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Voto obligatorio: más que un derecho y más que un deber

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Los días que siguieron a la primera vuelta de la elección presidencial recién pasada estuvieron marcados por un súbito resurgimiento de propuestas de diversa índole, con las que se pretendía reencantar a los votantes “des-concertados” y huérfanos, quienes parecían ser claves para una eventual e improbable victoria -en segunda vuelta- del entonces oficialismo.  

En aquel contexto se restituyó, un poco a tontas y locas, el debate en torno a si el voto es un derecho o un deber, y si el votar debe ser un acto voluntario u obligatorio. Hoy, tal debate cobra nueva relevancia ante la inminente discusión del proyecto de ley enviado al Parlamento por el Gobierno, mediante el que se pretende zanjar la cuestión instaurando un mecanismo de inscripción automática y voto voluntario. 

Intentando aportar a la discusión quiero esbozar algunas ideas.

En primer lugar, me parece importante recalcar que sobre este asunto no existen verdades absolutas, sólo parciales, y claramente vinculadas a posturas ideológicas. Por lo mismo, la disyuntiva derecho/deber planteada por algunos (véase, por ejemplo, la columna de Javier Sajuria en El Mostrador) está lejos de tener respuestas axiomáticas y unívocas. Por el contrario, puede tener incluso tres soluciones válidas: “A”, “B”, y “A y B”. 

Considerando lo anterior, creo que es importante anteponer un “desde mi perspectiva” a toda propuesta de solución al problema. 

Desde mi perspectiva, el voto es un derecho. Mucho ha costado hacerlo extensivo a toda la población mayor de 18 años –en una epopeya verdaderamente “progresista”- como para siquiera entrar a comentar este punto. No tiene sentido. No obstante, de seguro hay quien, en virtud de alguna ideología cavernaria, quiera rebatir esta afirmación. Está en su derecho, pero quienes salimos ya de la caverna sólo volvemos a ella en busca de arte rupestre, o restos cerámicos.

Desde mi perspectiva, el voto es también un deber. Creo –sin descubrir la pólvora ni mucho menos- que la vida en sociedad requiere no sólo de espacios de libertad; también requiere que los individuos libres asuman responsabilidades mínimas por el bien común. Así como pagar impuestos permite financiar las obras públicas y redistribuir el ingreso, participar del proceso político permite consolidar y perfeccionar los mecanismos de toma de decisiones, y reforzar el sentido de comunidad, todas cosas que van en beneficio del colectivo. La presión ejercida por el total de votantes permite que la clase política se amolde a las necesidades del conjunto social, asegurando que todas las demandas sean escuchadas aunque, ciertamente, con la distorsión generada por el poder de cada quien (pero esa es harina de otro costal).

Esto sólo se consigue con la obligatoriedad del voto. 

El voto voluntario introduce, en la práctica (que es donde importa), un sesgo de clase. Como toda libertad negativa, es abstracta y no considera las capacidades reales de los ciudadanos. Pretende ser, en la teoría, una medida igualitaria pero tal falaz pretensión se esfuma al primer contacto con la realidad. Muchos ciudadanos no logran visualizar el valor del pequeño poder que otorga el voto, y muchos, principalmente de bajos ingresos, enfrentan condiciones estructurales –es decir ajenas a la propia voluntad- que coartan –de facto- las posibilidades de ejercer el derecho, causando una “voluntaria” autoexclusión  de los procesos eleccionarios. En contraste, las personas de ingresos medios y altos tienden a acudir en mayor proporción a las urnas, generando -según la experiencia comparada-, la disminución del peso relativo de quienes más necesitan de la atención de los representantes, y un desbalance que en definitiva provoca la instalación de una fuerza conservadora en el sistema político (que dificulta la búsqueda de igualdad social). 

La obligatoriedad del voto, más allá de hacer de un deber moral uno legal, permite nivelar la cancha, evitando que ciertos grupos sociales monopolicen el poder político, cosa que de hecho ocurre con el voto voluntario. 

El debate teórico e ideológico da para todo, hasta para no ver en el voto un derecho (quizá en alguna olvidada caverna). Por lo mismo, creo que la discusión debe centrarse más bien en los efectos prácticos que la obligatoriedad y la voluntariedad tienen sobre el sistema político, sobre los procesos eleccionarios, y sobre la vida en comunidad. 

