La compulsión de las cifras

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Chile es un país que desde hace muchos años insiste en reducir su identidad en torno a las cifras. Los gobiernos de la Concertación han sido los grandes artífices de esta “datatización” de la realidad, que nada tiene que ver con generar una economía sustentable que genere riqueza y con ello una mejor “calidad de vida”.

Los gobiernos de la Concertación, los medios de comunicación y la opinión pública, encontraron en las cifras una suerte de seguridad nacional y con ello mermaron el mundo de las subjetividades y emociones que hacen la cultura de un país, su esencia, lo que realmente la diferencia de otras.

En un artículo en algún diario chileno un arquitecto analizaba una foto de los “rascacielos” de Santiago en el marco de un material publicitario de imagen país y se preguntaba cuál era la diferencia de esa imagen con tantas imágenes de ciudades norteamericanas. Respuesta: ninguna; todos los edificios se veían igual. Pero mostrar estas “alturas" anima el lenguaje de modernidad y desarrollo-país. Eso es exactamente lo que quieren mostrar quienes ejecutan ese rol porque, además, están convencidos de que la población chilena así lo quiere.

Hay un lenguaje de cifras y una identidad construida alrededor de ellas. Sólo con mirar un rato cualquiera de los noticieros nacionales, el público se podrá enterar de cuánto se gasta y en qué. Qué porcentaje de chilenos come más de una cosa que de otra. Cómo están los indicadores económicos y su incidencia en los créditos personales. Incluso la cantidad de veces que se tiene sexo en el cotidiano.

Chile es mencionado por tener 8 tratados de libre comercio con el mundo, por ser el único en la región que está en la OCDE; por ser el país con el PBI más alto. La lista se alarga con datos y datos que indican a cada chileno lo diferentes que somos del resto de los países, por lo menos los vecinos. Su diferencia pareciera obedecer a un número comparativo, a una cifra ganadora.

No es casualidad que, en este escenario, Bielsa y la selección chilena hayan podido revertir finalmente las cifras negativas de un deporte masivo, popular y vital para la cultura competitiva nacional, una de las pocas actividades chilenas que aún no era posible rankear positivamente con el resto.

La credibilidad, para muchos, depende de la demostración numérica. La pertenencia de grupo sigue siendo fundamental y la pregunta desde chicos sobre en qué colegio se está, no responde a la preocupación de saber quién es el otro, sino de poder clasificarlo anticipadamente para decir si es o no uno de nosotros.

Las cifras abundan. Pensemos en un simple televidente que mira a un señor que, al otro lado, le muestra un gráfico indicando dónde estaba el año pasado su seguridad y dónde puede llegar a estar en el presente año. Como una vez comentó Humberto Maturana, a una chilena con su hijo en brazos sin ser atendida en un hospital, poco le importan las cifras que, en un afiche sobre su cabeza, hablan de la baja mortalidad infantil.

Esta necesidad de ponerlo todo en cifras se instala en el lenguaje, llegando incluso a transformar en estrellas a simples comentaristas televisivos de programas del tiempo, con todo el respeto profesional que se merecen. La pregunta es si merecen verdaderamente ocupar un lugar destacado en el mundo de la ciencia de los datos.

Sebastián Piñera, en este sentido, es la crónica de una cuantificación anunciada; un síntoma final de esta obsesión.

Finalmente, como si se hubiera esperado por años, hay un Gobierno que todo lo medirá en términos de gestión, donde habrá un indicador de la calidad de vida i incluso, tal vez, de la felicidad. Piñera aparece en este escenario como un heredero más de la cultura de la objetivización de gran parte de la red de conversaciones nacionales.

Los datos valiosos como información y precarios como comunicación en una cultura en formación, acompañan en esta simplificación donde poco a poco los números reemplazan a los actores.

Chile juega a esto por la necesidad urgente de demostrarle al mundo que es uno de los alumnos avanzados de la clase y con ello volver  a la pregunta, ahora ya desde la adultez: ¿en qué colegio estudiaste?

 

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Foto: 3rd people

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