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Segunda vuelta con convicción programática

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Existen argumentos contundentes para confrontar con convicción programática y movilizadora la segunda vuelta, ya que ahora se está en una mejor posición política y cultural para depender exclusivamente de la fuerza propia para iniciar un proceso sustancial de transformaciones, superando de esta manera la práctica de hacer las cosas “en la medida de lo posible” que impuso la derecha.

El desafío para los últimos días de campaña de segunda vuelta para la Nueva Mayoría y su candidata presidencial Michelle Bachelet es enfatizar y precisar sus propuestas programáticas para movilizar no solo a los que votaron por ella el 17 de noviembre, sino que también a los que se abstuvieron de concurrir a sufragar dicho día. Apelar, además, a los que votaron por las otras candidaturas cuestionadoras del actual modelo, explicitando con mayor detalle las reformas que propugna; cambios que por su magnitud requieren del apoyo mayoritario de la población y esclareciendo, particularmente al votante escéptico de izquierda, que ahora existen las condiciones políticas para materializarlas.

Ejemplo de lo anterior es la amplia superioridad parlamentaria que obtuvo la Nueva Mayoría en la Cámara de Diputados y en el Senado (a los que se debe sumar a los parlamentarios independientes electos), lo que permitirá tener los votos suficientes en el Congreso para aprobar las leyes con quórum simple y las de quórum calificado que se decida priorizar. En lo referente a las reformas a las leyes orgánicas constitucionales, se requiere un voto adicional en el Senado (22 senadores), lo que se percibe no será difícil de obtener de parte de un senador independiente. En efecto, la nueva etapa política que se inicia en marzo indica con claridad que se contaría con los votos suficientes para materializar una reforma tributaria, reforma educacional, reforma al sistema de salud y una descentralización efectiva. Por lo tanto, el próximo 15 de diciembre es fundamental que la ciudadanía entregue una fuerte señal que ratifique con mayor fuerza esa voluntad de llevar a cabo políticas transformadoras, concurriendo a votar y entregándole un amplio respaldo en las urnas a Michelle Bachelet.

El programa de la Nueva Mayoría tiene los fundamentos suficientes para que nadie del mundo de la izquierda y el progresismo, no integrado a la misma, se niegue a establecer una comunicación política con este pacto, en el cual existe un activo humano y partidario que ha demostrado con creces su voluntad de viabilizar cambios sustantivos en la sociedad chilena. Es inentendible, entonces, que algunos sectores de la izquierda “alternativa” sigan cuestionando la candidatura de Bachelet como si ésta fuere la portadora del statu quo y rehusándose porfiadamente aceptar que ella representa una alternativa realmente transformadora en el ámbito político, económico y socio cultural. En el caso de perseverar en esa posición testimonial y nihilista, sólo dificultan establecer amplias mayorías para avanzar en implementar una opción estratégica de cambios estructurales profundos. Esos grupos deberían sacar lecciones del pasado.

Los cambios que la ciudadanía está demandando exigen consolidar una correlación de fuerzas suficientemente amplias para profundizar y consolidar las reformas institucionales pendientes, evitando dispersiones basadas en diferencias ontológicas cuando lo que debe primar son las coincidencias programáticas en temas tan importantes como la dimensión de los cambios institucionales que se deben materializar para terminar con las desigualdades de todo tipo y promover una democracia más participativa que tenga como objetivo establecer una verdadera justicia social y terminar con los abusos que acarrea el modelo neoliberal.

La desconfianza en la política y en las instituciones, cuya causa son las desigualdades de poder y oportunidades validadas por una Constitución que limita el ejercicio de la soberanía popular y que no representa a una ciudadanía cada vez más consciente de la titularidad de sus derechos, está en el trasfondo de los altos niveles de abstención (51%) que hemos observado en esta primera vuelta presidencial. Es notorio que un gran porcentaje de población, especialmente los jóvenes, ven la política y sus instituciones como cauces inefectivos para expresarse.

Por otro lado, la política de la desconfianza, de la “bronca”, las manifestaciones testimoniales y nihilistas tampoco ayudan en la tarea de viabilizar la emergencia de una mayoría social y política por los cambios que confronte exitosamente en el campo cultural y político la hegemonía neoliberal que pretende proyectar la candidatura de Matthei. Al contrario, potencian a los actores políticos renuentes a los cambios, al distorsionar la agenda transformadora que impulsa la Nueva Mayoría. Los argumentos para llamar a no votar por Michelle Bachelet responden sólo a subjetividades alimentadas por una molestia entendible pero fundamentalista que descarta a priori un diálogo constructivo con la Nueva Mayoría. Lo anterior es incomprensible cuando ahora Bachelet cuenta con suficientes votos para aprobar muchas de sus iniciativas importantes. Es por eso que es fundamental contar en segunda vuelta con una alta votación para esta candidatura, que permita reafirmar ante el país la voluntad de cambio expresado en múltiples oportunidades por los movimientos sociales.

Existen argumentos contundentes para confrontar con convicción programática y movilizadora la segunda vuelta, ya que ahora se está en una mejor posición política y cultural para depender exclusivamente de la fuerza propia para iniciar un proceso sustancial de transformaciones, superando de esta manera la práctica de hacer las cosas “en la medida de lo posible” que impuso la derecha. Ahora depende principalmente de la ciudadanía.

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Foto: Michelle Bachelet / Licencia CC

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