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Infancia y enfoque de derechos: Principios de resistencia

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¿Cómo definir la Infancia? Esa fue una de las primeras tareas que como grupo de estudios (GrupoMiradas) nos propusimos. Y vaya que ha sido difícil definirla desde la reflexión que nuestros años de labores en el ámbito educacional, proteccional y de justicia juvenil nos han aportado. Y luego de esa pregunta, otra misión que nos impusimos fue cómo relacionar la Infancia con el Enfoque de Derechos. Ello, por ser dos conceptos que utilizamos a diario en nuestro quehacer y que escuchamos en el decir de otros… pero que al final del día, pareciera que no tienen un sustento más que su sonoridad.


Apostamos a que como adultos que fuimos infantes, estuvimos con adultos que no nos escucharon, que no nos entendieron o al menos, ni siquiera lo intentaron.

La contingencia nacional de las graves vulneraciones de derechos y maltrato hacia niños, niñas y jóvenes bajo protección estatal, ha sido una de nuestras motivaciones (no la única) para continuar pensando, discutiendo y compartiendo qué queremos para la infancia y la adolescencia, qué sería practicar el Enfoque de Derechos y dejar de mencionar conceptos como para sonar acorde a la Convención de Derechos de la Infancia.

Como grupo de estudio hemos expuesto qué entendemos por infancia, visualizándola como momento vital, como construcción sociocultural, económica y política. Asociamos la infancia a la fragilidad, la espontaneidad, curiosidad y exploración, a la existencia de una subjetividad propia, al derecho a una salud mental de calidad y acceso a bienestar en diferentes áreas.

Concordamos con los estudios actuales sobre infancia, en que es una etapa que requiere desde el mundo adulto, la necesidad de aliviar el malestar, el acompañamiento de la exploración del mundo circundante y también de protección. Suena bien, suena a verdad incuestionable. Sin embargo, a diario nos topamos con ejemplos de lo contrario, de ataques hacia la infancia, de desprotección, de humillación (por supuesto que en todo nivel socioeconómico, salvo que nosotros trabajamos con la población “más vulnerable” y vulnerada).

En este punto, acordamos como grupo la necesidad de requerimientos de protección y pensamos/vivimos la creación de la Convención de Derechos de la Infancia con el mencionado Enfoque de Derechos como un marco regulatorio y normativo mínimo, cuyo nacimiento se vincula al camino recorrido desde el enfoque de carencias y necesidades, hacia los Derechos Humanos, enfatizado hacia la infancia. Adscribimos a este enfoque, en respuesta al enfado que nos despierta en nuestro quehacer la ideología caritativa hacia la infancia, aquella que conceptualiza a niños y niñas como desposeídos, como objetos de asistencialismo, como un medio para alcanzar un fin (léase alcanzar u obtener una gratificación sea tangible o intangible a cambio de la “ayuda”).

No obstante, posicionados desde el Enfoque de Derechos, tenemos la posibilidad y responsabilidad de criticar su ambigüedad en la protección integral y universal; de ser una creación del mundo adulto que responde desde lo que cree que necesitan la infancia y la adolescencia. En nuestro país, que suscribe la CIDN en 1990 (aunque por cuestiones extrañas de nuestra Historia, aun no posee una ley integral de protección hacia la infancia en su totalidad y solo se remite a la infancia y adolescencia pobre) existe la permanente división entre la infancia vulnerada y la infancia delincuente.

También reconocemos ser parte de este dilema: somos profesionales adultos que fuimos niños y niñas; que posicionados desde la adultez pensamos la niñez y buscamos responder desde allí, interpelados en torno a la (des)protección de nuestra propia niñez. Probablemente sean posiciones irreconciliables, pues no volveremos a esa etapa a señalar aquello que no quisimos, aquello que sí buscamos.

Por ello, apostamos a que como adultos que fuimos infantes, estuvimos con adultos que no nos escucharon, que no nos entendieron o al menos, ni siquiera lo intentaron. Y por ende, reconocemos tensiones permanentes en nuestras labores diarias en cuanto a la posición de poder que ocupamos (querámoslo o no), la posibilidad de categorizar el malestar de la infancia como respuesta al mundo adulto más que al malestar mismo de niños y niñas con quienes trabajamos; de ver la infancia como un síntoma y a la vez como una resistencia a la adultez, de respetar aquellas decisiones; de pensar la infancia y adolescencia no como una abstracción, sino como corporalidad constante y presente.

Continuamos pensando en los desafíos que tenemos quienes nos volcamos al trabajo con niños, niñas y adolescentes. A saber, la transmisión de la noción de Derechos a quienes no se sienten representados por estos o bien, ni siquiera tienen conocimiento de su existencia (y sumar que muchos de quienes escribimos aquí, nacimos previo a la creación de la CIDN); la infancia multideterminada por factores de tipo económico, social, cultural, de acceso; la visibilidad de la infancia vulnerada versus el castigo a la infancia que delinque, la reinterpretación constante de los términos; modos de comprensión y abordaje de estos términos y la constante evaluación de la posición de autoridad desde donde intervenimos quienes trabajamos en estos ámbitos.

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