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Presupuesto de CTI: la miopía del economicismo no es la respuesta

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Hace pocos días, dos economistas publicaron una columna en CIPER, en la que analizan el presupuesto para el año 2021 destinado a actividades de ciencia, tecnología e innovación (CTI). Los autores señalan que “el presupuesto en CTI está cayendo en términos reales 9,2% con respecto a 2020. Peor aún, comparado con 2018, el esfuerzo público ha tenido la peor caída desde que existe política de innovación”. Los autores de la columna hablan de “miopía”, y demuestran que esta caída no es atribuible solo a la “suspensión” del programa Becas Chile. Además de un “reacomodo” de montos debido al traspaso de ciertos programas al Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación (MinCTCI), otros programas exhiben caídas importantes, en particular algunos relacionados con innovación y emprendimiento, algo que ya había sido advertido por otro economista en una columna en Diario Financiero.


Tras casi 15 años, el argumento de que una mayor inversión en I+D es necesaria para un incremento del desarrollo productivo ha sido prácticamente inútil para elevar los recursos nacionales para la CTI a niveles comparables a los de países con un PIB per cápita similar

¿Cómo explicar esta caída? La cita al comienzo de esta columna encierra la explicación del propio fenómeno. En Chile, formalmente no ha existido en los últimos años una política de CTI, sino más bien una conjunción de instrumentos y voluntades. A mediados de la década pasada se formularon estrategias y recomendaciones (en particular por parte del Consejo Nacional de Innovación para la Competitividad, como se denominaba en aquel entonces), que justificaban la inversión en I+D en cuanto a su capacidad para promover el crecimiento económico y la alicaída productividad (por ende, cabe calificar esta visión como de fuerte sesgo economicista; véase Elizabeth Popp Berman, 2012). Sin embargo, esto nunca se tradujo en una política formal.

Ahora bien, este discurso no es propio de Chile, desde luego. Diversos autores y autoras han estudiado este proceso en detalle, coincidiendo en gran medida en explicaciones centradas en cambios ocurridos, en líneas gruesas, hacia fines de la década de los setenta e inicios de los ochenta (Elizabeth Popp Berman, 2012; Mirowski, 2011; Slaughter y Leslie, 1999). Lo curioso es que este discurso llegó a Chile con ciertos cambios y matices, dada la orientación política de los tecnócratas que lo importaron e intentaron imponer. Siempre de la mano de los economistas, y con escasa o nula participación de la comunidad académica (ni menos de la sociedad), se intentó imponer una nueva narrativa que permitía justificar la inversión en I+D únicamente en cuanto a su relevancia productiva. Como ejemplo, los mismos autores de la columna citada al inicio emplean esta narrativa desde el comienzo de su análisis (“Cambiar nuestra forma de crecer requiere de innovar desde lo público y lo privado, invertir en crear y expandir el conocimiento por medio de la Investigación y Desarrollo, generar, transferir y adoptar tecnologías”). En esta narrativa, prácticamente no existe espacio para ninguna otra justificación que permita valorar las contribuciones culturales, sociales, o incluso políticas, de la investigación científica, algo sencillamente desconcertante, dado el momento político que vive el país.

De este modo, el economicismo constituye la trampa misma dentro de la cual la eterna discusión sobre la inversión en I+D queda empantanada. Tras casi 15 años, el argumento de que una mayor inversión en I+D es necesaria para un incremento del desarrollo productivo (como muestra, los autores señalan que “[la CTI] Es un área lamentablemente de poco peso político y estratégico, aun cuando es un elemento clave de la productividad futura del país”) ha sido prácticamente inútil para elevar los recursos nacionales para la CTI a niveles comparables a los de países con un PIB per cápita similar (pese al paulatino aumento del presupuesto en CTI, el gasto en I+D ha permanecido históricamente por debajo de lo correspondiente a su nivel de ingreso). Incluso si consideramos el gasto en I+D de países como España o Nueva Zelanda cuando estos tenían un PIB per cápita similar al que actualmente posee Chile, es posible comprobar que nuestro país debiese estar invirtiendo hoy una cifra al menos tres veces mayor a su gasto actual, con un mix de aportes tanto del sector público como el privado (en cifras, esto debiera significar una inversión per cápita en I+D cercana a los USD 250, muy por sobre los cerca de USD 85 que actualmente invierte).

La miopía del economicismo de la ciencia no acaba en el tema de la inversión, desde luego. Hoy, parte importante de la sociedad reclama un nuevo modelo de desarrollo, que no requerirá solamente de ciencia “orientada” por unas pocas misiones, sino que necesitará también fortalecer nuestras capacidades en múltiples áreas. Más importante aún, la nueva narrativa en torno a la CTI que la sociedad podría forjar, en especial a partir de un eventual proceso constituyente, implicará la necesidad de volcar nuestra mirada hacia nuestro pasado, presente y futuro, obligándonos a profundas reflexiones sobre nuestro lugar en el mundo, nuestra relación con nuestro entorno, y sobre las lecciones que debemos obtener de nuestra historia reciente. Todo esto implica extender la mirada mucho más allá de los clásicos argumentos economicistas sobre “nuestra forma de crecer” (aunque este punto es fundamental, desde luego), la necesidad de “diversificar nuestra matriz productiva” o de “mejorar la productividad” del país. En definitiva, implica la necesidad de enriquecer nuestros argumentos para defender un financiamiento más sólido de la CTI. En cambio, restringir los argumentos al economicismo implica que la inversión en CTI competirá con otras preocupaciones, o sencillamente permanecerá supeditada a cambios previos, que al sector productivo le podrían parecer más urgentes. Desde luego, el MinCTCI tenía la oportunidad inmejorable de construir esta narrativa más fértil, más enriquecedora. Sin embargo, ha fracasado estrepitosamente en esta tarea.

En resumen, los autores de la columna en cuestión parecen no darse cuenta de que el economicismo que ha regido nuestras conversaciones sobre el apoyo a la CTI en los últimos quince años (los autores cierran su columna señalando que “Si Chile no se adapta, creando masa crítica, potenciando capacidades empresariales, impulsando la innovación y con una inversión relevante para la economía, será una gran oportunidad perdida para nuestro desarrollo”) es, precisamente, aquella miopía a la que se refieren. Una visión tan restringida y poco generosa con todo aquello que la investigación científica nos puede entregar (identidad, patrimonio, cultura, relato) en adición a “la economía”, no puede ser calificada sino como miope. Esto no significa, cabe reiterar, que la dimensión productiva de la CTI no sea importante. Solo significa que la investigación científica, en particular cuando se desarrolla en todas las áreas del saber y sin limitaciones dogmáticas o caprichosas a la curiosidad y motivación de las y los investigadores, ofrece múltiples beneficios (también costos, desde luego) que pueden ayudar a nuestro país a superar las trabas en su camino hacia un mayor bienestar y progreso.

TAGS: #Ciencia #Investigación #MinisterioCienciaYTecnología Modelo de Desarrollo

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