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¡Que se acabe Chile!

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Hace rato que vengo escuchando el “¡Que se acabe Chile!”, suena alarmista, nihilista; pero también, constructivo. Suena fuerte para alguien republicano como yo, que aún cree en la democracia y la política como vía de transformación, pero cada vez que la escuchó, me meto en su diálogo para averiguar más, y con eso comienzo a ver que tiene tantos significados, como interpretaciones de quien las enuncia. Tiene distintos grados de decepción, falta de confianza y también de desilusión por lo que no hemos hecho en el retorno de la democracia, relatos desde “todo está perdido” hasta “aún podemos hacerlo”. Tiene acentos de revolución para algunos, para otros de lamentable conformismo y también de ánimo para motivar la movilización.


Uno de los tantos problemas es la falta de empatía, y eso pasa porque al que le va bien -aunque sea aparentemente en algunos- poco se preocupa por el resto. El arribismo siempre tiene una cuota de individualismo, protección al metro cuadrado y mala memoria, y no sirve para hacer cosas colectivas.

Como sea, aunque soy parte del diálogo y no de la destrucción, sigo sintiendo que desde las autoridades, sumado a los que tienen el poder económico y también de quienes comunican en los medios, creen que todo debe permanecer casi igual, y eso empieza a molestar, dando la razón al: “¡ya no basta con marchar!”, e invita de a poco a lamentables formas de protesta.

Para mi, en lo estructural, y lo que hace su hegemonía política, Chile es un iceberg, gigante y frío, difícil de roer, navega aparentamente estable y sólido por el mar; pero se olvidan de que el cambio climático social lo socava, lo derrite y lo puede romper y hundir. Ahora, ¿cómo es este témpano, arriba, la pequeña parte que muestra al sol? Están los empresarios que tienen el control y critican cualquier reforma; las inmobiliarias que nos asustan con el cobro del IVA y especulan con el precio del metro cuadrado; los 3 de cada 10 empleados contratados de CODELCO porque los subcontratados están más abajo, en la línea del agua; los dueños de las AFP que entregan míseras pensiones a quién dio la vida trabajando; el negociado de las ISAPRES; sus médicos privados que no se mojan las patitas con la realidad en la salud pública; los que han invocado el caceroleo en la cota mil, porque para ellos la desigualdad no es una razón para que haya tanta delincuencia; los súper sueldos de la TV versus a los colegas despedidos en TVN y Canal 13; los políticos y sus escandalosas dietas; o están todos ellos, bien afirmados en la punta del hielo.

Abajo, en el agua, está la mayoría de este país. Hundidos en el frío están los que marchamos, los estudiantes endeudados, los mal tratados profesores, los abuelitos mal pensionados, los sueldos mínimos, los que ganan 400 mil promedio, pero la cotización los deja tiritando con algo que fabrica pobreza y decepción, los subcontratados, los con boletas de honorarios y a todos los que soportan el peso de este gran barco fantasma llamado Chile.

A todo esto, no estoy contra los ricos, creo que la riqueza se puede ganar con esfuerzo y con ética social; es por eso que la solución no está siempre en aumentar lo mínimo como sueldo, sino en poner techo en cantidades de veces al que está más arriba en cada empresa. ¿Sabe usted que 1.700 chilenos, de los que están arriba del hielo, ganan mil millones al mes? Ahora pregúntese cuánto pagarán en impuesto, seguro que no es tan significativo.

Uno de los tantos problemas es la falta de empatía, y eso pasa porque al que le va bien -aunque sea aparentemente en algunos- poco se preocupa por el resto. El arribismo siempre tiene una cuota de individualismo, protección al metro cuadrado y mala memoria, y no sirve para hacer cosas colectivas. Es por eso que choca con la idea de hacer una Asamblea Constituyente que diagnostique desde sus propios actores sociales cuáles son los problemas país, a qué le ponemos tope, qué no funcionó y qué debemos reconstruir. Delegar a los mismos parlamentarios de siempre ese poder, que ya ha sido invocado como idea, es pedirle a los mismos cocineros que nos vuelvan a preparar la cena. En cambio el proceso asambleísta es educativo y simbólico.

