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Ojalá nuestr@s niet@s

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Espero nunca olviden (ni olvidemos) esa responsabilidad que es cívica, pero también evolutiva, de especie: todos debemos ir dejando nuestro lugar (y compartiendo lo que aprendimos), a los más jóvenes. Empoderar a escolares, universitarios, y hombres y mujeres que llevan menos años en nuestros oficios o áreas de actividad. Sin egoísmo, sin egos, por el bien de todos.

Desde niña disfruté inmensamente con historias que incluían como parte de su trama, alguna máquina para viajar en el tiempo. Soñé con que en mi futuro existiría algo así: para poder ir hacia atrás sanando genealogías, o hacia adelante, preparando territorio para buenos amores y los proyectos que quería realizar.

No hubo máquina del tiempo –no aún que yo sepa- pero sí dos extraordinarias condiciones que dejan sentir como si la hubiese tenido: la maternidad de dos hijas con una diferencia de veinte años entre sí, y quince años de lejanía de Chile, de observación distante pero atenta, y de viajes periódicos (de 2-3 meses cada uno) que permitían experimentar así fuera en plazos limitados, de qué manera estaba construyéndose el país del nuevo milenio.

Me importaba, y me importa. Muchísimo. Crecí en dictadura, y pertenezco a una generación que fue protagónica en la transición a la democracia, y en la conversación sobre más proyectos posibles de convivencia que uno para nuestra nación.

Los jóvenes de los setenta soñaron con diversas revoluciones (sexual, cultural, social, política). Mi generación no alcanzó a soñar siquiera. No teníamos mayor experiencia de país como proyecto colectivo: más bien vivimos en medio de la fractura y la herida de esta nación, mientras crecíamos. Y aunque muchas situaciones no nos tocaran directamente por nuestra escasa edad, igualmente se dejaba sentir, a lo menos, la falta de aire y de cielo.

Poco antes del plebiscito, en diversas visitas a nuestra facultad de mediados de los ochenta, escuchamos –con mis oídos, puedo atestiguar- las promesas de políticos que luego estarían vinculados a gobiernos que sumaron veinte años con la Concertación, y que han regresado ahora con el gobierno de la Nueva Mayoría (ex concertación). Deseo por el bien de todos nosotros, que sean abundantes las nuevas energías, y las miradas. Es lo esperable luego de cuatro años que, en cualquiera de nuestras vidas, habrían dado para más de un autoexamen, enmienda, y proyecto cumplido.

Entre las promesas que oí en los ochenta estuvo la recuperación de la educación pública (tan minada en años de dictadura), el diseño curricular para el país del futuro -integrando asignaturas como derechos humanos y ecología desde kindergarten, por ejemplo- y la mejora de la calidad de la educación –con un fuerte foco en la docencia- para todos sus ciclos, especialmente el universitario. También se habló de que la U. de Chile volviera a ser pública y de recuperar sus sedes provinciales (parecía irrealizable, pero quisimos creer). Mi hija mayor tenía un año entonces. Hoy tiene veintiséis. No necesito decir más.

Alcancé a vivir completo el gobierno de don Patricio Aylwin, y me fui de Chile durante el primer tramo de la presidencia de Eduardo Frei. Por años, pensé que se trataba de mi ignorancia política, mi ansiedad e impaciencia, mi idealismo que seguramente era signo de inmadurez (así me dijeron). Tenía menos confianza en mí misma de la que hoy tengo, y aunque las situaciones que se iban develando muchas veces me parecían impresentables, dudé de mis observaciones. Si ante lo ocurrido en Ferrocarriles, MOP, la privatización de las aguas, el abandono de Sename, y más adelante Transantiago (por señalar algunos marcadores), nadie parecía hartarse ni cuestionar las malas prácticas o la falta de cuidado, quizás la que andaba mal era yo.

A pesar de todo, y sorda a objeciones, en diversos momentos a lo largo de esos años, escribí como ciudadana a l@s presidentes, el Congreso, o a quien pudiera, para expresar la urgencia de abordar como país el tema del abuso sexual infantil que, un buen día, ni siquiera nos pegaría una bofetada de realidad en la cara: nos haría polvo los huesos.

Silencio (excepto de Patricio Walker y Pía Guzmán, y de organizaciones como Paicabi, Previf, Raíces, y se agradece). Haberse ido por tanto tiempo –y peor aún: voluntariamente-, invalidaba ante muchos interlocutores cualquier pregunta o comentario. “Tú no has estado, no tienes idea, no puedes opinar con fundamento”.

Por mi trabajo literario, regresé en períodos más prolongados y me quedé el 2011. Como los niños nuevos que llegan a un colegio a mitad de año, preferí observar un buen tiempo para conocer o re-conocer el territorio, las dinámicas vigentes, qué se hablaba y soñaba.

