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Ese septiembre deprimente de 1987

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«Desde hace un tiempo a esta parte, yo no digo nunca lo que creo, ni creo nunca lo que digo, y si se me escapa alguna verdad de vez en cuando, la escondo entre tantas mentiras, que es difícil reconocerla.” (Nicolás Maquiavelo, carta a Francesco Guicciardini, mayo de 1521)

El auto va lento para evitar las pozas de agua en la Alameda. Fue inevitable caer en uno de esos huecos tapados de tanta lluvia y la llanta se reventó como un melón.

Me senté en la vereda mientras las pocas luces de algunos bares de  mala muerte alumbraban mi rostro desencajado por la rabia y, al mismo tiempo, del miedo por quedar tirado en medio de ese lugar.

Fue en ese momento que una canción ochentera  que salía de uno de esos barsuchos me recordó de esos tiempos tan negros  y algunos de ellos tan weones. Muchas formas hay para definir situaciones de la vida. Pueden ser profundas, inspiradoras, tormentosas, dolorosas, fantásticas, emocionantes, denigrantes, pero solo hay algunas las cuales se puede decir que fueron una gran webada :


Respiré con tranquilidad. Entramos a la Blondie. Inmediatamente fuimos a bailar. La música fue variada con David Bowie, A-ha, Depeche Mode, The Smiths, Pet Shop Boys y otras bandas ochenteras de moda. Fue ahí que me di cuenta que mi plan de batalla no ganaría la guerra. «

Tengo tan presente que esperaba a Roberto que llegara  en su pequeño microbús. Iríamos en busca de dos chicas amigas de él, una de las cuales era mi mujer soñada a quien había estado viendo en diferentes ocasiones en unas discoteca de la Blondie y en barrio Bellavista. Había logrado bailar con ella en tres oportunidades y quedé muy enamorado. Tenía 17 y el amor en esos tiempos puede llegar de bruces y golpeando duro. No era sexual o  lasciva la atracción simplemente la emoción verdadera de mariposas en el estómago. Cada vez que danzamos como libélulas en la pista de baile me sentía así, pero por mi timidez nunca le pedí su número de teléfono. Por suerte, la había visto en la carnicería del barrio y gracias a Roberto pude descubrir su nombre: Ellen. La vi en su anuario de la Escuela Americana y supe inmediatamente que era ella por sus lindos ojos negros y ese pelo con copete que emergía de la foto de recién graduada.

Roberto conducía rápido. Había toque de queda a las dos de la madrugada  y teníamos que pasar temprano por ellas. Solo unas cuantas horas tenía para conquistarle, pensaba. Soñaba despierto con Ellen. Me visualizaba con familia y dos hijos. Veía nuestra boda y frente al cura, un beso apasionado. Debía agradecerle a Robert por el contacto. Él había logrado esta salida y yo me prometí que sería una cita perfecta.

Antes que mi amigo llegará, me di cuenta que me faltaba una billetera digna para la ocasión. La mía era marca OP, pero de las sintéticas, en verdad se miraba muy ordinaria. Así que recurrí donde mi primo quien estaba de visita y con gusto me prestó la suya de puro cuero. Estaba totalmente vacía así que le metí varios papeles entre los billetes para que se viera  abultada. Era un  buen truco aprendido de un conocido argentino.

Me puse un pantalón Polo negro. De esos que tenía que verse el caballo en la pierna izquierda; si el caballito no estaba visible no tenía validez alguna como marca. En los ochentas,  la  imagen era importante, no tanto como ahora, pero vital en ese contexto. Debía usar todas mis armas para ganar su corazón como fuese posible.

Retornando al vehículo de Roberto, vi como Ellen subía  y se sentaba junto a mí. Su hermana se fue en la parte delantera junto a mi amigo, quien obviamente quería sacar provecho también de la situación.  Se veía hermosa. Un vestido negro corto hacía ver sus piernas blancas con un bello contraste. No mentiré. Me excité bastante al ver como la tela de las medias apretaban los muslos de Ellen. Comenzó a llover muy fuerte. Esas tormentas de septiembre que no dejan ver bien hacia afuera.

