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Reforma tributaria: ¿Por qué los ricos deben pagar más?

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Basados en que el éxito individual NO es fruto sólo del mérito personal, sino que de un conjunto de factores preponderantemente externos, el aporte de los más favorecidos no es “caridad” o “un robo por parte del Estado” (como suelen llamar algunos a los impuestos) sino que una justa retribución a un proceso de construcción conjunta de valor.

Como suele ocurrir en Chile cuando se tratan temas de alta complejidad, la discusión sobre la reforma tributaria ha devenido en tecnicismos incomprensibles para la mayoría de la población y en una campaña propagandística de dudosa procedencia intelectual. Como consecuencia de lo anterior, se ha dejado de lado o ignorado una discusión previa que es de la mayor importancia y que tiene que ver con la base ideológica de la reforma, es decir, su motivación principal en términos de las ideas. Hemos escuchado al actual gobierno decir que “los que tienen más, deben pagar más”, pero jamás ha justificado dicha afirmación. Esto es un error político grave, pues si se quiere generar consenso acerca de una idea es fundamental –además de explicitar sus aspectos técnicos– transportarla a la esfera del sentido común. Ganando esa “batalla ideológica”, el apoyo popular viene por añadidura y los opositores no pueden hacer más que aceptar la visión social consensuada. Hoy, en cambio, vemos una nube de indefiniciones que impacta negativamente en el aparente afán redistribuidor del oficialismo.

No sabemos por qué el gobierno ha evitado transportar la discusión sobre la reforma hacia el ámbito del sentido común y tampoco es objetivo de esta columna ahondar en aquello. La pregunta a abordar es si efectivamente es posible generar consenso acerca de la idea fuerza que debería sustentar un cambio en la estructura tributaria del país más desigual de la OCDE, esto es, que los ricos deben contribuir más mediante impuestos.

Un ejemplo “personalizado” podría ser útil para demostrarlo. Imagine a un típico gerente de una empresa “grande” trabajando en su oficina. Para haber llegado a ese lugar, el gerente necesitó una particular combinación de, básicamente, cuatro factores: capital cultural familiar, educación, aporte social y mérito. Los primeros dos componentes de la fórmula son notablemente determinantes en el éxito material del gerente. La acumulación de capital cultural y las redes de contactos establecidas durante su paso por el sistema educacional estratifican la sociedad de tal forma que, por ejemplo, el 50% de los altos ejecutivos de grandes empresas egresan hoy de sólo cinco colegios. Sobre esto es difícil encontrar disidencia y es transversalmente aceptado que, en Chile, la cuna determina la tumba y que el sistema educacional genera valor sólo para las capas más favorecidas de la población mediante la formación de redes que perpetúan las diferencias de origen.

Analicemos ahora el tercer factor: ¿Cuánto aporta la sociedad en esta fórmula? Veamos. Durante su vida, el gerente adquirió conocimientos técnicos, salud, vivienda, alimentación, vestimenta y mucho más. Todo lo anterior es el aporte social y, como debiese ser evidente, incide directamente en el éxito individual del gerente. En otras palabras, la persona de nuestro ejemplo no estaría hoy en su oficina sin el aporte de obreros, profesores, médicos y cientos de otros profesionales, técnicos y trabajadores que, muchas veces, obtienen salarios indignantemente inferiores a los de un alto ejecutivo. ¿Por qué es la ley de oferta y demanda del mercado laboral la encargada de definir qué profesión u oficio es más “rentable”? Esta pregunta es clave para lo que sigue.

Hemos visto, hasta aquí, que gran parte del éxito individual del gerente del ejemplo se explica por factores externos a él. Si esto suena contraintuitivo es debido a que el cuarto factor, el del mérito individual, se ha instalado estratégicamente como pilar constituyente de la ideología dominante. La meritocracia ha sido impuesta como ideal social y es el sustento perfecto para justificar la desigualdad: el éxito individual es consecuencia únicamente del mérito y el fracaso es apenas una externalidad negativa de una sociedad competitiva que el Estado intenta hacer más justa aportando “igualdad de oportunidades” de forma deficiente. Aquí, al interior de este paradigma, es donde la idea de una reforma tributaria en la que los “exitosos” deban pagar más debe hacerse fuerte. ¿Por qué? Porque basados en que, como se vio, el éxito individual NO es fruto sólo del mérito personal, sino que de un conjunto de factores preponderantemente externos, el aporte de los más favorecidos no es “caridad” o “un robo por parte del Estado” (como suelen llamar algunos a los impuestos) sino que una justa retribución a un proceso de construcción conjunta de valor.

