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Un manifiesto mapuchista

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“Un fantasma recorre Europa. Es el fantasma del comunismo. Contra este fantasma se han conjurado en una santa jauría todas las potencias de la vieja Europa”. Así comienza “El Manifiesto Comunista” tal vez uno de los libros más famosos de la historia, junto a la Biblia y el Lonely Planet. “Un fantasma recorre Chile. Es el fantasma del mapuchismo. Contra este fantasma se han conjurado en una santa jauría todas las elites defensoras del Estado-nación chileno, incluido por cierto los comunistas”, podríamos reescribir los mapuches en una versión apócrifa del librito aquel. Y es que el revival de la Guerra Fría en la ribera sur del Bio Bio lejos de amainar está que arde. He perdido la cuenta de los insultos recibidos tras denunciar, en mi columna del The Clinic, el intento de agresión de conspicuos dirigentes de las Juventudes Comunistas contra delegados universitarios mapuche en la capital del Reyno.  Sobre todo insultos virtuales, vaya paradoja de los “anticapitalistas” criollos adictos al Twitter. Cuento corto: nuestros estudiantes, en tanto Federación Mapuche, buscaban ser aceptados en el seno de la Federación de Estudiantes de Chile (Confech). En su primer intento solo recibieron insultos y epítetos racistas que, desatada la polémica, llevaron al propio diputado Guillermo Tellier a reunirse con los agraviados y solicitar las disculpas proletarias de rigor. ¿Caso cerrado? En absoluto. 

Como no hay peor ciego que aquel que no quiere ver, hace pocos días el Partido Comunista, a través de su “Comité Regional Araucanía”, volvió con sus huestes a la carga. Tanto contra este columnista como contra los propios estudiantes mapuches organizados. Su “comunicado”, de extensos siete puntos, cuando menos puede ser catalogado de surrealista. Me adjudica, por ejemplo, un inexistente cargo de “dirigente político mapuche” que hizo sonreír sobre todo a mi santa madre, consciente como pocas de mi ausencia total de dedos para dicho piano. Hablo demasiado rápido y cero predisposición para el palmoteo cínico en la espalda, la sonrisa falsa y el besuqueo público de guaguas. Siempre he creído, por lo demás, que los cargos políticos y el oficio de comunicador no debieran transitar nunca por la misma calle. No al menos cuando aspiras hacer periodismo y no precisamente propaganda o relaciones públicas. Sepan que en el periódico mapuche que dirijo esto lo hemos aprendido con el paso de los años y a punta de costalazos. Les aclaro entonces la película compañeros; soy un simple periodista, un “proletario de las letras” para decirlo -si se quiere- en un lenguaje más entendible para ustedes. O bien un “intelectual”, figura aborrecida en los tiempos de Stalin como supongo todos deben de recordar. Así es; un intelectual y para más remate, libre pensador. Bendito mapuche con el que se fueron a cruzar. Un verdadero palo de gallinero, como diría mi abuelo. No hay por dónde agarrarme.
 
A los errores se suma el destiempo y su consiguiente metida soberana de patas. Tres párrafos dedican los comunistas sureños a cuestionar tanto la “representatividad” de la Federación Mapuche de Estudiantes, como la legitimidad de su solicitud de ingreso autónomo –es decir, como “mapuches” y no como clientela electoral de la JJ.CC en las universidades- a la principal plataforma estudiantil chilena. “La forma en que se pretende ser parte de una organización nacional no responde a los estándares y reglamentos que debe cumplir cada Federación real, que pretende ser o es parte de la Confech”, señalan tajantes y normativos en su comunicado. Lo curioso es que tan solo dos días más tarde, por aplastante y abrumadora mayoría, el pleno de la Confech votó a favor de la inclusión de la Federación Mapuche en su seno. Y convengamos que no como “atractivo étnico” para amenizar Semanas Mechonas o Fiestas de los Abrazos; lo hizo como corresponde a una instancia de representación que se declara ante todo democrática; aceptándolos en su diferencia y con derechos plenos tanto a expresar su voz como a estampar el voto. ¿Alguien acaso puede estar en contra de este hito histórico? ¿Alguien acaso se atrevería a esgrimir “estándares y reglamentos” para evitar que aquello aconteciera? Si; el PC y aunque usted no lo crea, por medio de un comunicado.
 
