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Discriminación a voz en cuello

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“La propuesta es, en este primer momento, partir por lo grueso, lo inaceptable, lo vulgar. Lo que se busca en este espacio, por ahora, es unirnos en torno a aquello que no puede más que producirnos indignación, vergüenza, ira”

 

Ciertos asuntos de nuestra vida en común –entre ellos, muchos de los que se mencionarán en una página como esta– deben ser tomados con ponderación, tomando en cuenta análisis sesudos, esperando que se pronuncien los expertos y cuidando los impactos de nuestras acciones. Nada de lo anterior es aplicable cuando hablamos de discriminación. Alguien podrá alegar que es inevitable, consustancial al hombre, útil al momento de determinar a los más capaces para cada asunto. Que hay una discriminación que es buena y otra que es mala. No es este el momento de discutir aquello. 

El guardia del supermercado detiene selectivamente a aquellos que le parece pueden estar robando, vale decir los que no parecen ricos. El restorán se reserva el derecho de admisión. Quien conoce a otro hombre lo define por su aspecto. Si no le dice nada, se detiene en su apellido. Si no es suficiente, le pregunta la comuna donde vive. Los medios de comunicación nos informan con humor y condescendencia que existe una tribu urbana que se llama Pelolais, grupo de niñas de clase alta que se definen por oposición a todas y todos los que no se parezcan a su entorno inmediato. Se da vida a una campaña publicitaria radial que se llama “pitéate un flaite”, consistente en demonizar a aquellos cuyo aspecto coincidiría con el de los ciudadanos menos favorecidos por el sistema. En vez de denunciar el hecho como inmoral e ilegal, la opinión pública se divide, y hay una buena parte de la población que justifica el aserto. Periódicamente se hacen rotómetros, basados en la igualación de quien no tiene dinero con quien es mal educado o derechamente delincuente, y la respuesta, en vez de escándalo, es reenviarla por mail a los contactos más cercanos. En fin, frente a un terremoto nuestro enemigo común son las hordas que nos invadirán desde los extramuros, los saqueadores, los que se aprovechan, en una palabra: los que no son como nosotros, los diferentes. 

 La gran diferencia entre el clasismo y cualquier otro tema que se discuta en esta página es que cambiar la mirada es gratis. No se necesita construir nada, mandar ningún proyecto de ley ni llegar a ningún gran acuerdo nacional. Se trata de explicitar, a veces provocadoramente, ciertas cuestiones inaguantables. El clasismo se perpetúa y multiplica más por inercia que por otro tipo de consideraciones. Si se trata de perpetuación, la segregación urbana en Santiago es una condena. Podemos exigirle al Ministerio de Vivienda construir viviendas sociales en Las Condes. Podemos exigir que el Metro también pase por debajo de la tierra en sus extensiones más lejanas del centro. No se cómo nos vaya con eso. Pero por mientras podemos develar el problema: ¿Qué le impide al centro de estudios preocupado de la pobreza sesionar un par de veces en un centro comunitario en El Bosque? ¿Al partido político hacer algunas conferencias de prensa desde su sede comunal en Lo Hermida? Eso, en términos geográficos. Pero en cada barrio habitan personas. ¿Qué perjuicio causaría en un viaje presidencial la inclusión de dos o tres dirigentes de poblaciones? ¿Y en las comisiones sectoriales? ¿Entre tanto iluminado, no existe espacio para algunos de los beneficiarios y/o padecedores de la respectiva política pública? Cuando hablamos de fines –no de medios– todas las opiniones son igualmente válidas. Pero también podemos partir por casa. ¿Se cambia usted de vereda cuando ve a una persona de tez morena y vestimenta deportiva? ¿Sería capaz de dibujar a un delincuente antes de verlo? En su multiplicación, la televisión cumple un rol ineludible. ¿Ha visto usted en los programas tipo “policías en acción” alguna casa que no sea marginal allanada? Nada impide imaginar un capítulo en que se ingrese violentamente a una sesión de directorio de empresas que se estén coludiendo, o a bares en Vitacura en busca de droga. ¿Por qué no se filma con el mismo entusiasmo una redada en un prostíbulo de lujo que en un café con piernas? ¿Qué le hace más daño a la economía del país, 20 años de delitos de un lanza o una pasada por la bolsa con información privilegiada de un ambicioso?

 
Aquello que es distinto nos produce un temor que es difícil de rastrear. Pero el temor no es un condicionante, es una sensación. En fin. Esta es una primera piedra que no busca lapidar a nadie, sino que hacer fuego en su roce con otra piedra. Generar, a través del contacto, acción.

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Foto: http://www.flickr.com/photos/morrissey/3636921252/

 

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22 de marzo

Resulta indignante ver programas policiales que, bajo el pretexto de mostrar la realidad, sólo resaltan los arrestos a personas de escasos recursos y denigran a sus familiares. Policías en acción en Chilevisión, 133 en Mega, nos muestran la “impecable” actuación de nuestra policía en su combate al microtráfico. Vemos en pantalla un despliegue “espectacular” para atrapar a la abuelita que tiene en su casa 10 papelillos. Hay un claro signo de discriminación en estos programas y se hacen con la colaboración de las fuerzas policiales que todos los chilenos financiamos. Programas como estos, con un respaldo institucional, nos presentan un rostro de los delincuentes, asociado a gente que vive en las poblaciones, JAMAS un delincuente de cuello y corbata, y si es así, se protege su identidad. Vemos las respuestas de los efectivos policiales totalmente libreteadas, destacando su “impecable” labor. Creo que las instituciones policiales nos deben una explicación y los canales una respuesta frente a una tergiversación de la realidad tan flagrante

23 de marzo

No se si por la geografía del país, o la ausencia de instancias recreativas o culturales de otro tipo, la televisión cumple en nosotros un rol absoluto; lo que pasa allí es la realidad, y lo que no pasa allí no existe. Por eso es que resulta particularmente indignante estos programas tipo “policías en acción”, en los que se dibuja un tipo de persona -el delincuente- cuyas características son de manual: un habla y una vestimenta que asociamos a los menos favorecidos, un vecindario marginal y una pigmentación de piel más oscura que la de las personas que aparecen en la misma tele, en los comerciales. El resultado es la transmisión de una serie de valores contrarios a los de una sociedad democrática: 1) No existe debido proceso, el juicio se acaba en el allanamiento. 2) En vez de un ciudadano igual a uno que infringe la ley, hay un otro, que es un “delincuente”, vale decir un distinto, y que en vez de un error puntual está en un estado de infracción permanente, 3) El delincuente siempre es pobre. 4) Los métodos violentos, con cero diálogo, son la única forma de aplacarlo.
Creo que es posible manifestar organizadamente nuestra indignación contra ese nicho de discriminación. Yo le voy a dar una vuelta en estos días. Te pido lo mismo. Un abrazo.

24 de marzo

Mientras tanto, Piñera nombra al nuevo jefe de división de seguridad pública. Entre sus méritos se lee: “En su empresa ALTO, Jorge Nazer se caracterizó por luchar contra el “robo hormiga” con métodos no convencionales. Entre ellos, el envío de volantes a las mismas casas de los “mecheros” advirtiéndoles que los tenía identificados. “Lo pagarás caro. Ya van más de 1.500 fichados por robar. Te condenarán”, decía uno de ellos.”
La noticia completa en http://www.mer.cl/modulos/catalogo/Paginas/2010/03/24/MERSTNA002CC2403.htm

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