Desde mi perspectiva, el voto es un derecho y un deber. Pero más allá de eso creo –apoyado en muy diversos estudios (algunos de los cuales han estado circulando por algunos medios de prensa y redes sociales últimamente)- que la obligatoriedad contribuye a la imperecedera lucha por una sociedad más justa e igualitaria. 

Si para algunos esto es sólo “música” –es decir un detalle irrelevante que palidece ante la discusión netamente teórica-, pues ¡que viva la buena música!

 

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Foto: Mesa do Milladoiro – Galiciaefotos

Comentarios

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19 de mayo

Daniel:
Comparto varios o casi todos los aspectos que señalas. Hace tiempo que me hace ruido eso de la inscripción automática y el voto voluntario.
Premisa 1ª: Un acuerdo con la derecha, siempre presupone un triunfo de ésta.
Premisa 2ª: Los sectores que menos se movilizarían en un acto elecccionario que contemple el voto voluntario, serán los sectores rurales. Y bastaría relativizar el transporte para alcanzar la casi nula participación. El otro segmento sería el de los sectores periféricos y marginales de cada centro urbano.
Premisa 3ª: Se habla ahora de modificar las fechas de los actos eleccionario (Noviembre y Diciembre) para (es mi lectura personal) asegurar que los votos “pudientes” de los amplios sectores dela derecha no se vean confundidos con las vacaciones (las grandes mayorías y sectores populares vacacionan allí “donde mea la vieja”).
Premisa 4ª: El voto voluntario minimiza la participación ciudadana. Tengamos en cuenta que del potencial de ciudadanos (mayores de 18 años), está inscrito poco más de un 50 %. Agreguemos que un Pdte., hoy, es elegido con el 50-55 % de esa mitad que se inscribió y vota. Entonces, ya 1/4 del universo con derecho a voto se está manifestando en las urnas. Si esto se extiende a la población total del país, podremos concluir que 1/8 de los chilenos eligen sus representantes.
Linda democracia. Elitista.
Coincido contigo que votar es un derecho y también un deber. Y es difícil determinar cuál es más importane para el individuo y para la sociedad. ¿Qué pasa con el individuo si renuncia a sus derechos, a sus deberes? ¿Qué sucede con la sociedad si sus individos renuncian a sus deberes, a sus derechos?
Por otra parte, qué determina hoy una elección si no es el trabajo mediático, la imagen y el control de los medios? ¿Acaso no es, precisamente la minoría que quiere ejercer sus derechos y no cumplir sus deberes, la que tiene accesos a dichos medios y a las encuestas “formadoras o moldeadoras” de opinión?
Sin duda, quedarán premisas, dudas, preguntas y elucubraciones pendientes. Sin embargo creo que más que voluntarizar el voto, se debe facilitar el acto del voto.
Imagínate que yo, que planteo esta posición, pensaría -en algunas ocasiones- si voy a votar por voluntad (si no tengo convicción) o me quedo haciendo unas carnecitas y sigo el acto por la TV, pateando la perra, seguramente, por algún escrutinio indeseado.

20 de mayo

César, un gusto leer tus comentarios. Estoy de acuerdo contigo.

Lamentablemente creo que por ahora hemos perdido esta pugna, y es prácticamente un hecho que en futuras elecciones el voto será voluntario. El principal problema con esto –a mi juicio, más allá de consideraciones ideológicas y teóricas- es que la clase política va a tender a acomodarse a esta nueva realidad, conformándose a la postre con satisfacer las demandas de los electores recurrentes y no las del electorado potencial. Esto redundará en la instauración de una fuerza conservadora en el sistema.

Creo que desde ya debemos iniciar una contraofensiva para lograr cambiar, en el más corto plazo posible, el error en el que incurren los parlamentarios “progresistas” que apoyan esta medida, y el acierto de los congresistas de derecha. Ese es el propósito del artículo, que intenta generar sinergia con cosas escritas poco tiempo atrás por Jorge Navarrete, Fernando Paulsen, Kenzo Asahi, Paulo Cox y Alejandro Corvalán, entre otros.

Copio a continuación los vínculos a algunos de esos interesantes escritos:

http://bit.ly/99PQ9f http://bit.ly/bJ2Zx6 http://bit.ly/b3avbn http://bit.ly/asg4HK

Abrazos,
Daniel

19 de mayo

Si todos los ciudadanos somos iguales ante la Ley, con los mismos derechos y deberes, entonces lo coherente es que:
1. La inscripción sea automática
2. LA COMPARECENCIA EN LA SEDE ELECTORAL ¡OBLIGATORIA!
3. El voto sea voluntario.
¿No les parece?

