitiva, nos lleva a pensar que las emociones que viviremos están supeditadas a las emociones que hemos vivido, y éstas están supeditadas a las memorias que hemos heredado de nuestros ancestros. Y si nuestras experiencias son diferentes, es muy probable que no nos emociones los mismos estímulos… y eso lo sé en carne propia.

En términos generales podemos señalar que la satisfacción que se produce el comprobar que se ha aprendido o comprendido algo, gracias a una motivación gatillada desde la emoción, provoca nuevas emociones positivas como resultado de la realimentación que recibe el sistema límbico. Esto nos lleva a querer aprender más y así a sentir más satisfacción (gratificación). En este ciclo, la dopamina es una sustancia clave de nuestro de sistema de gratificación cerebral y cuando es posible activarlo, nuestro comportamiento se ve reforzado, consiguiendo nuevas emociones positivas. Sin embargo, lo anterior no da cuenta de nuestras memorias ontogénicas, intergeneracionales y transgeneracionales. Es decir, las emociones que surgen ante esos primeros estímulos están supeditados a nuestros instintos, herencias transmitidas por nuestros ancestros mediante marcas epigenéticas inter y/o transgeneracionales. Por ello, nuestras memorias conforman nuestro yo, lo que somos y lo que podríamos llegar a ser. Como señalo Karl Rogers “He llegado a creer que los únicos conocimientos que pueden influir en el comportamiento de una persona son aquellos que él mismo ha descubierto y los ha hecho suyos”. Por eso resulta tan difícil hacer nacer en otros una actitud, un valor, que para uno mismo es estimable, a no ser que ellos hayan tenido en sus vidas una experiencia similares.

Con cada aprendizaje generamos una nueva experiencia humana, que es más que una mera vivencia. Fundamentalmente, es esa relación que de manera consciente y reflexionada hemos vivido con un hecho o con una persona. Es una relación que nos ha implicado y hasta transformado interiormente de alguna forma.

Finalmente

Por todo lo anterior, es muy poco probable que pueda lograrse aprendizaje si los estímulos que recibimos no guardan alguna relación con nuestras experiencias y nuestras memorias. No olvidemos que  la memoria es una representación mental de una experiencia y la capacidad de poder evocarla cuando nos enfrentamos a estímulos que despiertan en nosostros algún sentimiento. Algo así como el “Punctum”[2].

En definitiva, si no hay emocion no habrá aprendizaje…  O más correctamente… sin emoción no habrá aprendizaje y sin aprendizaje no habrá emoción.

______________________

[1] SOON, CH. S., BRAAS, M. and HAYNES, J-D.  (2008). Unconscious determinants of free decisions in the human brain. Nature Neuroscience. 11: 543-545.

[2] El Punctum de una fotografía es ese azar que en ella me despunta, surge de la escena como una flecha que viene a clavarse y despierta algún sentimiento.

TAGS: #Epigenética Aprendizaje Emociones

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Comentarios

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Claudia

18 de Septiembre

Estamos en la época donde los estudios en Neurociencias cobran real importancia en las escuelas. Más el docente debe conocer estos hallazgos, pero no fuera del contexto educativo.
Como sucede con la frase que el profesor Francisco Mora, bien explica en su libro “sólo se puede aprender aquello que se ama”. Sin embargo, usted lo explica bien en este artículo, el profesor tendría que aprender a emocionar aproximadamente a 40 personas en un aula! Otro punto a considerar, es el hecho que esta frase se hace tan potente hoy en día que he escuchado a apoderados criticar a docentes como “usted no logra emocionar a mi hijo con su asignatura, por eso no aprende”.
El aprendizaje es más que emoción, también es responsabilidad ante los propios aprendizajes, es confianza, es el gusto por aprender y eso es lo que las familias deben aprender.
Aunque no hay que dejar de lado que un buen docente crea conexones importantes entre lo que enseña y a quién se lo enseña, el gusto por su asignatura.
Hay un tremendo trabajo aún por hacer, no sólo el docente, sino las escuelas, los programas de estudios, las familias, es comprender que las neurociencias tiene mucho que decir, pero también mucho qué contextualizar.

18 de Septiembre

Estimada Claudia… Concuerdo plenamente con usted. Agregaría algo a la exposición. La emoción es producto de una serie de procesos internos, es decir viene desde adentro. Los estímulos externos son percibidos por la persona (en este caso una niña o un niño), pero esa percepción está supeditada a las experiencias (memorias tanto inter/transgeneracionales como ontogénicas). Por ello, es imposible emocionar a todos con un mismo estímulo… Afortunadamente no todos somos iguales y en la sala de clases existe un diversidad de experiencias y memorias como niñas y niños hay en la sala… y eso representa un enorme, reto para el docente. Y para esto solo tengo preguntas e incertidumbres… entre todos debemos buscar opciones y posibles modos de trabajar en el aula, rescatando lo mejor de cada alumna y alumno…

18 de Septiembre

..”El aprendizaje es más que emoción, también es responsabilidad ante los propios aprendizajes, es confianza, es el gusto por aprender y eso es lo que las familias deben aprender”… Totalmente de acuerdo. Pero estoy convencido que ese “motor” que nos lleva a aprender, que nos da confianza y nos estimula a continuar motivados con el aprendizaje no viene solo desde afuera… requiere un sustrato fértil que reside en nuestra amígdala e hipocampo… es una impronta que nos hace vibrar ante un estímulo,, aún cuando otros pasan pasivos frente a él. y ellos vibran ante otros estímulos cuando pasamos pasivos frente a ellos… En definitiva, estoy convencido que el aprendizaje no tiene sentido si no es a la luz de su coherencia con el vivir relaciones de identidad tanto presentes, pasadas o heredadas, con el entorno.

anysur

21 de Septiembre

Contextualizando, que aprenden de la experiencia: cuando su profesor a cargo pasa con licencia, cuando existe bullling constante en el aula.

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