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Hoy ha sido un día de aquellos. De esos en los que las multitudes denigran a los portadores de la verdad. Los psiquiatras y psicólogos llaman mecanismos de negación de la realidad a esas reacciones a través de las cuales las personas, en forma espontánea e independiente de su edad, ideología, credo, raza u otras características, son incapaces de decodificar de manera correcta la realidad, no porque no quieran, sino porque no pueden. 

Eso ha estado ocurriendo hoy en Chile desde temprano: la irritada reacción, a veces irónica, a veces planfetaria, de las turbas digitales. El blanco: Arturo Martínez, presidente (¿presidente?) de la CUT, quien declaró: “Hay profesores de filosofía detrás de toda esta cuestión violenta, que está institucionalizándose en el país (…) A los cabros les llenan la cabeza de porquerías, para que salgan a tirar piedras y hacer desórdenes".
 
¡Asumásmoslo! Martínez ha dicho una verdad más grande que una catedral. Hay pruebas irrefutables. ¿Carlos Marx era un esforzado oficinista? ¿Qué era Federico Engels, un laborioso emprendedor? No señores y señoras; filósofos de tomo y lomo. Y Mao, ¿un cocinero de arroz chaufán? ¿Un moto-boy? No, era profesor. ¿Cuántos peñascazos se han lanzado tras leer “El Manifiesto Comunista”? ¿Cuántas barricadas han sido levantadas a luz del materialismo dialéctico? ¿Cuántos neumáticos han sido prendidos inspirados en el Libro Rojo? Sí, todos ustedes, adictos a la cuña incongruente en 140 caracteres: ¡despierten! 
 
Lo que Martínez no ha dicho, sin duda acallado por las viles y oscurantistas críticas, es que el análisis no acaba en aquella primera afirmación. No. Hay más seso en la reflexión, fundamentada en un paper sobre la crisis de nuestro sistema educacional y las movilizaciones estudiantiles, que prefiero no compartir para que no sea pasto de las injuriosas redes. En sus sabias páginas se identifica el contubernio de los profesores, no los del Colegio de Profesores (ese es otro contubernio), poniendo los puntos sobre la “íes”. Sí, los profesores son los culpables. Los de química son los artífices de las molotov; los de historia los causantes de una creciente –e innecesaria- conciencia social; los de educación física los que han tonificado músculos que permiten jugar al corre que te pillo con las fuerzas del orden; los de matemáticas los culpables de que los estudiantes hayan aprendido a sumar y restar, concluyendo tras la raya que el resultado es que los están cagando. Sigue la lista. Los profesores de arte, secuaces de una creatividad tan poco funcional al statu quo y que ha adornado las marchas confundiendo al 80% de la sociedad que apoya irreflexivamente las demandas; los de música, responsables de que “los niñitos y niñitas” entonen sin desafinar consignas que se mofan del poder, contando para esto con el apoyo de los profesores de castellano, ideólogos de antipáticas rimas que los inútiles subversivos (sub-versivos, de sub-verso, ¿captan que Carlos Larraín concuerda con Martínez?) vociferan frente a los símbolos republicanos.
 
Sí. Los profesores son los culpables. Siempre lo hemos sabido, pero de manera equivocada. Pensábamos que eran los responsables de la mala educación de nuestros hijos por las condiciones laborales, por los bajos sueldos, por la escasa prioridad que les damos en nuestro modelo de desarrollo. Pero no, las razones son otras. 
 
Los profesores son los culpables porque, como bien dice Martínez, le meten tonteras en la cabeza a las nuevas generaciones. Por suerte, están los esforzados díleres –perdón, líderes – sindicales que, al amparo de una modesta merienda de langosta, ponen su empeño, su conocimiento y su luz intelectual en mejorar el mundo laboral. Nada de teoría ni filosofía, compañeros; sólo la praxis –a ultranza – del dirigente mejor instalado, nos amparará. Sálvese el que pueda.
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