— Robert, deberías subir los vidrios de las ventanas —le dije.

— ¿Robert? —exclamó la Kelly, la hermana fea— y rió de una forma entre burlona y estúpida a la vez.

Roberto me jaló de la corbata y me dijo al oído —No me llames así. Suena muy marica, men.

Llegamos a Paradise en  Bellavista. Hay que decir que en 1987 dicho lugar era el epicentro de la vida nocturna del más alto nivel. Si se quería estar en un buen bar “top”, había que estar en Paradise. Era la máxima expresión del ambiente exclusivo.  En ese entorno,  el ambiente de la dictadura, no llegaba a los rincones de ese barrio. Nos sentíamos protegidos de una forma ignorante. La confrontaciones sociales era un sonido a lo lejos y mientras fuese así, nada importaba.

Para mí, lo único que interesaba era anotar puntos con Ellen y poder tocar sus piernas blancas  y de una buena vez perder la virginidad con una chica de bien a mis dulces 17.

Nos sentamos en una mesa y le di unos cuantos pesos al mesero por la reservación. Rápidamente nos puso el menú frente a nuestros ojos para elegir de toda la variedad. La especialidad eran las carnes.

— Un “filet mignon” dijimos todos al mismo tiempo  y nos reímos.

Para acompañar, Ellen pidió un amaretto, Robert una cerveza con vino y Kelly un vaso con agua pues argumentó que no quería beber pues estaba muy gorda y yo pedí una conga.

Fui al baño a lavarme las manos y al estar secándolas me vino un ataque de pánico. Tenía razón de estar ansioso. Nunca pensé que podría llegar a salir con Ellen y cuando la conocí le dije que me llamaba José Antonio, ¿Por qué razón?  : “Dime con quién andas y te diré quién eres”.  Mi grupo de amistades éramos  expulsados del San Francisco y otros colegios, estrellas caídas de la farándula nocturna ligada al consumo excesivo de licor y conductas revoltosas. Resumiendo teníamos un gran color de borrachos. Yo no bebía pero mi grupo de amigos lo hacía y eso me obligó a ocultar mi verdadero nombre. Era José Antonio y punto y después vería como resolver la blanca mentira.

Regresé a la mesa y Roberto me preguntó: ¿Qué tal el ambiente por la barra del bar, José Antonio? Y me guiño el ojo. — Muy bien —le respondí tomando de un trago toda la conga.  Comimos con ganas y empezamos a conversar. Los temas fueron muy variados. La vida de otros, el colegio, los autos, qué estudiar en la universidad, sobre que fulano había cortado con sutanita y así se fueron pasando las horas. El tiempo tiene una especie de tortura cuando lo que lo rodea es puro aire inflamado. ¡Oh, Dios! , me repetí para mis adentros, el aburrimiento era  tal que pensé seriamente en irme a la barra a saludar a algunos amigos. Sentí que estábamos hablando tanta mierda que alguien reclamaría del olor, pero al final me calmé, pues en las otras mesas los temas eran la misma verborrea barata de la vida de otros. Reflexioné que había que seguir el oleaje social o se quedaba como inadaptado. Casi se me sale un bostezo y le dije a Ellen que fuéramos a ver la terraza nueva del bar. Me acompañó con una expresión en su rostro de nada. Lo que quería era simplemente pasearme por el bar para que me vieran  con mi trofeo. Era importante la imagen y tener una chica bella al lado en esos tiempos nos hacía levantar nuestra popularidad y Ellen era de buena familia y bonita. Una gran carta de presentación en el barrio Bellavista.