20 de mayo

¿Y por qué el voto tendría que ser voluntario?, se puede votar nulo o blanco.

Saludos,
Daniel

20 de mayo

INTERESANTE LA VOLUNTARIEDAD U OBLIGATORIEDAD DEL VOTO. PERO CREO QUE ANTES DE ESTE TEMA, ES PRINCIPAL RESOLVER EL TEMA DE LA PARTICIPACION POLITICA CIUDADANA (con inscripcion o no; en esquemas rígidos no podría haber participación sin inscripción ¿no se puede? yo creo que si). RECORDEMOS QUE EN NUESTRO SISTEMA DE DEMOCRACIA DELEGADA (con participacion solo cada 4 años, a nivel presidencial, parlamentario o municipal) DESPUES DE ESOS MESES DE CAMPAÑA Y EL DIA DEL VOTO: NADA MAS…. NADA MAS.
ES PRIMARIO RESOLVER LA PARTICIPACION POLITICA CIUDADANA, PARA QUE EL CIUDADANO, HIJ@ DE VECIN@, AQUEL AL QUE LE VAMOS A PEDIR EL VOTO CADA CAMPAÑA, SEPA Y PALPE EL PODER. ¿DONDE PUEDE EJERCER ESTE PODER AUN INEXISTENTE? PUES EN LA UNIDAD MAS CERCANA Y PRIMARIA DE LA ORGANIZACION SOCIAL: LA MUNICIPALIDAD A TRAVÉS DE LA JUNTA DE VECINOS Y OTRAS ORGANIZACIONES CIUDADANAS URBANAS O RURALES. MIENTRAS .ESTAS UNIDADES NO TENGAN NI EJERZAN PODER EN SUS MUNICIPIOS: ¿POR QUE? O ¿PARA QUE INSCRIBIRSE? (preguntemonos ¿hace cuanto fui a una reunion de JJVV? y para que si la JJVV pesa menos que un paquete de cabritas) SI EL PODER NO ES UNA COTIDIANEIDAD NI UNA PRÁCTICA HABITUAL.
CREO QUE ESTO DE RESOLVER LA OBLIGATORIEDAD O DERECHO DEL VOTO, ES COMO FIRMAR UN CONTRATO SIN LEER LA LETRA CHICA…. PERO IGUALMENTE INTERESANTE.

20 de mayo

Efectivamente, Alex, la base social es “basal” en esto.
Yo estoy inscrito y participo d mi Junta de Vecinos. Éstas, lamentablemente, son casuísticas y mal vistas para que no se amplíe lapaticipación ciudadana. Recuerdo que, en la última presidencial, se prohibió que los candidatos se reúnan con las JV, como si la política se pudiera sustraer de los problemas fundamentales de la ciudadanía.

24 de mayo

Daniel,

Conoces ya mi posición al respecto, que posteé en tu blog tiempo hace ya (y sería útil que pusieras el link, porque es una discusión interesante que ha crecido en el tiempo). Pongo orden en mis tweets (@theoriesofmambo) del otro día, en espíritu de amistad y sin ninguna intención de machacar.

Mi oposición al voto obligatorio se basa en tres puntos.

(1) El voto obligatorio implica castigar la libertad de pensamiento y acción, lo cual está lejos de un verdadero espíritu democrático. El voto obligatorio vicia la democracia: en el mejor de los casos es paternalismo; en el peor, miedo a la voluntad popular.

(2) El voto obligatorio criminaliza la protesta. Si me abstengo o anulo (cosa que personalmente ya hago) sigo participando en el sistema. Rehusar participación es rehusar la discusión, in toto. Quienes proponen obligatoriedad como modo de crear una democracia más legítima están respondiendo la pregunta equivocada.

(3) El voto obligatorio forzaría a los chilenos a dar legitimidad a un sistema autoritario y antidemocrático: el sistema político de Pinochet. El sistema de Pinochet carece de legitimidad hoy. ¿Cuál es la proporción del padrón electoral en relación a la población adulta? ¿Cuánta gente decide simplemente no participar? ¿Cuánta gente no puede participar, y de qué modo ese impedimento refleja la exclusión en nuestro sistema?

La pingüe participación en el sistema electoral chileno tiene bastante poco que ver con flojera o falta de cultura cívica. En Chile existen niveles altísimos de politización. La pregunta es, por qué eso no se refleja en participación en el voto.