La asamblea puede ser el camino largo, pero representativo; y que a medida que avanza, enseña a nuevos actores para qué sirve la participación ciudadana y cómo puede influir en ella. Es dejar participar y hacer política a quienes quedan ignorados con los pactos que dejó la reforma electoral, es consultarle a los que hacen política anónima en poblaciones, barrios, universidades y colegios y lugares de trabajo, saber lo que piensan, a sindicatos, pueblos originarios, ONG, creyentes, agnósticos, ateos, estudiantes y a todos, ¿cómo queremos solucionar esto que hasta el día de hoy se niegan a mejorar?

¿Por qué se agota el diálogo de quienes sí pueden hacer algo, si somos muchos los que queremos algo mejor? Aún no sé la respuesta, quizás se niegan a bajar de la punta del iceberg, ya que se pueden resbalar y hundir, y poca probabilidad tienen de que un indignado los salve de ese suicidio pedido a propia voluntad.

Espero que el “que se acabe Chile” actual, sea constructivo, asambleísta, diverso, laico y tolerante, por más que el “por la razón o la fuerza” nos tiré a lo contrario, el hielo se derrite y el agua nos llega hasta el cogote, ya les llegará a ellos, no diga que no fueron informados. Ojalá así no sea.

TAGS: #ParticipaciónCiudadana #PolíticasPúblicas Ciudadanía

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servallas

01 de agosto

Octavio, su artículo es un clásico, diagnóstica Ud. desde su perspectiva  la situación nacional con todos y cada uno de sus agentes, aparecen en su comentario todos  los actores relevantes de este sistema económico y social en que vivimos, y quizás comparta con Ud. este diagnóstico si no fuera por mi sospecha que detrás de él, intuyo , quizás me equivoque, esta el factor  que Ud. es una persona de izquierdas, probablemente muy a la izquierda, y esta dibujando el mismo cuadro que otros pintores nos quieren vender, si fuera así, su diagnóstico esta viciado, no hay independencia en su pensamiento. Es muy difícil gobernar un país, pienso que la concertación hizo milagros, sus viejos jugadores pusieron este país en un lugar que nuestro padres y abuelo nunca soñaron, y lo hicieron con cierta sabiduría, buscaron el camino del medio, quizás algo hacia la izquierda, pero desde la perspectiva lejana, este se aprecia centrado, eso significa que todos los actores tienen roles, todos juegan, y por lo tanto nadie es dejado fuera de la cancha. Hoy por el contrario, se aprecia un sesgo, parece en algunos días que aspiramos  a una situación similar a la venezolana, ello significa descerrajarlo todo, romperlo todo, quebrarlo todo, algo por lo cual se la jugó Marcel Claude, pero Ud. pudo apreciar que aunque muy imperfecto, lleno de problemas e injusticias, aún con ciertos temores, muchos tenemos confianza en nuestro país,  pero hay grupos, gente descontenta, algunos persiguiendo utopías ya fracasadas que gritan irresponsablemente que se acabe Chile como Ud. lo expone. Mi pensamiento me dice que si no somos capaces de crear riqueza, si no se le entrega espacio a las personas para que desarrollen sus talentos, proyectos y capacidades, sólo nos esperan días tristes, de desorden social, de pobreza, de  frustraciones, así las cosas, parece más prudente educar al pueblo para que aprenda a pensar por si mismo, desintoxicarlo de los slogan políticos, de la dependencia endémica del estado, porque eso a llevado a este pueblo nuestro al clientelismo, entonces, hay que  corregir con urgencia los abusos de la banca y los servicios privados por medio de un control férreo del aparato público porque es cierto, hay algunos muy voraces, controlar el actor político desde otros poderes del estado para que no se consuma los fondos públicos,  y realizar otros muchos ajustes que me parecen todos posibles dentro de nuestro actual marco constitutivo podría ser el camino ante su desánimo, y creo también, para no repetir horrores del pasado, que es necesario enseñar a los parvulitos a no odiar a otros por su riqueza, su pensamiento, su influencia, su color de piel ni status social, de todo debe haber en un país,  todos son constructores, desde mi humilde postura, la hegemonía que pregona el comunismo, el nazismo y el fascismo no es compatible con lo humano.

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