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Soberanía médica y enfermedades sociales en el siglo XXI

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¿No será oportuno inaugurar esta centuria priorizando el examen de las bases que definen nuestra cultura o civilización chilena, para luego sopesar que papel asignamos al Estado y los medios que requerimos para consolidar un derecho social? La política, la economía y la ciencia son valiosas herramientas, pero la soberanía médica es un aconsejable punto de partida y merece una oportunidad. La medicina necesita nuestra ayuda porque su misión es también nuestra tarea.

“Si una idea no parece absurda de entrada, pocas esperanzas hay para ella”. (Albert Einstein)

Hoy, como bien sabemos, el Alzheimer, la obesidad, el cáncer, la depresión, entre otras dolencias, han adquirido connotación pública por encarnar ejemplarmente el concepto de enfermedad social. Este sensible tema no responde exclusivamente al discurso médico que, justificadamente, ha reclamado la atención sobre el avance de esas epidemias de nuestro siglo, amparándose tanto en una verificación estadística, como en la experiencia profesional acumulada en las últimas décadas. Además, coexiste una realidad nacional que se nutre día a día desde el seno de la experiencia de miles de personas y familias cuyas vidas se han trasformado, en muchas ocasiones dramáticamente, a partir del momento en que mediante ese rito social denominado diagnóstico han dejado de ser reconocidos como sanos para pasar a ser enfermos. Ciertamente, desde la tribuna las ciencias de la salud nos podrían ilustrar con precisión los antecedentes y consecuencias que revisten las nuevas epidemias. Eso desde el punto de vista biomédico.

Desde la perspectiva histórica es posible hacer otra lectura, no solamente para incentivar nuestra conciencia respecto de nuestro devenir como comunidad, sino que además para iluminar algunas regiones del debate público que intenta resolver escenas complejas de nuestra realidad médica, como lo revela el conjunto de enfermedades sociales referidas, que son hijas de una nueva transición epidemiológica o, dicho de otro modo, resultado de un cambio civilizatorio como diría Henry Sigerist.

En el transcurso del históricamente incombustible siglo XIX, la salud de la población se institucionalizó como uno de los pilares fundamentales de todo orden social que apuntara a construir un marco jurídico básico para el progreso social y el bien común de las naciones. Fue quizás la Seguridad Social el principal agente que simbolizó la resolución de la faceta médica de la cuestión social decimonónica, que expresó en altas tasas de mortalidad y morbilidad por causa de enfermedades infecciosas su cara más fatídica. Por cierto, bajo su vigencia la medicina y la enfermería modernizadas y profesionalizadas desempeñaron una labor cardinal al prestar su experiencia en la misión de sanar a los enfermos, aplicando la medicina curativa, pero sobre todo empleando la medicina preventiva, pieza sustancial de la moderna Salud Pública.

No obstante, en este proceso de instalación de la idea de bienestar social también debemos referir a otro actor tan valioso como los anteriores, pero no tan reconocido históricamente, esto es, las coaliciones ciudadanas, integradas por personas que tuvieron un contacto directo o indirecto con las realidades médicas apremiantes y en virtud de las cuales tomaron partido en la consecución de soluciones conforme a las posibilidades existentes. Esto es lo que identificamos precisamente como soberanía médica de los individuos de una comunidad, que más que una panacea social, es más bien un acto de compromiso sostenido de la comunidad en la tarea de desarrollo del bienestar social desde la esfera de la salud. Este ejercicio soberano emergió en el siglo XIX y se canalizó institucionalmente en el siglo XX.