Pero donde los compañeros muestran la hilacha y de manera patética, es en su emplazamiento a que los mapuches nos definamos si estamos o no a favor de la “lucha de clases”. Menudo dilema existencial. Y lo hacen después de tildar de “derechista” al principal líder mapuche de la primera mitad del siglo XX, don Venancio Coñoepan Huenchual, parlamentario, hombre de Estado y cuya memoria reivindiqué en una anterior columna del Clinic. Pareciera molestarles sobre todo la militancia en el Partido Conservador de don Venancio, obviando un dato que entre los estudiosos de la historia de nuestro pueblo es de conocimiento público. Me refiero al célebre “pragmatismo” en las militancias partidistas de los líderes mapuches de aquellos años.  Sino, ¿cómo explicar que el “derechista” Coñoepan haya sido ministro del presidente Carlos Ibáñez del Campo? Si, leyó bien, del “General de la Esperanza”, el mismo que derogó en 1958 la Ley Maldita que declaraba proscrito al Partido Comunista e impedía a sus militantes votar en las elecciones. ¿Otro ejemplo y mucho más cercano aún para el PC? Don Rosendo Huenuman García, militante comunista y primera mayoría parlamentaria por Cautín en las parlamentarias del 73’. Lo entrevisté largamente a propósito del Centenario de Allende hace unos años. A la pregunta sobre su “militancia” en el PC chileno, su respuesta ahorra cualquier tipo de comentarios. “Lo que hice con los comunistas fue firmar un pacto el año 63’. Antes me habían pololeado los radicales, pero los comunistas se veía que podían llegar a La Moneda con Allende. Mi relación con ellos fue entonces de alianza, para llegar al Congreso y defender allí los intereses de mi pueblo mapuche”, me señaló.
 
Pero la crítica al peñi Venancio Coñuepan no la restringe el PC a su consabida militancia conservadora. La amplían y de manera virulenta hasta su perfil de prospero empresario agrícola, razón más que suficiente como para catalogarlo en el comunicado como “promotor del capitalismo” en el Temuco de aquel entonces. “Nos extraña la admiración que profesa el Sr. Cayuqueo por la figura de Coñoepan como exitoso empresario, vía que propugna el capitalismo y que destruye la esencia misma de la vida socializada y solidaria del Pueblo Mapuche”. La “esencia misma” de la vida socializada mapuche, señalan los compañeros del Comité Regional Araucanía. ¿Qué imagen tienen de nosotros?, me pregunto a estas alturas. Hasta donde se observa, o bien la imagen del nómade cazador recolector retratado a comienzos del siglo XX por la antropología gringa; o bien aquella del campesino pobre y potencialmente revolucionario retratada por los intelectuales marxistas en la década del 60’. ¿Sospecharán siquiera que antes de la ocupación militar chilena éramos una rica sociedad de comerciantes? ¿Y que el trabajo de la tierra era el que nos otorgaba por entonces el más pobre de los prestigios sociales? ¿A qué “capitalismo” se refieren los compañeros del PC cuando cuestionan a Coñoepan? ¿Al capitalismo neoliberal de nuestros días o al capitalismo de Estado que se derrumbó junto al Muro de Berlín y la Madre Rusia en los 90’?
 
Permítanme en este punto un poco de pedagogía, compañeros. Coñoepan, hijo de una tradicional y acaudalada familia mapuche, no solo era un prospero empresario; fue además un respetado hombre público e impulsor de numerosas iniciativas que buscaban sacar a los mapuches no solo de la marginalidad política; también y sobre todo de la pobreza material a que habían sido condenados nuestros abuelos por el despojo y la colonización chilena. Como presidente de la Sociedad Caupolican primero y de la Corporación Araucana después, prestó apoyo a cientos de “reducciones” y llegaría a ser gerente de la Caja de Crédito Indígena, inédita cooperativa privada de crédito fundada en los años 30’. Leyó bien estimado lector, Caja de Crédito Indígena, de “crédito”, no de “subsidios” como estila hoy el indigenismo de Estado para fomentar la dependencia y el paternalismo. Tal sería el grado de influencia de Coñoepan que llegaría a ser electo presidente de la selecta Sociedad de Fomento Agrícola de Temuco, espacio desde el cual seguiría abogando por la asociatividad de los mapuches y la gestación de una base económica propia. Un fulminante ataque cardiaco le impediría ver concretados todos estos sueños. Corría el año 1968. Compañeros, ¿les sigue extrañando mi pública admiración? 
 
De algo estoy más que convencido; no necesitamos de “relatos” ajenos ni de ideologías importadas para encausar como mapuches nuestra legítima lucha nacional. No necesitamos del marxismo, mucho menos de su vereda ideológica contraria, el neoliberalismo. Todos y cada uno de los proyectos políticos chilenos, partidistas y no partidistas, que han intentado “conducir”, “representar” y/o “acompañar” la justa lucha de nuestro pueblo, no han resultado sino fraudulentos espejos de colores. Allí están los “frentes indígenas” de la Concertación, quintaesencia durante 20 años de lo peor del clientelismo político chilensis. Esto lo saben las nuevas generaciones de mapuches. Y si no lo saben, cuando menos lo sospechan. Polémicas como la acontecida con el PC ayudan precisamente a ello; a clarificarles aun más el panorama. ¡Mapuches de mi Patria!, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde transite el mapuche libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva Wallmapu! ¡Vivan los librepensadores! He dicho.
 
* Columna publicada originalmente en The Clinic
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