La razón por la cual tanta gente de la izquierda concertacionista tiene problemas con la abstención electoral es porque como interrogante lleva necesariamente a preguntarnos sobre los problemáticos orígenes del sistema político actual. Estas son preguntas que la Concertación nunca pudo (ni quiso) contestar, y que llevaron a su fin. La respuesta al problema del abstencionismo electoral es denle razones a la gente para votar.

Necesitamos el fin de la democracia de elite. Y eso conlleva abrirnos a la noción de democracia de masas, algo que sólo se puede dar a medida que tanto el Estado como actores de la sociedad civil velen por una mayor participación de la población en el proceso electoral.

A nivel de políticas públicas, el tipo de reforma que se necesita es una liberalización completa del proceso electoral. Esto pasa por la inscripción automática, la flexibilización del documento de identidad, la flexibilización de los locales de votación, la descentralización, desmilitarización y profesionalización del proceso de voto, entre otras.

Finalmente, es cuestión de crear incentivos (¡no más castigos e impedimentos!) a la participación. En su forma más radical, esto implica reconocer el gasto de tiempo y dificultad que significa informarse y participar -llegar al local de votación- a través de la implementación de un bono o exención tributaria por el voto.

La izquierda chilena le tiene que perder el miedo a la democracia. Eso significa abandonar una posición “ilustrada,” del lenguaje de derechos y deberes, y pensar las condiciones materiales en las cuales el proceso democrático se desarrolla.

Saludos,

Iñigo Adriasola

25 de mayo

Hey!
Que bien leer y discutir, no estoy muy acostumbrado a ello por estos lados.
MIra, partiendo por el pronóstico, yo diría que lo menos probable es que el voto sea voluntario: mal que mal las cifras no mienten y según lo que expuso Cesar más arriba, cualquier elección corre el riesgo de ser cuestionada por poco representativa… Pero claro ¿quien va a cuestionar? ¿para qué? Y ahí, lo que plantea Alex es el punto: todo se trata sobre participación.
Pero… este tema de la participación es medio complejo, porque por lado y lado lo que se busca es incentivar la participación y conducir la población: que voten porque es su deber, que voten porque quieren, que voten porque es bueno, que voten porque si no el gobierno será contrario a la población…
Quiero aportar con algo y es tercera vez que empiezo a escribir este párrafo. Iba a tirar la misma estructura de siempre con mil preguntas, pero creo que será mejor irme por lo sencillo y de ahí discutir a futuro con quienes respondan. Daniel, por un lado, entiendo tu postura: mal que mal, un logro del calibre de una república donde exista la posibilidad de elegir quien gobierna no puede ser desperciado. Y si eso implica obligar a la población a votar, aun cuando prefiera ocupar el día para descansar de la semana laboral, vamos. Pero.
El tema aquí es obligar a elegir. Y la elección consta de alternativas. Ahora, Bob Marley decía que puedes engañar a algunas a veces, pero no a todas todo el tiempo. Y el pueblo no es burro: si la elección consiste en elegir entre a y b que son iguales a c, y que ni una de estas implica mayor diferencia, lo más probable es que no le interese a nadie; es más, no hay nada que elegir. Personalmente, a mi no me interesaría participar en algo así.
Ahora, esto de terminar con la democracia de elite… La democracia de elite no se termina con el voto voluntario. Ni tampoco con el voto obligatorio, de más está decir (aunque quizá ayude en algo, junto con una serie de otras instituciones, claro. Y la democracia de masas es algo que existe como noción hace mucho rato, y no tiene nada de especialmente participativa ni especialmente maravillosa: es lo mismo que tenemos nosotros hoy. A menos que la definición de democracia de masas haya cambiado, claro. Pero, si la cosa pasa por hacer participar a través de organizaciones de la sociedad civil, veo dos cosas: 1. tú mismo dices, Iñigo, que la población está politizada y participa a través de organizaciones de la sociedad civil, así que no veo cual es el aporte a la participación en votos; 2. si la idea es que las organizaciones de la sociedad civil sean las portadoras de los intereses de la población, ahí hablamos de otra cosa que me parece bien interesante, pero medio compleja por sus implicancias, una suerte de corporatismo.
Y quizá el problema pasa porque estamos hablando de población y de cómo conducir procesos a nivel de la población. ¿Por qué interesa tanto que la población vote? ¿Qué es exactamente lo que quieren lograr? Iñigo, ¿qué quieres decir cuando dices:
“algo que sólo se puede dar a medida que tanto el Estado como actores de la sociedad civil velen por una mayor participación de la población en el proceso electoral”?
Esa idea de conducción de la población me tiene un poco intrigado. No hemos hablado en este debate sobre como el pueblo o la ciudadanía construye su política; hemos discutido acá en términos de cómo organizamos ciertas estructuras para alcanzar ciertos resultados. Es quizá por eso que se habla de población: porque estamos hablando desde una posición de gobierno, de como gobernar cierta población, ciertos elementos dentro de la población, en específico aquellas que por a b c razones no acuden al registro electoral ni votan en las elecciones. Eso no es hablar de democracia, sino que de dominación. Y, claro está, desde una posición de elite.
Saludos!