Merece atención este último punto, porque conecta nuestro examen en el Chile de 2013, a partir de nuestra calidad de testigos de algunas iniciativas que en su forma de organización y en su carta de aspiraciones sintonizan con aquella historia de práctica de soberanía médica. Así, podemos reconocer los plausibles esfuerzos que congregan movimientos médicos-ciudadanos como  No te olvido (Alzheimer), Foro Nacional del Cáncer, Volar (Artritis Reumatoide), Sida Chile, y otras tantas agrupaciones, algunas de las cuales quizás omito por ahora, pero tal vez ustedes pueden conocer y sumar. Si bien cada una de esas manifestaciones esgrimen particularidades que las diferencias e identifican a la vez, están unidas por un doble propósito: 1) generar de una conciencia pública respecto a esas dolencias sociales; y 2) reclamar un papel ostensiblemente más activo del Estado chileno con la salud en tanto derecho humano y social, toda vez que esta prerrogativa fue consagrada avanzado el siglo XX a un nivel internacional a través de instancias como la Organización Mundial de la Salud (1948), el  Pacto de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (1966), la Declaración de la Salud de los Pueblos (2000) y la Declaración sobre Reducción de Inequidades Sanitarias de la Asamblea Mundial de la Salud (2009), por citar  algunos hitos representativos de ese proceso de cimentación de un modelo global de bienestar.

Sin embargo, esta no es la primera ocasión en que nuestra sociedad toma conciencia sobre las enfermedades sociales, ni menos emprende tareas para afrontarlas. En el siglo XIX, nuestra versión local de la sociedad industrial, como en otras latitudes, fue escenario privilegiado para la gestación de enfermedades sociales que acompañaron nuestra historia nacional en esa etapa: la tuberculosis, el alcoholismo, la sífilis, la difteria, el tifus, la viruela, entre las principales. Mirado en perspectiva, ellas no solo fueron responsables de miles de muertes y de vivencias de exclusión social, sino que a la postre fueron el antecedente directo de la búsqueda de una nueva forma de solidaridad. Las coaliciones ciudadanas que emergieron para hacer frente a esos males abarcaron desde el mutualismo avivado por asociaciones obreras y de artesanos en la segunda mitad del siglo XIX, hasta las agrupaciones médico-civiles que, desde los primeros decenios del siglo XX, conformaron las denominadas Ligas (Antituberculosa, Antialcohólica, Higiénica) y Cajas para educar y prestar una asistencia sanitaria, limitada terapéuticamente, a los sectores populares, los más propensos a sucumbir ante aquellas epidemias en vista del círculo enfermedad-pobreza en cual estaban inmersos. En mayor o menor medida esos esfuerzos colectivos se convirtieron en  ejemplos de soberanía médica cultivada desde la ciudadanía para hacerse partícipes en la consecución de una cuota de bienestar en el campo de la salud.

Con todo, en el largo plazo esos actos colectivos no fueron suficientemente efectivos para erradicar las enfermedades sociales, porque la realidad sanitaria a la que apuntaban era superior a sus medios. Este escenario solamente comenzó revertirse en gran parte por la convergencia de las élites políticas y las demandas sociales que a partir de la década de 1920, etapa a partir de la cual el Estado chileno ocupó un papel más activo en la organización a gran escala de la asistencia médica (Constitución de 1925), y cuyo proceso de gestación culminó en 1952 con la creación del SNS, y con él, la institucionalización de un derecho a la salud para la población, que no fue universal, pero que afianzó ética y políticamente la noción de bien común en torno a la salud. Las mejorías en las condiciones socioeconómicas del país, más los avances terapéuticos (penicilina, sulfas) registrados en la primera mitad del siglo XX contribuyeron a fortalecer esa transformación de expectativas.

¿Qué reflexiones podemos extraer de lo expuesto? Hoy podemos concordar que es plenamente factible un esfuerzo organizacional de parte de los enfermos y sus familias a fin de conseguir y exigir una aplicación efectiva de un derecho social. Luego, habida cuenta de que la utopía médico-liberal que representan las ISAPRES no son el camino apropiado para encausar desafíos colectivos en el campo de la salud, el protagonismo del Estado aparece como irrefutable. No obstante, es pertinente que las expectativas legítimas de la población que congregan las enfermedades sociales deben tener en cuenta que la medicina contemporánea posee una impronta que sintoniza con nuestro medio sociocultural. En efecto, Nikolas Rose  afirma que la labor médica del siglo XXI no solamente tiene como tarea tratar las enfermedades, sino que, además, se ocupa de un cuerpo-máquina que es susceptible de ser optimizado (cirugía estética, psicofármacos para aliviar la existencia, el auge del viagra, etc.) Así, el Estado debe asumir que existe una nueva medicina, que avanza hacia nuevas fronteras, para hacer frente a las demandas de aquello que Pierre Rosanvallon ha definido como la nueva cuestión social, un intento de refundación del Estado de Bienestar acorde con el  presente siglo. En este nuevo contexto, la idea de un “cuerpo a la carta” como horizonte médico que es tributaria de una nueva individualidad no debe ser soslayada.

