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Esta gran conmoción producida por la última publicación on line de documentos que ha generado WikiLeaks, hace evidente cómo los medios tradicionales y una cantidad inmensa de actores de la política global distorsionan los principios de la política democrática. Han hecho simplemente una regla a partir de la excepción y ahora acusan a WikiLeaks de infringir dicha regla.
 
Aquellos quienes sienten que lo que hizo WikiLeaks es un hurto de propiedad, un ataque a la seguridad nacional de los estados involucrados o cuando menos una magnífica imprudencia, chocan de frente con los principios básicos de la convicencia republicana. Por otra parte, los que creen que la obra de dar a conocer esos miles de documentos por Internet es una realización de los derechos fundamentales de la libertad de expresión y de información, o bien el cumplimiento forzado por medios de la sociedad civil global de las promesas de un gobierno abierto (open government) cuentan en efecto con un noble antecedente.
 
Hace más de doscientos años, el pensador alemán Immanuel Kant, entusiasmado con la Paz de Basilea que puso fin a la guerra de la primera coalición contra la Revolución Francesa, se propuso y nos propuso un tratado definitivo de paz para todas las generaciones futuras, una paz auténtica o una paz perpetua como él la llamó. Uno de los elementos fundamentales de ella era la organización republicana de todos los estados. Los demás consistían en la constitución de una federación libre de esos estados y en el reconocimiento de una ciudadanía cosmopolita.
 
Cuando Kant se refiere al principio básico racional de la organización republicana de un Estado afirma sin lugar a ninguna ambiguedad que este sería el siguiente: "Todas las acciones referidas al derecho de otros seres humanos cuyos principios no soportan ser publicados son injustas“. El sentido de este principio es transparente como pocas veces puede ser la afirmación de un gran filósofo: Todo aquello que se tiene que ocultar es injusto, y sólo aquellas acciones que se puedan dar a conocer pueden aspirar a la calificación de justas.
 
Kant descarta atenuar aquella injusticia de los que se mantiene en secreto por consideraciones concretas y añade – con una claridad ejemplar – que un principio que no pueda manifestarse en alta voz sin que se arruine al mismo tiempo su propósito, un principio que debería permanecer secreto para poder prosperar no pudiendo ser confesado públicamente, sólo puede esperar ser considerado como injusto.
 
De esa manera, toda aquella información sobre las acciones de los gobiernos que no pueda ser publicada sin comprometerlos, salvo justificadas excepciones, se refiere a priori o de antemano a actos injustos. Publicar dichos actos, siguiendo el pensamiento de Kant, no sólo no puede ser injusto sino que constituye un acto de justicia fundamental y necesario para la constitución moral de repúblicas libres y la paz entre los estados. Si bien las acciones de WikiLeaks perturban la libertad de los gobiernos y sus representantes, sabemos que estas libertades no coinciden necesariamente con las libertades de sus ciudadanos.
 
En los dos siglos que nos separan de Kant, los estados han preferido – por "razones de Estado“ – mantener en secreto las acciones más deleznables y los intereses más mezquinos, y con ello no pocas veces han privado a los seres humanos de sus derechos fundamentales. El uso que hace WikiLeaks de la web y las infraestructuras globales de la información para hacernos accesibles miles de datos generados en un entorno público va exactamente en la otra dirección.
 
En definitiva, la organización de Julian Assange somete a los gobiernos al test que nos propone Kant. Es obvio que una gran cantidad de actividades de los gobiernos no ha soportado la prueba. Sólo por eso, podría decir hoy el gran filósofo, WikiLeaks le ha hecho un gran favor a la humanidad. 
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