26 de mayo

Que interesante lo que he leído aquí, si logro entender la discusión esta trata inicialmente sobre que mecanismo conduce a una mejora de la calidad de nuestra democracia, por lo que eso me lleva a pensar ¿la calidad de nuestra democracia depende de algún tipo de formalidad, o es mas bien un asunto de fondo?

Quiero quedarme con algo que dice Leo Salinas, concluye que mas que democracia lo que hay es dominación, quizá eso es un tanto extremo, pero posible. Me quedo con sus palabras sencillamente por que percibo que no votamos por representantes, si no que elegimos a quienes van a gobernarnos por un periodo de tiempo especifico y que pueden hacerlo con absoluta irresponsabilidad desde la perspectiva de sus electores, no hay forma, mas que en el momento de la reelección (cuando corresponde, si es que corresponde) de ejercer algún tipo de control respecto de esas autoridades, no podemos removerlos si es que perdemos la confianza en ellos, o su actuación no nos representa.

Creo entender el problema de legitimidad que plantea la escasa participación en los actos electorales, pero la solución ¿pasa por mejorar la forma en que se verifican dichos actos? ¿con eso se legitima la autoridad política de manera efectiva? ¿eso es suficiente para legitimar el ejercicio del poder?

En resumidas cuentas, siento que si el aquel “representante” por el que vote, se distancia de aquello que ofreció, ya sea un compromiso programático o una corriente ideológica (vr.gr. las varias renuncias que hemos visto por parte de militantes de partido a los mismos mientras ocupan algún asiento en el parlamento) lo único que me queda es amenazarlo con no volver a votar por el, y pues ¿que pasa si no vuelvo a votar por el? pues nada, el sistema es prácticamente bipartidista, si no voto por el me queda el otro, en el mejor de los casos que el sector, partido, coalición, sensibilidad o como quiera llamarsele, lo reemplace por otro igualmente irresponsable.

Tiendo a pensar, y es posible que este profundamente equivocado, que la participación obligatoria o voluntaria no contribuye en nada a mejorar las condiciones de nuestra democracia, así como tampoco ayuda a su legitimación, por cuanto el nivel de frustración respecto del resultado del ejercicio del derecho/obligación de votar no me significa finalmente mas que la ilusión de que estoy participando.

Quizá leo tiene razón y esto es en efecto dominación, creo que mientras no se ataque la real distribución de poder en nuestra sociedad y en todo ámbito de cosas, es muy muy difícil avanzar en cualquier sentido.