Retornamos a la mesa y después del aburrimiento que me comí en la cena,  me enfoqué en tratar de hablar más con Ellen. Conversamos sobre que iba a estudiar en la Católica y que le interesaba la ingeniera comercial pues su padre estaba en el negocio de las telas. Yo asentaba con la cabeza y decía: “Que interesante. Cuéntame más”. Ella me preguntó: “¿Qué vas a estudiar, José Antonio? Le respondí que pensaba en arquitectura – en verdad no tenía idea-   pues es una carrera con mucho potencial en estos tiempos. De ahí hablamos de donde iba los fines de semana, sobre un perro que le había regalado su papá y que tenía familia en Paraguay.

Después un silencio incomodo nos envolvió. Un mutismo infernal que me produjo escalofríos que entraron en mis entrañas. Esa sensación de estar perdiendo el tiempo y la vida en ese momento exacto. Igual continué viéndola a sus ojos de borrego a medio morir saltando que tanto me habían impactado desde que la vi en la pista de baile como una princesa de hielo. Esperaba que su mirada se juntara con la mía y la magia naciera. Con mis rodillas trataba de chocar con sus piernas, pero ella rápido las quitaba. Me sentí desesperado por el obvio rechazo.

Trajeron la cuenta. Era la hora de ir a la discoteca. Siempre después de las once y media de la noche ir a la disco era la regla en Bellavista de los ochenta. Nos tocó pagar entre Roberto y yo  la cuenta. El caos se presentó cuando al sacar el dinero de la billetera de mi primo  cayó un gran “cañón” de mariguana. Me puse pálido al ver el cigarro sobre el plato de la ensalada y con un dedo  lo pude hacer saltar cayendo en el suelo donde le puse el pie y lo aplasté como se mata a una vil cucaracha.

La situación caótica no fue captada por nadie del grupo. Respiré con tranquilidad. Entramos a la Blondie. Inmediatamente fuimos a bailar. La música fue variada con David Bowie, A-ha, Depeche Mode, The Smiths, Pet Shop Boys y otras bandas ochenteras de moda. Fue ahí que me di cuenta que mi plan de batalla no ganaría la guerra. Todo fue un fiasco. Ellen se tocaba el cuello, evitaba verme a los ojos y cruzaba los brazos al estar sentados en la terraza.  En verdad fue triste darme cuenta que todo lo que había alucinado en seco no sería retribuido ni con una pequeña topada.

Entonces llegó el momento de quitar la máscara que me asfixiaba mi mente. Fui al grano sin tanta amabilidad excesivamente cursi. —¿Quieres que volvamos a salir?, le pregunté. Ellen me miró y dijo que la llamara uno de estos días. La noche se fue acabando como la posibilidad de perder mi virginidad y también mi retórica barata de besos no lascivos.

Salimos de la discoteca y las fuimos a dejar  a su casa. Nos despedimos con un beso en la mejilla sin sabor a nada. Roberto me llevó a mi casa y me dijo que esperaba que la hubiera pasado muy bien. Le dije que había sido una noche fantástica.

Al día siguiente, le mandé un ramo de rosas rojas a Ellen. La llamé después y nunca más pude hablar con ella por años. Me contaron que tenía novio, un hijo de un general. Un tipo mentiroso y fanfarrón. Un completo imbécil que en esos tiempos abundaban.

De esa forma, bastante deprimente, terminó ese capítulo de un amor fallido en el final de 1987. Ahora sentado en el suelo frente a lo que queda de ese bar Paradise me acordé de Ellen y de la última vez que la vi 30 años después y realmente se miraba tan mal. Había perdido todo su brillo. Solo hueso y pellejo por el ejercicio excesivo y las dietas matadoras que algunas personas, que se niegan a envejecer con dignidad, tratan de realizar en busca de más “likes” en sus fotos de Facebook.

Hablamos cinco minutos de temas, que igual que ese septiembre del 1987, no significaban nada. Esta vez no hubo sueños de boda ni de hijos. Solo una conversación con la mismas idioteces de 30 años atrás en los portales  de la sucia y manchado Barrio Bellavista. Suspiré y aluciné que igual me acostaría con ella y me sentí parte de la gran webada de nuevo. Una rosa negra para ella hubiera sido el regalo perfecto.

TAGS: #Relato

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