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Sobran condiciones, que no nos falte voluntad

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El 2013 está a la vuelta de la esquina y tendremos una oportunidad única de demostrar lo que hemos forjado en la práctica. Estamos llamados a construir un proceso que debe parir una alternativa. Ella debe ser el correlato del sentir de quienes hoy están a la espera del nacimiento de una fuerza que los represente; de una fuerza con vocación de poder que entre a la cancha a quitar espacios a quienes buscan que la herencia de la dictadura siga intacta.

Tal vez Dylan nunca pensó en Chile -ni mucho menos en la situación de la izquierda- cuando escribió su popular himno The times they are a-changin, pero por estos lados, es donde día a día se agitan las aguas del “país modelo” con el que insisten en vendernos la pomá.

Nadie duda que la institucionalidad de la dictadura configuró las relaciones sociales en Chile. Esa institucionalidad, que no permite mayores avances democratizadores, continúa frente a nosotros como un muro agrietado que pide demolición. Su crisis terminal se refleja en la bajísima representatividad de las autoridades y de las coaliciones políticas binominales. La altísima abstención en las recientes elecciones municipales, los casos de coimas y corrupción en la acreditación de las universidades, la arremetida privatizadora contra los pocos recursos naturales que no se han echado al bolsillo, entre tantas otras, dan cuenta de la profundidad de las grietas que hoy tiene ese muro.

Nos enfrentamos a un cambio de ciclo político de grandes proporciones. Pero, como en todo proceso de transformación, hay quienes buscan capitalizar el descontento para sus propios intereses (entre ellos, incluso los creadores, sostenedores y administradores de la insitucionalidad). En este grupo están desde los UDI-RN hasta la Concertación de Escalona y sus satélites. Todos ellos buscan “asegurar la gobernabilidad” para que el gran empresariado continúe de fiesta.

No cabe duda de que el bloque de los sostenedores se encuentra cohesionadoaun cuando muestre sutiles variantes. Todos ellos están resueltos a acomodarse para mantener todo igual. De eso se trata su característico gatopardismo.

En la otra vereda estamos las mayorías que sufrimos a diario las consecuencias de un modelo cuyo centro de gravedad es el lucro. Aquí estamos el 99% que vivimos un Chile donde se hace negocio incluso con aquellas cuestiones que en gran parte del mundo se consideran derechos sociales y universales. Ese espacio es ocupado por una gran cantidad de organizaciones comunitarias, sindicatos, movimientos sociales, agrupaciones ecológicas y partidos emergentes de izquierdas.

Tenemos grandes tareas por delante. Por ello, las organizaciones de izquierdas y los movimientos sociales debemos asumir la responsabilidad de construir un programa, así como también de dar pasos hacia una articulación sana donde la praxis sea el reflejo y la genuina expresión del Chile que vamos a construir.

En el ámbito programático, será fácil confluir en al menos tres importantes ejes. En primer lugar, en torno a la Asamblea Constituyente como herramienta que restituya el poder al soberano para la redacción de una nueva constitución. Asimismo, en torno a la superación del sistema económico neoliberal por un sistema que promueva la justicia social en su más amplio sentido. Por último, camino a una planificación ecológica, asumiendo que estamos en una crisis ambiental que amenaza nuestra propia supervivencia como especie.

Estos ejes -que ayer parecían lejos del sentido común- hoy están plenamente vigentes y han sido asumidos por la sociedad en perspectiva de urgencia. Ello ayuda enormemente a nuestra labor transformadora.

La articulación ha sido siempre un proceso difícil ante el cual estamos al debe. Sabemos que en ello se conjugan una serie de cuestiones que van desde las legitimas diferencias teóricas hasta la incapacidad de compartir un espacio de debate fraterno. Adicionalmente, los intentos de unidad se han truncado también por desconfianzas, especulaciones y uno que otro cliché de la vieja izquierda.

Hay quienes dicen que las condiciones para la articulación no están actualmente presentes. Quienes así proceden, esperan contar con las condiciones ideales antes de asumir la construcción. Además, incurren en la agravante de esperar que las condiciones se generen de forma automática como si no les correspondiese asumir alguna responsabilidad en su generación. En este punto quisiera detenerme, y particularmente en aquello de las condiciones subjetivas y objetivas largamente citadas por quienes hemos leído a Marx y a Lenin.

El requisito de las condiciones objetivas y subjetivas muchas veces se interpreta de manera dogmática, asumiéndolas de manera estática e inmutable. Se dice comúnmente entre grupos de izquierdas que “las condiciones no están dadas” para transitar a un proceso de unidad que propicie un quiebre con el actual sistema. Hoy las condiciones subjetivas en Chile son inmejorables. En ello, los movimientos sociales como los pingüinos (2006) los movimientos socio-ambientales por Aysén, Castilla, Freirina y el movimiento estudiantil (2011) entre otros, han desempeñado un papel importante y decisivo. Hace tan solo dos años, las condiciones que enfrentábamos quienes estamos por la transformación profunda era tremendamente  adversa. Hoy, las ideas se han arraigado profundamente, siendo evidencia de aquello el amplio respaldo que aun hoy mantienen las demandas del movimiento estudiantil. Respecto de las condiciones objetivas, no cabe duda que estamos encadenados a un régimen laboral pro-empresarial que legitima la precarización laboral, altísimos niveles de endeudamiento, y una brutal concentración de la riqueza.

Si todas estas condiciones no convencen, no sé que más lo podrá hacer.

Más importante que los análisis tradicionales sobre las condiciones objetivas o subjetivas -y aun más determinante que ello- es la real voluntad política de los actores sociales y políticos con vocación transformadora. Este proceso irreversible tiene que dejar de ser un anhelo que zigzaguea en frases de buena crianza. La voluntad política debe materializarse en la praxis y en acciones concretas que contribuyan a la articulación y la unidad de un proyecto que cambie el rumbo de Chile.

Lo anterior no significa que el proceso deba forzarse. Tampoco que deba postergarse como se ha venido haciendo en las últimas décadas. Mucho menos retrasarse a la espera de las definiciones de quienes, aun con 40 años de evidencia, no se convencen de que no hay otra fórmula más que la unidad para trazar un camino conjunto.

El 2013 está a la vuelta de la esquina y tendremos una oportunidad única de demostrar lo que hemos forjado en la práctica. Estamos llamados a construir un proceso que debe parir una alternativa. Ella debe ser el correlato del sentir de quienes hoy están a la espera del nacimiento de una fuerza que los represente; de una fuerza con vocación de poder que entre a la cancha a quitar espacios a quienes buscan que la herencia de la dictadura siga intacta.

El campo político para los movimientos sociales y las izquierdas está abierto como nunca lo estuvo. Es nuestro rol asumir que construir otro Chile depende de todos nosotros. Somos nosotros -y sobre todo los jóvenes- quienes han de impulsar este proceso de articulación y unidad. En él, debemos inventar y hacer uso de toda nuestra creatividad. En este proceso no sobra nadie. Todo está por hacer. La voluntad política está… ¿y la suya?

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Foto: Carlos López Molina / Licencia CC

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