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El duende y Gatubela

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Puedo asegurar que los animales tienen la capacidad de ver, escuchar, oler y sentir más allá de otros sentidos no conocidos por el hombre. Mi perra siempre se acercaba a una pared de la casa de mis bisabuelos y olfateaba la parte inferior del muro de ladrillos rojos. – Un rata-, decía mi bisabuela. – De seguro son ratas que roen para pasarse y llevarse las uvas del parrón-, aseguraba mi bisabuelo mientras leía El Mercurio extendido completamente frente a él.

Pero yo sabía que no eran ratas. Había visto, desde la ventana de mi cuarto, esa “cosa” que caminaba sobre dos extremidades inferiores por el muro. Una especie de “algo” horrible y pequeño en dicha pared. La perra solo lo miró y aulló toda la noche. Al día siguiente puse una trampa. Esas que encierran a los roedores para después decidir su destino: ser ahogadas o liberadas en otro lado.


Pero yo sabía que no eran ratas. Había visto, desde la ventana de mi cuarto, esa “cosa” que caminaba sobre dos extremidades inferiores por el muro. Una especie de “algo” horrible y pequeño en dicha pared.

La tapé con unas hojas del parrón y cartón y la ubiqué en el camino donde esa “cosa” había circulado. Oculto, tras una mesa del jardín, esperé.  Eran como las 12:30 a.m.  – y recuerdo bien la hora pues no puedo olvidar lo sucedido – cuando pude ver que el ser corrió por encima de la pared y fue a caer directo en la trampa. Esta cayó al suelo.

Un silenció envolvió la noche. Sentí que la oscuridad era más profunda y no corría ninguna brisa que pudiera mover ni siquiera una pluma de una gallina mascota de mi madre. La sensación de la nada cruzó por mi alma y, con el pavor que solo se ve en el rostro de los ahorcados, me acerqué a buscar mi presa.

Tomé la trampa y caminé hacia una cubeta llena con agua. Un grito chillón y un murmullo se escucharon al ir sumergiéndola: “Perdona mis pecados”, fue lo que susurró la cosa, la cual no quise ver por mi cobardía de niño y miedo a los seres de esa naturaleza impura.  Agarré, nuevamente, la trampa, ahora convertida en ataúd, y la enterré bajó la raíz del árbol de eucalipto. Me fui a dormir y fin de la historia para mí.

Pasaron décadas y ahora viene a mi mente ese hecho que no me hace tener ningún arrepentimiento. Estaba seguro que se trataba de un demonio emergido de lo profundo del infierno y que mis acciones las hubiera realizado cualquiera temeroso de Dios. Criaturas malvadas caminan en este planeta maldito. Los ilusos se ríen y hacen mofa de las realidades que no comprenden. Ellos tratan de deslegitimar toda esa realidad que no comprenden con la ciencia y, cuando no tienen respuesta, nos dicen que tarde o temprano la ciencia dará respuestas. No obstante, de las “cosas “de Dios nadie puede responder, solo aquellos que tenemos una fe ciega en los dogmas y conocemos que un mundo como este solo puede estar regido por las entidades de perversidad.  El deber es destruirlos cuando tenemos la oportunidad.

La oportunidad parecía que volvía a presentarse. Tenía unos meses de vivir en un viejo departamento. Ya no tenía perros y ahora había adoptado a una gata blanco con negro. Su nombre era Gatubela. Primera vez que tenía una felina y rápidamente me ilustré sobre su conducta. Fue así que un día me fijé que la gata se obsesionaba mirando a la parte superior de una puerta de nuestro mutuo hogar temporal.  Su miraba se fijaba en la parte de madera del dintel el cual parecía que era hueco. Gatubela pasada horas vigilando y yo entré en sospechas. Me levanté temprano y tiré veneno por si había algún insecto viviendo ahí. Un ratón era imposible pues la gata era una garantía para eliminar cualquier invasor que entrara.

En la noche, Gatubela volvió a su lugar y miraba fijamente la parte superior de la puerta. No era un cuervo me dije pensando en Poe, pero mi mente recordó el viejo parrón y el ser malvado el cual había exterminado muchos años atrás.

Apagué las luces y puse unas velas verdes en una mesa frente donde podría estar esa “cosa”. No la había visto, aunque la misma sensación de aquella experiencia pasada me agobiaba; eran unas sensaciones vacías como cuando se va a asesinar por primera vez, esa apretazón en los intestinos antes de consumir cocaína, la sudoración que nos inunda al pagar a una prostituta en un callejón oscuro. Las emociones bajas  de los pecadores, que realizamos los defensores de la fe, para conocer en carne propia a nuestros enemigos. La adrenalina le dicen algunos.

Puse un limón en la mesa y mi escopeta en mis brazos. La abracé y besé su cañón. Disparé dos veces hacia el escondite. De la oscuridad que nacía de ese hueco infecto, saltó una aberración. De color verde, desnudo completamente. Su rostro era humano, puedo asegurarlo, y del tamaño de Gatubela.  Los dientes se le podían ver bien ya que no tenía labios, sus ojos eran pequeños como los de un topo. Sus horribles partes sexuales eran un pene grotesco en forma de pico de pájaro y a la par una vagina desde la cual supuraba una materia apestosa. Sus senos eran varios, imposible no verlos pues llenaban todo lo restante de su cuerpo.  Era un duende.  Al abrir su boca musitó: “Perdona mis pecados” y se lanzó contra mí. Pude sentir su respiración tan cerca y cerré los ojos. Una brisa me movió el pelo y los abrí para ver a Gatubela que iba dando un giro en su caída y el duende presa de ella en su hocico.

Me traté de acercar, pero la gata le apretó la cabeza y solo oí un “crack”. Así terminó esa aberración. Después espanté a Gatubela, tomé alcohol que había sobrado de la pandemia, rocié al demonio, tiré un fosforo y ardió hasta consumirse.  Intenté darle las gracias a Gatubela, quien me mordió en la mano, – carajo-, pensé. – no he vacunado contra la rabia a esta gata-.

TAGS: #Relato

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