Saludos

02 de junio

En términos conceptuales es importante distinguir que no todos los derechos tienen el mismo estatus. Existen derechos que se basan en una libertad plena y existen otros derechos que se acompañan de un deber. Los primeros son aquellos que no involucran los derechos y deberes de terceros y se pueden ejercer o dejar de ejercer con toda propiedad, a ellos pertenece por ejemplo, la libertad de consumir en el mercado (libertad, frente a la cual todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros). Los segundos son aquellos que sólo se pueden ejercer o dejar de ejercer permitiendo o limitando el ejercicio del derecho de otros. Por ejemplo, el derecho de un progenitor a visitar a su hijo es a la vez un deber, porque se realiza simultáneamente con la realización del derecho del hijo de ver a su padre. Nadie puede conculcar a un padre el derecho de ver a sus hijos, pero es también su obligación hacerlo.
El voto pertenece a este segundo grupo de derechos. El derecho a voto es de todos los chilenos, pero ese derecho sólo tiene sentido en la medida que es una forma de expresión ciudadana reconocida como la más legitima para tomar decisiones colectivas. Si alguien desvaloriza la legitimidad del acto eleccionario, entonces está conculcando el derecho a voto del otro. El propósito de una sociedad democrática moderna es garantizar el pleno despliegue de las posibilidades individuales de las personas, en el marco de la responsabilidad que a ellas les asiste ante el resto de la sociedad y para con las generaciones venideras. La libertad individual se encuentra limitada por el desarrollo de la sociedad y el cuidado de su patrimonio colectivo. Por lo tanto el primer valor que es necesario cuidar es la legitimidad del acto eleccionario, y ese es un bien superior a la libertad individual de concurrir a las urnas. El convertir el voto en un acto voluntario pone, por definición, en tela de juicio que los electores que concurrieron son verdaderamente representativos del conjunto de los ciudadanos y, desde ese punto de vista, menoscaba la legitimidad del acto eleccionario y con ello conculca, o al menos debilita, el derecho a voto de los que sí concurren a votar.
Por otro lado, no se puede pretender ejercer la protesta por la vía de la abstención, tal como uno se abstiene de consumir un bien en el mercado que no consideramos adecuado. Si validamos la abstención como forma de protesta política, estamos diciendo que quien se abstiene no tiene tampoco por qué someterse a la decisión de la mayoría que concurre a las urnas y por lo tanto habría un grupo de chilenos “agobernados”.
Personalmente creo, que el voto debe ser absoluta y totalmente obligatorio (con inscripción automática por supuesto). Lo que sí debería haber es que en la cédula de votación, exista siempre la opción “ninguno de los anteriores” y que exista un mecanismo que permita revisar el proceso completo cuando esta opción alcanza una magnitud considerable de los electores, pues sería una señal expresa de que la ciudadanía no respalda a dichos candidatos, pero en ningún momento pondría en duda la legitimidad de la elección.

26 de mayo

Excelente! me parece muy interesante, y altamente significativo, la cantidad de temas que la pretendida voluntariedad del voto abre a la discusión.

Porque el voto, es pretendido por algunos como la herramienta democrática por excelencia; otros, le restan valor, relegándolo a un aspecto meramente formal o sustitutivo de la participación ciudadana, que sí identifican con la democracia. Por ahí se expresaba la idea en el graffiti “SI VOTAR SIRVIERA DE ALGO ESTARÍA PROHIBIDO”.

Efectivamente, desde mi perspectiva, la crisis o decadencia de la actividad política, pasa por los mecanismos de participación y decisión popular, y podríamos dejar al voto dentro de esos mecanismos. Quisiera encontrarle la razón a Iñigo cuando dice que en Chile hay altísimos niveles de politización, pero que esto no se ve representado en la participación eleccionaria. Creo que esa afirmación está más cerca de la expresión de un anhelo que de una realidad. Aun cuando pueda haber alta animosidad política, la capacidad para discutir, analizar, proponer y desarrollar iniciativas colectivas relacionadas a ello es bajísima.

No hace falta retroceder mucho en nuestra historia para entender que los valores, principios, y sobre todo, las prácticas cotidianas de carácter político, tanto tiempo proscritas, terminaron por caer en desgracia y descrédito social. La derecha ha alimentado el descrédito de lo político, y la Concertación no lo hizo nada de mal trabajando con las reglas que se le impusieron. En este tiempo se reduce lo político identificándolo con lo partidista, y a los partidos se les identifica con los mezquinos intereses sectoriales e individuales.

Pero este trabajo pasa mucho más allá de lo evidentemente político, como es el trabajo ideológico que medios de comunicación y centros de instrucción han realizado y siguen realizando en nuestra sociedad. Lo “apolítico”, la exaltación del éxito individual, la amplia lucha por las libertades. Estos aparentemente sencillos o neutros elementos han sembrado en nuestra cultura cívica, política y social una visión de país que sólo se reúne para ver el fútbol, celebrar fiestas patrias y para ir a votar. La restante actividad pública es tremendamente sectorial, diferenciada, segmentada.

No extraña entonces que el voto -único y reconocido medio de participación y decisión pública con que cuentan ciertos ciudadanos- se trate en el ámbito de lo individual: ¿tengo derecho a votar? ¿tengo la obligación de votar?

Naturalmente que en una sociedad que progresivamente amplía y boga a favor de las libertades individuales, cualquier asomo de obligación toma carácter anacrónico, despótico, opresivo. Por favor, espero no ser malentendido: no soy contrario a la ampliación de las libertades, muy por el contrario, pero me parece prudente distinguir y hacer una lectura un poquito mas profunda de esto.

El proceso del que somos parte, de alguna forma tiene su inicio remoto en la revolución francesa. Libertad, Igualdad, Fraternidad. No quiero alargarme en esto, pero hay que recordar que la Libertad, por la que luchaba -y lucha hoy- la burguesía, es la Libertad de Contrato, la Igualdad en la Ley y para el Comercio y la Fraternidad como condición que asegura el ejercicio de las otras dos.

