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La Sofofa y la Araucanía: un diálogo sin destino

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Largo debate ha causado el inserto que usted, querida Sofofa, hace unos días pagó en el diario La Tercera para condenar la violencia en la Araucanía. Más allá del tono alarmista, casi sedicioso, de las palabras expresadas, creo importante contribuir al debate con algunos argumentos, ya que muchos han vilipendiado sus palabras sin realmente entenderlas. Por ello, permítame hacerle el favor de darle una mano.


Si usted cree que somos todos iguales, no hay posibilidad de entendimiento en el sur. Los mapuche son distintos, se sienten distintos: con una lengua propia, una historia propia, tradiciones y cultura propia. Y esa diversidad nos hace mejores. Mientras no la aceptemos, y creo que usted aún no está preparada para ello, no habrá solución posible.

En el punto 1, usted hace alusión a los grupos violentistas que actúan en total impunidad. No puedo estar más de acuerdo con usted, qué quiere que le diga. ¿Hasta cuándo permitiremos que carabineros golpeen, torturen, allanen y disparen a quemarropa a mapuche sin que nada les pase? Asumo que de esa violencia habla usted, ¿o entendí mal yo? Si se refiere a la violencia de quienes queman camiones, pinos, e iglesias, me parece a mí igual de condenable, ¿no es así? Como dice el viejo adagio, la violencia sólo engendra más violencia. Por si usted no sabía, querida Sofofa, la violencia que hoy nos horroriza no es más que la respuesta cansada de varias generaciones de mapuche que crecieron en la violencia: a sus abuelos les usurparon las tierras; a sus padres los torturaron por el sólo hecho de ser indios; y los hijos, hastiados, hoy se toman revancha.

En el punto 2, usted declara que en la Araucanía ya no impera el Estado de Derecho. Pero qué razón tiene. No podría yo haberlo puesto en mejores palabras. Pero, por si no lo sabía, desde la ocupación que no impera el Estado de Derecho allá en el Wallmapu. Y gracias a esto es que sus antepasados pudieron hacerse ricos usurpando tierras mapuche; gracias a esto es que hoy las forestales son dueñas del sur; gracias a esto es que la justicia ha sido, y es, racista, y hoy un camión o un pino quemado vale mucho más que la vida de un mapuche. Porque nunca existió Estado de Derecho en la zona es que estamos hoy metidos en este problema.

El punto 3, querida Sofofa, prefiero no tocarlo, ya que recuerda a otra época que a mí no me tocó vivir.

El punto 4 es notable, y aquí quiero detenerme un poco. Donde plantea el tema de los beneficios a los responsables de la violencia, nuevamente no puedo sino aplaudir su postura. Y, tal como exigimos las penas del infierno para los mapuche violentistas, exijamos juntos y a viva voz que los carabineros que torturan y asesinan a comuneros sean castigados; que los colonos que contratan sicarios para amedrentar comunidades sean juzgados; y que todo hecho de violencia sea condenado. Igual es fácil apuntar con el dedo a quien no me gusta, por mero racismo, y hacerme el loco a la hora de condenar a los que están de mi lado.

También usted habla de revisar la política de tierras. Otra vez da en el clavo fíjese. Porque lo que hay hoy es un verdadero despelote. Si usted me pregunta, porque la información está disponible, debiésemos devolver lo que corresponda a sus legítimos dueños, sean mapuche, chilenos o colonos. Eso sí, le aseguro que a usted esto no le conviene, porque sus amigas las forestales la verían negra con esta política. La otra alternativa es seguir en el status quo, pero asumo que, para haber pagado tamaño inserto en un diario caro, a usted le urge encontrar una solución.

Lamentablemente, eso sí, debo decirle que no comparto para nada su opinión cuando plantea que “Chile es de todos y todos formamos esta nación”. Sabias y bellas palabras, pero que no son realidad. Chile es muchas naciones: Mapuche, Rapa Nui, Aymara, Inmigrante, Mestiza, Blanca, Diaguita. Y todos somos chilenos, sí, pero cada uno desde su propia historia. Si usted cree que somos todos iguales, no hay posibilidad de entendimiento en el sur. Los mapuche son distintos, se sienten distintos: con una lengua propia, una historia propia, tradiciones y cultura propia. Y esa diversidad nos hace mejores. Mientras no la aceptemos, y creo que usted aún no está preparada para ello, no habrá solución posible.