Conseguí documentos, leí mucho, fui a preguntar (desde el año 2007, en cada viaje, a distintas divisiones ministeriales e instituciones) o llamé por teléfono a servicios ciudadanos cuyo número encontraba en internet. No considero que sepa mucho, pero tengo al menos derecho, como tod@s, a mirar lo que me rodea. Mi hija menor llegó con 3 años. Hoy cumple 6. Si mientras crecía su hermana mayor, no mucho cambió en materia de educación pública en Chile y, recién hoy, 25 años después, se va a realizar una gran reforma, es sólo natural que los cambios tomen otro tramo de tiempo para ser celebrados por todos.

Pasarán otras generaciones. No le tocará tampoco a mi hija menor; no durante su educación básica al menos. Eso ya lo tengo claro. Quizás a mis nietos sí: ir a una escuela de su barrio, con la mayor diversidad de familias, en otro momento de la mirada a los ciudadanos niños de este país, y con docentes muy bien remunerados y calificados que puedan disponer de la energía para apasionar a sus estudiantes, y para mantener su propia pasión (y eso requiere tiempo autodidacta, oportunidades de mejoramiento continuo, trato digno, protagonismo en la agenda pública, y mucho más).

Imagino un tiempo de calidad, no de cantidades y métricas. Sin SIMCE, sin pruebas de selección múltiple, sin derivaciones a especialistas a la menor señal de dificultades para pronunciar un fonema o afirmar el lápiz, sin montañas de tareas eternas (que investigaciones internacionales de larga data, señalan como casi irrelevantes para el aprendizaje, incluso en matemáticas). En cambio, imagino mucha conversación, debate y desarrollo de ideas y proyectos, y escritura (tiempo que es también de desarrollo personal y reflexión para los más pequeños y jóvenes). Que existan las herramientas para el diálogo, los lenguajes del respeto y el cuidado, y que desde derechos del niño hasta los temas más dolorosos o conflictivos, la nueva generación pueda conversar, en el mañana, reconociendo al otro como un legítimo par humano, aun en el más irrevocable disenso. ¡Ah! Y árboles, patios amigables, laboratorios de última generación, bibliotecas –físicas o virtuales- que generen entusiasmo y casi angustia por no poder leerlo todo. Ojalá nuestros nietos. Ojalá nuestros hijos, en realidad, y aunque no llegue a ser, hay que soñarlo igual, a ver si se manifiesta a tiempo, a ver si no olvidamos nuestra propia pasión.

Ayer oía las noticias de la abdicación del rey de España en favor de su hijo. Más allá de mis opiniones sobre las monarquías en este siglo, recordé una columna que escribí casi un año atrás (Democracia o Gerontocracia) mencionando la posible abdicación de la Reina Isabel en favor de sus nietos, pero ya no de su hijo: esto, a propósito del escaso recambio generacional que había observado en la política chilena, luego de dos décadas. DOS décadas.

Se saltaron a los hijos, y estamos observando a “los nietos” avanzar, y alegra sinceramente ver a la generación de Boric, Jackson, Vallejos, Cariola, en el Congreso. Se lo ganaron solos. No fue la generación más antigua –los señores y señoras que conocimos en mis tiempos de universidad- quien les abrió paso o les entregó la antorcha. Y no importa ya. Lo que importa es que con esos líderes jóvenes, y muchos más, quizás el horizonte se ensanche para toda la nueva generación que les sigue.

Espero nunca olviden (ni olvidemos) esa responsabilidad que es cívica, pero también evolutiva, de especie: todos debemos ir dejando nuestro lugar (y compartiendo lo que aprendimos), a los más jóvenes. Empoderar a escolares, universitarios, y hombres y mujeres que llevan menos años en nuestros oficios o áreas de actividad. Sin egoísmo, sin egos, por el bien de todos. Que la generación de adultos jóvenes (ahí, la hija mayor) levante una nación definitivamente buena para los niños que les siguen (ahí, la hija chiquita), sin tener que esperar nuevamente hasta los nietos.

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Foto: Simenon / Licencia CC

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Comentarios

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Nelson

08 de junio

Un esperanzador pronóstico a nuestra nueva genracion. Generación sin miedos, generación sin el estigma de la dictadura pero que recuerda y rememora a los caídos en la lucha. Se sienten aires de cambio, viento fresco. En algún momento pensé que el que asumieran nueva generación al congreso era una estrategia política de las elites para dar una aspirina al pueblo en sus ansias de revolución. Sin embargo y a medida que pasa el tiempo, me doy cuenta que no es tan así. Ya que por lo menos Jackson y Boric han sido los fieles representantes del clamor popular a trova es de sus propuestas y mociones parlamentarias. Me gusta lo que escribiste, creo en los cambios tendientes a la conformación de una sociedad mejor

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