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Manifiesto del roto

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 Chile tuvo un origen turbulento. Según los libros de historia en 1536 cientos de pueblos con distintos grados de formación fueron unidos por la llegada de hombres venidos desde muy al norte, conquistando todo lo que tenían a su paso en nombre de un rey extranjero; 5 años más tarde, una expedición lo transformaría todo, pasando de ser vencedores a ser vencidos para luego intentar acuerdos a medias para que pudieran pasar tras la frontera.

Esa fue la limitante para que Chile se constituyera entre Coquimbo y Concepción, dos ciudades que dependían de Santiago, un pueblo que pasó de comer ranas asadas en piso de tierra a levantar fastuosas mansiones a imitación de Europa. Cuando fue amenazada lanzó todo el poderío que concentraba. Con el tiempo, incorporó nuevos territorios, porque a la capital le hacía falta aumentar sus recursos. La hermana del sur, la heroica Concepción, siempre intentó arrebatarle el poder con constantes fracasos. Ninguno resultó: el poder capitalino era mucho.

Conforme ese cambalache problemático y febril del siglo XX avanzó sobre nuestra tierra la amenaza ya no era el poder consolidado de Santiago, sino las masas trabajadoras que se unían en pos de mejorar sus condiciones. ¿Pero, por qué confundir centralismo con problemas de masas? Simple: cuando los sectores dirigentes del país construyeron al Estado para poder consolidar su proyecto, se dieron cuenta de que había muchas personas muriéndose de hambre. El problema les estalló en la cara y, como no supieron qué hacer, aplicaron balas. Miles murieron en Iquique, otros tantos en Santiago, unos pocos en Ranquil.

Y aquí se nos cruza el problema: el discurso centralista tenía que ser el discurso de toda la nación, es decir, todos debemos imitar al centro. Cuando éste y sus vicios no son reproducidos por cualquier medio hay que eliminarlo. Y si no se puede, asimilarlo. Por ello, el invento del “roto”.

Sin embargo, ese roto jamás cambió. Aunque siempre se le define como trabajador y republicano, con un millón de otros adjetivos, esconde un carácter trabajador y un empeño que no se lo quita nadie. Siempre ha intentado llegar a acuerdos con las autoridades porque reconoce en ellas el poder, pero éstas siempre se han negado.

En el corazón de la gente nadie pide ser patrón, aunque siempre ha soñado con ganar algún juego de azar para poder pagarle para que haga lo mismo. Y el común de la gente hoy se pregunta: ¿ustedes creen que los cabros salen a la calle simplemente por alegar? ¿Los obreros del salitre salían porque querían derribar lo establecido? ¿Los mapuche queman camiones por deporte?

Ese roto que siempre es mirado, en menos en realidad no pide mucho. Quiere ponerse en igualdad de condiciones para decir “míreme, tengo dos manos buenas para trabajar, tengo las ganas de hacerlo, yo voy donde usted me mande, pero quiero que me respete porque los dos somos personas. Enséñeme y haré el trabajo que me pida, deme las herramientas y si quiere le construyo una casa gigante, deme apoyo y yo le devolveré un buen trabajo, deme tiempo y crea en mí, porque soy sincero con usted. Pero, por favor, hagamos un trato. Ayúdeme a hacer ese buen trabajo enseñándome con paciencia porque me cuesta entender las cosas a la primera, págueme lo que me corresponde porque me lo merezco sin ser arrogante y simplemente por una razón: trabajo por necesidad. Necesito llevar el pan a la casa y pagar las cuentas y por eso acudí a usted. Pero si estamos juntos rememos para el mismo lado, hagamos las cosas bien. Yo le ayudo y usted me ayuda, usted puede ser jefe y yo empleado, pero los dos podemos tratarnos de buena manera. Mirémonos a los ojos y escuchémonos con atención porque los dos tenemos algo que decir”.

Si nuestras clases dirigentes escuchar lo que ese roto nos dice, otra sería la historia. 

——–

Foto: Rotos y gañanes en la ciudad, 1906 / Memoria Chilena

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