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Roxana Miranda: el estigma de nuestros grupos medios

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Los segmentos medios, desenfadadamente aspiracionales, deploran profundamente ese “hedor poblacional” que despide el discurso de Roxana. Tras el secuestro consumista se revela el rechazo más secreto a ese “aroma popular”, a la manera de tribus urbanas que practican la elitización y el revanchismo cultural.

Cuánto pudor produce una pobladora –eventualmente desdentada- que se permite poetizar la pobreza y sus márgenes sin caer en la “promesa fácil” de la movilidad social. Cuánta “colitis social” infunde un discurso que pone en entredicho el enfoque del “capital semilla” y el emprendimiento promovido por la modernización autoritaria (1973-1989). Qué pudores tan obscenos se manifiestan ante la reivindicación de una Asamblea Constituyente (y social) que reemplace la actual Constitución pinochetista por un texto con falta de ortografía, elaborado a pulso,  que considere a todos los actores excluidos de la democracia representativa.

La producción de cultura constituyente nos señala un hito fundamental que desestabiliza los arreglos simbólicos de la post-dictadura. De otro modo, no podríamos comprender ese afán medial por desestimar el discurso poblacional que hereda el dolor del inquilinaje, el sometimiento de las planchadoras, la demanda ancestral por la vivienda, los dilemas del bajo-pueblo analizado por la historiografía “underground” de Gabriel Salazar. La necesidad vital que Mario Garcés le asigna a los movimientos sociales en sistemas democráticos de baja intensidad. Roxana Miranda conoce de cerca las penurias de la “olla flaca”, la pobreza franciscana, el frío, el hambre, la húmedad de los patios de tierra, los maltratos, el bajo fondo de las adicciones, el tesón de la indignidad, etc. ¿Cuál será el malestar que provoca ese aroma petrificado del hacinamiento que da lugar a reacciones solapadas de quienes administran el relato progresista y cultivan compromisos  mediáticos? Debemos reconocer que la cobertura comunicacional –disfrazada de empatía- no logra ocultar ese gesto burlón hacia una “voz” que se alza desde los márgenes.

Los contra-lenguajes de la cesantía, los iconos de la periferia –aquí representados- desestabilizan el consenso semiótico de la dominante neoliberal que pretende domesticar las diferencias en un discurso homogéneo. En nuestra opinión, los segmentos medios, desenfadadamente aspiracionales, deploran profundamente ese “hedor poblacional” que despide el discurso de Roxana. Tras el secuestro consumista se revela el rechazo más secreto a ese “aroma popular”, a la manera de tribus urbanas que practican la elitización y el revanchismo cultural. Es más, para el establishment criollo, el mundo de los márgenes y sus olores correspondería a decisiones erráticas, a estilos de vida de gente sin opciones consistentes. El relato estatal terminó por imponer la tesis perversa de personas que se encuentran en situación de calle. Roxana ha interpelado –acertadamente- a este régimen de exclusiones como políticas públicas sin sentido común.

No debemos olvidar que nuestros segmentos medios contribuyeron indirectamente en la implementación de la modernización autoritaria a comienzos de los años 80. Ellos se hicieron parte de la nueva postal urbana trazada desde 1981 (tarjeta Din, Pie Chiquito, primer Apumanque en el llamado “milagro chileno”), que ahora se disfraza de empatía pudorosa hacia la candidata de “los nunca, de los nadie”. Actualmente aquellos grupos confían en la movilidad soft, light, que más allá de la deuda empírica padecen la falacia del acceso –como un remedio de la movilidad. En los últimos días se ha revelado un fetichismo culposo y vengativo hacia el mundo popular. Una mueca socarrona que pretende dejar –sibilinamente- al mundo social en calidad de interdicto. Por ello la arremetida del cineasta Nicolás López no puede ser reducida a una declaración inoportuna, a un exabrupto cualquiera. Debemos leer el síntoma. El problema responde a un imaginario pervertido. La tesis del cineasta no es un desgarbo pedestre, sino que representa una perversión íntima de nuestros grupos medios y sus modos de subjetivación a los códigos resistenciales de los bordes. No nos interesa tanto que López explote ese recurso dúctil de “chico rebelde” tan fomentado en la década de los años 90, que frasea la mordacidad clasista, sino la catarsis moralizante hacia las nanas y el mundo de las pobladoras violentadas. En ese plano conocemos muy bien a respetables personajes mediales que hacen suyo el lenguaje de la crítica asistida -nos referimos a todo ese entorno cultural que conforma el programa concertacionista. Quizás ME-O representa una versión más aggiornada que hereda los vicios y las virtudes de ese proyecto cultural que supo administrar un relato crítico hacia la transición. Es necesario subrayar que Roxana ha puesto en boga algo evidente, a saber, la rebeldía protegida de capas medias aventajadas.

Creo que el problema de fondo es ese mal aliento que lesiona la identidad desmemoriada de nuestros grupos medios y sus parámetros sodomizados por el consumo simbólico. Hablamos de grupos medios –y no de clases- por cuanto padecen los pesares de la movilidad oscilante en el mundo del trabajo, la flexibilidad laboral y la diseminación productiva, pero insisten en defender un discurso de “sujetos igualados”. Existe un desaliento cuando el discurso de los márgenes tira el “pelo en la leche” y desestabiliza mordazmente los protocolos aprobados por el discurso progresista. Ello nos recuerda nuestra ineludible condición tercermundista y pordiosera. Nuestras poblaciones callampas y la barrialidad memorial están anudados a sujetos de carne y hueso, a esos cuerpos esmirriados cuyas cicatrices no se dejan estetizar por los códigos de la modernización.

Lamentablemente, la sociedad chilena cultivó inescrupulosamente (desde 1990) la expansión de grupos medios, de filiaciones térmicas y diposas, que han hecho del consumo una experiencia cultural. Un “ciudadano liquido” según las categorías de Zygmunt Bauman. De paso, la Concertación aportó un orden sensitivo (una sensorialidad progresista) que recreó una “crítica cuicona” donde Roxana representa una anécdota indeseable, pero digna de comentar en el contexto de una representación lúdica. Ahora las venas abiertas del mundo popular revelan las flaquezas del discurso modernizador, el fracaso inclusivo de las políticas públicas, la borradura de nuestros grupos medios -queda al descubierto- por obra y gracia de ese inframundo que nos constituye y recuerda las fracturas del ascenso social. Me temo, y espero estar profundamente confundido que –por estos días- los “nunca, los nadie y los sin diente” gozarán de una empatía medial, pero que difícilmente se traducirá en un porcentaje electoral que cristalice esta afectividad atmosférica. Quizás Nicolás López en esa flatulencia ha dado con su mejor guión: la desmemoria. Todo ello retratado con una franqueza repudiable. De sopetón nos ha recordado nuestra condición farisea, la raíz botánica de la cual provenimos y que cotidianamente tratamos de ocultar. Es muy probable que el 17 de noviembre el Partido Igualdad obtenga un apoyo electoral que no se ajuste al bullicio mediático, a ese proyecto anti-neoliberal que está en juego. Espero que mi pronóstico esté gravemente equivocado. Pero de estar en lo cierto, ello será el reflejo del conservadurismo de esa cultura “facho-progresista”, que en los hechos mira con un terror de alta mar la insubordinación de los márgenes y se esmera en negar la condición plebeya de nuestro vecindario.

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