Una segunda meditación tiene relación con el ejercicio de nuestra soberanía médica y el gobierno del principio de la prevención. Por definición, la participación activa tanto de sanadores como de enfermos sostienen el compromiso de la comunidad con la salud, y en consecuencia, las tareas preventivas son una parte crucial del acto soberano médico. Esta condición instala en un lugar central la clásica idea hipocrática del nexo indisoluble entre persona y el contexto socioambiental como requisito para aspirar no a la inmortalidad, sino que a una vida saludable. De este modo, a la luz del cúmulo de enfermedades sociales que aquejan a nuestro país, no parece  descabellado aglutinar en una sola demanda las peticiones de todos los pacientes y familias afectados, pues en el fondo existen elementos que las cohesionan. En efecto, algunas de las dolencias referidas etiológicamente suelen tener rasgos en común, como por ejemplo la trayectoria educacional y la calidad de nutrición, condiciones que, precisamente, suelen ser consideradas como factores que propician la aparición del Alzheimer y de la obesidad. En el mismo sentido, no está demás subrayar el nocivo impacto de las condiciones laborales y el diseño de vida urbano en la salud mental de nuestra sociedad, cuyos símbolos por excelencia son la depresión y el auge del consumo de antidepresivos, terreno en el cual Chile exhibe un “liderazgo” global.

Estas han sido algunas de las ventanas que hemos querido abrir para iluminar una discusión que en el fondo apunta a la manera que organizamos una solidaridad ante el desafío ético social que encierra la experiencia de la enfermedad. ¿No será oportuno inaugurar esta centuria priorizando el examen de las bases que definen nuestra cultura o civilización chilena, para luego sopesar que papel asignamos al Estado y los medios que requerimos para consolidar un derecho social? La política, la economía y la ciencia son valiosas herramientas, pero la soberanía médica es un aconsejable punto de partida y merece una oportunidad. La medicina necesita nuestra ayuda porque su misión es también nuestra tarea.

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Foto: Museo de la Medicina

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05 de septiembre

Muy buena columna, Marcelo. Me inclino más por la soberanía médica que por otras instancias, me parece más participativa, más “ciudadana”, que seguir metiendo al Estado en cada rincón de nuestras vidas. Me quedó una duda, eso del “cuerpo a la carta”, me suena terriblemente a biopoder, a biologismo puro…al cual le tengo un terror bien fundado.

Saludos, Jimena.

05 de septiembre

Gracias Jimena. En parte es una contribución subrayar que la Salud parte por casa, sin dejar de lado que los derechos sociales desempeñan un papel fundamental en tareas a gran escala que responden al principio de solidaridad, una de las lecciones de la salubridad moderna. Y en cuanto a la idea del cuerpo a la carta, suena crudo, pero así se avizora lo que viene Aquí te dejo la opinión de Rose al respecto http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Entrevista-Nikolas-Rose_0_841715832.html

Carolina Asela Araya

06 de septiembre

Muy interesante articulo, en estos días agitados en que los temas TAN pendientes de salud no están en agendas de nadie y a ratos se olvida el papel ciudadano en la propia salud, dejando todo en manos de la “ciencia medica” y exigiendo solo al estado. Mirar la tan necesaria PREVENCION social desde una mirada histórica, nos permite pensar que hay una base, pero queda mucho por hacer….

06 de septiembre

Gracias, Carolina. Uno de los propósitos es el que indicar, valernos de la mirada histórica para comparar, sopesar lo que hemos hecho y qué podemos hacer hoy con NUESTRA salud, que no es solo una tarea de la medicina formal.

Andrés

06 de septiembre

Buena reflexión Marcelo,
Te sugiero revisar el concepto de autoatención y las formas de participación social en salud.
saludos
Andrés

06 de septiembre

Andrés, gracias por la sugerencia.

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