Considero, en este contexto, que el voto en cuanto precaria herramienta de ejercicio político, forma parte de un derecho, y que este es irrenunciable. Mi libertad la ejerzo al elegir, y por supuesto, no sólo ahí. Pero la participación y decisión política de los miembros de una sociedad es una condición necesaria para la subsistencia de un sistema democrático, es un principio vital de ella. No podemos “voluntariamente” renunciar a ello, como no podemos renunciar a nuestro derecho a la libertad. Por que si la distinción entre voluntario y obligatorio queda reducida a derechos y obligaciones, yo podría voluntariamente renunciar a mi dignidad y someterme a esclavitud. Esto que parece escandaloso en el plano individual, es equivalente al plano social, sólo que se hace más difuso. El derecho a la decisión sobre la “vida” social no puede ser renunciable.

De cualquier modo, volviendo sobre el comienzo, el voto no es suficiente para la democracia, y deberíamos estar debatiendo sobre desarrollar y ampliar los mecanismos de participación y decisión, de la mano de una instalación discursiva que nos devuelva la autonomía y la responsabilidad que nos cabe en nuestro propio destino, identidades que fueron machacadas por la dictadura y mal cuidadas por la concertación, siempre muy limitados por los famosos poderes fácticos… de los que no se habló más.

27 de mayo

Quisiera hacer, Daniel, una confesión. Como Presidente planteé con mucha fuerza al Congreso inscripción automática y voto voluntario. Una ventaja de dejar La Moneda es tener tiempo para leer. Y he leído extensamente sobre este tema y concluyo que tu opinión es la acertada.

Debe haber un voto obligatorio. Si se acompaña con inscripción automática, lo que se podría hacer simultáneamente es que quien no quiera votar, haga una declaración expresa indicando que él votará cuando le parezca adecuado. Es la forma tal vez más adecuada, tal vez, de decir “la norma general es la obligación de votar, a menos que haya una declaración en contrario”.

Este tema podría ser una forma de resolver el impasse, pero coincido en que la comparecencia en la sede electoral es importante. Y en consecuencia, si se quiere una solución transaccional, hacer eso, pero la obligación de votar existe.

27 de mayo

Estimados, ha sido es un verdadero gusto leer vuestros comentarios. Gracias a todos por contribuir a la discusión.

Estoy de acuerdo en que puede –aparentemente- resultar un sin sentido votar cuando las opciones parecen ser malas copias de un original indeseable, quizá con “pequeñas” diferencias: un poquito más de Estado, un poquito menos, más o menos mercado, etc. Sin embargo, resulta que si nos restamos del proceso lo único que logramos es petrificar esta realidad monocromática. En países donde el ausentismo es elevado la clase política suele decir “la gente no vota porque está relativamente conforme con el sistema”. El no participar del proceso eleccionario no constituye un gesto político relevante, es más bien una acción individual indescifrable en términos sociales, que en nada contribuye a generar transformaciones.

También estoy de acuerdo en que la democracia de élite no se termina con el voto voluntario, ni con el voto obligatorio. Pero resulta que, a diferencia de lo que señala Íñigo, el voto voluntario genera –como demuestra la evidencia- una mayor elitización del electorado. Sabemos que, proporcionalmente, más ciudadanos de Las Condes, La Dehesa o La Reina van a acudir a las urnas que de La Pintana, Pudahuel o Cerro Navia. Esa es la realidad a la que hago referencia cuando hablo del sesgo de clase que el voto voluntario introduce. Este hecho finalmente genera consecuencias en las políticas públicas, y en la agenda legislativa, que termina trabada por fuerzas conservadoras.

En respuesta a la pregunta ¿por qué interesa tanto que la población vote?, debo decir que al menos mi interés se vincula al hecho de que el voto del conjunto de la población –propiciado por la obligatoriedad- elimina tal sesgo de clase, lo que a la postre contribuye a democratizar las políticas públicas y dinamizar las transformaciones de las estructuras normativas.

