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¿Es cierto que la vida no tiene precio?

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La solución parte por votar sólo por aquellos candidatos que propongan un cambio radical en las bases de la sociedad. Hay que eliminar el sistema de salud privada. Totalmente. Y hay que reemplazarlo por un sistema de salud público, igualitario y que cubra a las personas en todo evento y en toda circunstancia. Si nos tomamos en serio la idea que la vida humana no tiene precio, entonces es lógico y cuerdo implementar un sistema de salud universal. Y si es necesaria una gran reforma tributaria para financiar dicho sistema, que así sea.

¿Cuánto vale su vida? ¿Qué precio le da el mercado a su existencia? ¿A la de su hijo?

Existe, y está muy asentada en el inconsciente colectivo de las personas, la idea que la vida humana no tiene precio. Esta intuición ética (que la vida no tiene precio) está presente de manera transversal en todos nosotros. Parece sensata, correcta y casi obvia.

Es por eso que, si hacemos la prueba y le preguntamos a cualquier político o economista, ellos compartirían el axioma ético. La gran mayoría (por cierto, no todos) reconocerán que el dinero, las finanzas y el mercado tienen límites. Por eso, entre otras cosas, nos ofende la venta y mercantilización de órganos humanos para trasplantes. Ponerle precio a un hígado es traspasar ese límite. Ponerle precio a una vida humana, también.

Sin embargo, el secreto oculto de esta sociedad, la verdad no articulada y jamás explicitada, es que hoy en Chile, la vida humana sí tiene precio. Pocos se atreven a reconocer y afirmar explícitamente que nuestro sistema de salud se sustenta sobre la idea que la vida humana no es un derecho y que por lo tanto preservar y cuidar la vida humana es un privilegio reservado sólo para aquellos que tienen el dinero suficiente. Los hechos están ahí, a la vista de todos, pero pocos se animan a hacer las conexiones y establecer las relaciones que permitan hacer el nexo entre salud privada y la negación del derecho a la vida.

Ambas (salud privada y derecho a la vida) son incompatibles. Una es la negación de la otra. La salud privada contradice el derecho a la vida. Tan sencillo como eso. O una sociedad tiene salud privada, o esa misma sociedad acepta, promueve y defiende el principio universal de que la vida humana es un derecho y no tiene precio. Pero no se pueden tener ambas.

Con el sistema de Isapres, ocurre con demasiada frecuencia que las personas nos vemos en la necesidad de desembolsar millones de pesos para poder vivir. Para hacer efectivo el derecho a la vida, el sistema de salud privado exige que paguemos. Esto es la máxima expresión de la densión (la densión es el concepto que captura la tensión entre derechos y privilegios). Su vida tiene, literalmente, un precio. Venda su casa. Venda su auto. Pida un crédito. Lo que el sistema dice es que si usted quiere vivir, debe contar con el dinero necesario. Ante una enfermedad catastrófica o alguna enfermedad crónica, somos muchos los que podemos vernos obligados a pagar millones al mes. Millones para vivir. En última instancia, esos millones que usted debe pagar para mantenerse vivo es el precio que el sistema le ha dado a su vida.

No vote por Longuiera, Allamand o Velasco. Bajo ninguna circunstancia. Al ser partidarios de la salud privada, son partidarios de ponerle precio a la vida. Y si usted vota por ellos, usted avala esa idea.

Por eso, la solución parte por votar sólo por aquellos candidatos que propongan un cambio radical en las bases de la sociedad. Hay que eliminar el sistema de salud privada. Totalmente. Y hay que reemplazarlo por un sistema de salud público, igualitario y que cubra a las personas en todo evento y en toda circunstancia. Si nos tomamos en serio la idea que la vida humana no tiene precio, entonces es lógico y cuerdo implementar un sistema de salud universal. Y si es necesaria una gran reforma tributaria para financiar dicho sistema, que así sea.

Hay que tomar todos los pasos necesarios para ir en dirección a la salud universal. De lo contrario, el derecho a la vida se queda sólo en un concepto vacío.

*Columna publicada originalmente en Cambio 21

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23 de mayo

La vida tiene precio. Desde hace mucho tiempo.
Para efectos de planificación, inversión social, etc, la vida siempre ha tenido precio. Es mas, el precio se calcula como el valor presente de los ingresos futuros del individuo; esto significa que, por ejemplo, un joven vale mas que un viejo, un hombre mas que una mujer, y que un rico vale mas que un pobre. El precio actual promedio ronda en los 70 millones de pesos.
Si el valor de la vida fuera ilimitado, se invertiría toda la plata del mundo en, por ejemplo, eliminar el riesgo de que alguien muera atropellado en una carretera; o se eliminarían todos los autos, para eliminar el riesgo de choque con muerte. Se necesita un valor para comparar proyectos, y ese es el que se maneja.

Hernan Retamal P.

24 de mayo

La vida humana “no tiene precio” o deberia ser “es infinitamente valiosa”?, la vida humana es un ambito que incluye una infinidad de cosas y situaciones, como por ejemplo el trabajo, si no trabajas no recibes salario, no compras alimentos, no te vistes, no disfrutas, etc. si se enfoca netamente a salud uno piensa “lo unico y mas importante es la salud, mientras tenga salud lo demás no importa” pero entonces se debe considerar que sea como sea tiene un costo para el estado como para la persona. Que el estado debiera proteger al motor de un país que son las personas… es cierto que debe hacerlo, pero decir que votar por un candidato u otro es que decidir quien te da salud gratis y el otro no… es una falacia.

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