¿Le doy un consejo? Para que la próxima vez que opine no deje la embarrada, le propongo lo siguiente: partamos todos por admirar nuestra diferencia, y reconocer en nuestra constitución que somos un país multicultural. Luego, hagamos ciertos gestos: reconozcamos la lengua mapuche, reconozcamos a sus autoridades, démosle voz y voto, y cierto grado de autonomía para gobernarse y formar parte íntegra de esta angosta franja de tierra. Y, de una vez por todas, hagámonos cargo del horrible proceso de ocupación de la Araucanía y subsanemos las injusticias cometidas; porque eso hace grande a un país. Créame que no es nada muy loco: ya lo han hecho muchos países en el mundo.

¿Quiere saber lo más vergonzoso? Los españoles, allá por el 1641, fueron capaces de dialogar y respetar al pueblo mapuche. Y nosotros, en pleno siglo XXI, somos víctimas de nuestro racismo, nuestra ignorancia y nuestros miedos. ¿Paz social en la Araucanía? Con insertos como estos queda claro que estamos a años luz, querida Sofofa, a años luz.

TAGS: #ConfilctoAraucanía #PuebloMapuche #PueblosOriginarios #Sofofa

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Comentarios

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Pablo M.

17 de enero

Creo que el problema está en la generalización, decir “Los Mapuche son distintos, se sienten distintos: con una lengua propia, una historia propia, tradiciones y cultura propia” es atribuirse una prerrogativa argumental totalmente inoficiosa ¿Quiénes son mapuches?, cual es el criterio del autor de la columna para tal denominación, ¿El apellido, el genotipo, la cultura, el lugar de nacimiento?

Lo anterior no es peregrino en atención a que un gran porcentaje de la población tiene una ascendencia indígena la que seguramente no se ve reflejada en el apellido y aun en estos últimos ¿Cuántos están realmente a favor de la causa y dejarían de ser chilenos por ser mapuches? Y no hablo de modas pasajeras si no que de real interese de vivir la cultura que por linaje le correspondería.

Despejado lo anterior recién considero podrían establecerse cuales serían las eventuales soluciones, que de buenas a primeras creo pasa por reconocer un sincretismo cultural más que propender a una dinámica de agua y aceite, porque en definitiva quienes vivimos en la zona enfrentamos la falta de inversión en la zona, la salida de empresas y pérdidas de puestos laborales mientras en Santiago los expertos se atribuyen la voz de una zona en la que no viven ni van a vivir, y cuyos parroquianos difícilmente están de acuerdo con los continuos ataques y tampoco demuestran un gran interés en la cultura de marras…

18 de enero

Estimado Pablo: la verdad es que no hay una generalización, y preguntarse quiénes son mapuche y quiénes no no es el motivo de la columna. El “sentirse distinto” tampoco es una opinión mía, sino que es la percepción que muchos autores y gente mapuche tienen sobre ellos mismos. Tampoco creo relevante preguntarse si alguien dejaría de ser chileno, salvo algunos pocos casos. Eso es un argumento algo básico para la discusión. Hoy nadie duda, y yo tampoco, que todos somos chilenos. Pero, y tal como digo en la columna, cada uno desde su historia. Se puede ser chileno y mapuche; chileno y rapa nui; chileno y aymará. El problema es que nosotros, como Estado, no hemos permitido que Chile lo formen distintas naciones, y eso explica en parte la tensión hoy existente.

Respecto al tema de lo que se vive en la zona, conozco muy bien esa realidad, la visito periódicamente y, aunque es verdad, no vivo allí, tengo muchos amigos que sí, y que incluso se han visto afectados por lo que tú describes. Y no soy ni cerca un experto en la materia, pero el ser de Santiago no inhabilita mi mirada; de hecho, permite una perspectiva distinta a quienes viven allá, que es justamente una mirada afectada por lo que ocurre día a día.

De hecho, mi columna da algunas luces de cómo lograr no un sincretismo, porque eso hoy no se estila, pero si un reconocimiento cultural que permita evitar la violencia y la descomposición social de la Araucanía.

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