Además –complementando la respuesta-, soy un convencido de que tenemos aún mucha república por construir. Somos parte de una nación en gestación, de una sociedad que perdió mucho en cuanto a cohesión social y unidad durante la dictadura, que se atomizó, y hoy es más un agregado de individuos -por cierto muy poco politizados- que un colectivo. Esa no es la sociedad que quiero para mis hijos. Para transformarla necesitamos revalorizar los espacios públicos y republicanos por excelencia, como la escuela, que debería (re)constituirse en el lugar de encuentro del Chile diverso. Pero además de eso, creo que debemos, todos, asumir compromisos y responsabilidades que contribuyan a gestar un nuevo espíritu comunitario, y a degradar el individualismo extremo que nos corroe. La obligación de concurrir a las urnas es un esfuerzo mínimo en este sentido.

Si me preguntan –aunque no creo que muchos lo hagan después de esta declaración- soy partidario de medidas más extremas y decididas en pos de los objetivos enunciados, como por ejemplo instaurar un servicio civil obligatorio en el que confluyamos trabajando para la comunidad, ojalá en áreas distantes del lugar de residencia, comunas apartadas, sectores rurales o urbanos disímiles del que acostumbramos transitar. Muchos estarán en desacuerdo pero, desde mi visión, este tipo de medidas son necesarias para construir un verdadero espíritu nacional.

Por cierto, creo que fomentar la participación mediante mecanismos directos es fundamental, pero suele ocurrir que ante la ausencia de motivación, o falta del espíritu comunitario o nacional señalado, los espacios participativos terminan siendo cooptados por grupos de interés. El óptimo –a mi parecer- es encontrar las justas complementariedades entre aquellas fórmulas que contribuyen a la construcción nacional –incluyendo la obligatoriedad del voto- con las que permiten ampliar los ámbitos para que los ciudadanos deliberen.

Espero que mantengamos este gratificante y fértil diálogo. Muchas gracias a http://www.elquintopoder.cl por brindarnos el espacio idóneo para desarrollarlo públicamente.

Abrazos,
Daniel Bello

06 de junio

Interesante lo planteado en el artículo “De los Votos válidamente emitidos…”. En él dejé el siguiente comentario:

Estoy muy de acuerdo con que los votos blancos y nulos sean considerados válidos, y adquieran un verdadero significado político. Una alta proporción de votos blancos y nulos debería generar consecuencias tales como la invalidez del proceso eleccionario.

Como le dije hace un tiempo a alguien que criticaba mi postura a favor del voto obligatorio, medidas en este sentido son más efectivas para otorgar capacidad de expresión a quienes están disconformes con el sistema que la simple e indescifrable abstención propiciada por la voluntariedad.

Saludos,
Daniel Bello

10 de junio

Es interesante revisar el desarrollo del debate voto voluntario/obligatorio en otros países. En muchas partes quienes están a favor del voto voluntario –partiendo por parlamentarios, ministros y políticos “profesionales”- son honestos y reconocen que lo que buscan es incentivar el “voto inteligente” de la “ciudadanía verdaderamente interesada”, o -en otras palabras- deshacerse de la “irresponsabilidad política” de los cholitos, huasos brutos, y toda la gentuza que echa a perder el proceso.

Y tienen mucha razón, eso es lo que se consigue con el voto voluntario. ¿Eso es lo que queremos para Chile?

Un ejemplo: en Perú, el ex congresista Felipe Osterling asegura que “el voto obligatorio favorece a candidatos como Ollanta Humala ya que su electorado –principalmente de la sierra- sólo acude a las urnas para evitar la sanción que implica el no votar”. Luego afirma que “deben votar los que realmente tienen conciencia democrática”. Es decir, “los cholitos” no tienen “conciencia democrática” (obvio), ni la tienen quienes, en un contexto de voluntariedad, muy probablemente no asistirían a votar, algunos de ellos por lo difícil que resulta en ciertas zonas llegar a los centros de votación, o por otras razones que sin duda son ajenas a la simple voluntad.

En un contexto como el nuestro (latinoamericano) es imposible diferenciar entre quienes tienen y no tienen “conciencia democrática”, así como resulta inverosímil tratar de distinguir entre quienes tienen reparos sustanciales con el sistema político y quienes finalmente no participan por impedimentos que podemos llamar estructurales.

Discusión sobre la obligatoriedad y voluntariedad del voto – Busquedas Políticas

31 de julio

[...] Voto obligatorio: más que un derecho y más que un deber [...]

priscy

09 de diciembre

Pienso que por el solo hecho de ser chileno debes votar al ser mayor de edad. Me molesta la gente que no vota y critica. Antes se quejaban por que. No habia derecho a voz ni voto y ahora que lo tienen no votan si no van a votar no critiquen a la ptesidenta electa y si son Chilenos de verdad, voten