El desafío, entonces, es generar consenso respecto de esto, pues una sociedad que se permite el lujo de justificar la existencia de “ganadores” –que concentran la mayor parte de la riqueza– y “perdedores” –que quedan a su suerte porque el sistema les dice que no se esforzaron lo suficiente o que simplemente no tienen las capacidades intelectuales para “ser más”– terminará deteriorando inexorablemente las relaciones humanas en su interior. Como señala Matías Cociña en una interesante columna de Ciper: “El orden meritocrático sufre de contradicciones internas en sus principios de operación, que le son constitutivas y que tienden a subvertirlo. No hay meritocracia sustentable”.

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Foto: Alejandro Morales-Loaiza / Licencia CC

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14 de mayo

Dos observaciones.
Una, los ordenes sociales se estructuran en algunas lógicas que, sin ser perfectas, funcionan, tienen algún grado de validez y, lo mas importante, son capaces de asociarse a la realidad y escencia de las personas. Eso ha estructurado y validado elementos como la transmisión de valores, de confianzas, luego de capital entre individuos de una familia, o grupo afín. El tema del clan es una creación humana, no neoliberal, por lo que, desde tiempos inmemoriales, la afinidad de personas ha sido siempre un elemento DIFERENCIADOR que entrega beneficios a sus miembros. Por lo tanto, va a seguir siempre existiendo a menos que se plantee un individualismo exacerbado donde, en el cenit, nadie sea afín a nadie; o, como pareciera ser la panacea de estos minutos, que seamos todos hermanos, nadie haga diferencia con nadie, compartamos todo, y NO TENGAMOS AFINIDAD con nadie en particular, sino con todos en general. Lamento manifestar que no creo que eso suceda; ni en países donde les borraron el cerebro se logró eliminar el concepto de familia, y grupo. Y estos, per se, son EXCLUYENTES de terceros, y promotores de beneficios (culturales, económicos, etc) entre sus miembros, por lo que la famosa desigualdad se va a dar de todas maneras.

Lo segundo, nunca está en cuestión si los ricos deban pagar mas impuesto que los pobres. El problema es CUANTO mas. Porque, a mi juicio, el gran problema de la economía, y como anexo, los temas socioeconómicos, es que se mide con dos varas: numérico y porcentual. Entonces, para una cosa se ocupa uno, para otro la otra vara. ¿Pagan mas impuestos los ricos que los pobres en Chile? SI, ABSOUTAMENTE. A nivel numérico, muchísimo mas. Pero ahí aparece el contraargumento porcentual: que el impuesto es regresivo, porque afecta mas al pobre que al rico (por ejemplo el IVA), etc. Para otras cosas no nos preguntamos eso. ¿alguien propone que una multa de tránsito sea porcentual al ingreso de las personas?…”si usted se pasa un disco Pare, paga un 0,1% de sus ingresos..” ..o incluso, ¿que los precios del comercio fueran porcentuales?…”esa lavadora vale el 10% de sus ingresos”; “una entrada al cine el 0,05%”…Esa formula se aplicó, mas o menos, en países comunistas, donde nivelando el sueldo de todos, las cosas valían aproximadamente un % del ingreso ¿resultado?…para que comentarlo…
Entonces, es falaz que los ricos no pagan mas. El cuanto mas es la discusión, donde no hay un proceso de acuerdo. Los impuestos son IMPUESTOS, y no se llaman ACORDADOS. Por lo tanto siempre provocan el rechazo de quien tiene que pagarlos. En algún lado alguien citó un caso donde se puso impuesto a los trabajadores de una industria a principios del siglo XX…y ¿que cree que pasó?…¿que estos trabajadores estaban felices por pagar ese impuesto, pensando en que la sociedad se lo merecía, y que su trabajo era un privilegio por el que ellos le debían algo al estado por haber sido tan bueno de dárselos? NO, hicieron huelga, hasta abolirlo. Corolario: a nadie le gustan los impuestos, mas aún cuando los otros no lo pagan; pero es tremendamente atractivo y popular encontrar un grupo al que demonizar, y plantear un castigo (así se plantea el impuesto) porque en forma criminal lograron una posición económica que, de poder, TODOS estarían felices de tenerla.

alberto

14 de mayo

Completamente equivocado, has la misma construcción de ideas, los mismos 4 factores y como ejemplo un futbolista profesional, a ver que te resulta.

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