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Progresismo: volver al real concepto de desarrollo

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La adopción del término “desarrollo” por parte de la escuela neoclásica podría considerarse como un caso paradigmático de “asalto a los fuertes conceptuales”. Esto es, de la apropiación de elementos discursivos del contendor, de alto poder persuasivo, en el marco de una disputa por la hegemonía cultural.

Los conceptos de “desarrollo” y “subdesarollo” ya habían sido mencionados por algunos autores del mundo cultural alemán, a fines del siglo XIX y comienzos del XX. En el marco de economías cuyo vigor industrial crecía a pasos agigantados, pero que competían con una Gran Bretaña que se había adelantado en su proceso de industrialización, los economistas alemanes tematizaron e intentaron dirigir procesos de industrialización que los británicos habían vivido casi de manera espontánea. De este modo, los conceptos de desarrollo y subdesarrollo nacieron ligados a la “economía política”, al nacionalismo económico y, hasta un cierto punto, al dirigismo estatal.

Hasta la década de 1950, el problema del desarrollo había recibido una escasa atención en los medios académicos europeo-occidentales y estadounidenses. Por lo mismo, la “economía del desarrollo”, como subdisciplina económica, surgió en el marco de los problemas presentados por las economías de Europa del Este y, posteriormente América Latina, Asia y África en el período posterior a la segunda Guerra Mundial. La necesidad de industrializar y superar la pobreza en los países de Europa del este y América Latina, o de generar un crecimiento sostenido y un mejor nivel de vida en países donde triunfaban los movimientos de liberación nacional, pusieron este tema en la discusión intelectual. En el marco que imponía la necesidad de estabilizar un nuevo orden mundial en la postguerra, los economistas del desarrollo lograron  encontrar una tribuna efectiva en algunos organismos internacionales, especialmente en las comisiones económicas regionales de las Naciones Unidas, dentro de las cuales la CEPAL adquirió una importancia fundamental.

La historización del concepto debe llevarnos a reflexionar sobre las implicancias políticas que este tenía. Se trataba de un concepto con un claro sesgo dirigista, el que si bien no rechazaba la iniciativa privada, señalaba la necesidad de consensuar y coordinar estrategias de crecimiento desde el Estado. Por lo mismo, los economistas del desarrollo no renegaban de la importancia del sistema de precios como método de información, pero si indicaban que había factores estructurales -o institucionales como Douglas C. North los llamó un tiempo después- que generaban inelasticidades que, a su vez, impedían su adecuado funcionamiento. Estos factores podían ser de diversa índole. Como ejemplos, podrían indicarse factores culturales, como la propensión al consumo conspicuo o al derroche festivo; factores político-institucionales, como legislaciones que privilegiaban al sector financiero y exportador o arreglos de poder entre grupos privilegiados; factores sociales, como la persistencia de formas improductivas de tenencia de la tierra y relaciones laborales arcaicas. No es de extrañar que en determinado momento la distinción entre los términos “desarrollista” y “estructuralista” llegara a diluirse.

Como vemos, el concepto de desarrollo, si bien estaba íntimamente ligado al de crecimiento, no era sinónimo de éste, buscando objetivos más amplios de transformación social.

La acción política de identificación de objetivos y etapas, la generación de una política económica, la existencia de un grado variable, aunque siempre presente de dirigismo estatal y la necesidad de intervenir en variables extramonetarias, poco tienen que ver con  la ortodoxia neoliberal.

No es de extrañar que hasta la arremetida neoconservadora de las décadas de 1970-80, las corrientes de centro e izquierda, que se nutrían de estas concepciones, aparecieran como fuerzas vanguardistas, mientras que la derecha se mostrara “a remolque” de estos proyectos de modernización ajenos, ya fuese con estrategias de adaptación gatopardista, o con una actitud meramente reaccionaria. En ese entonces, el “progresismo”, no pretendía morigerar los efectos colaterales de estrategias económicas ajenas, si no que impulsaba las propias, y no tenía que mostrarse desconfiado ante los “técnicos”, puesto que el saber que estos producían y portaban era funcional a su proyecto.

Y es que la capacidad hegemónica de dicho concepto ha sido enorme. Si bien la idea de progreso, en cuanto metarrelato histórico ha sido cuestionada en los medios intelectuales, en la cotidianeidad, diversas sociedades se han acostumbrado a la sensación de aceleración del cambio histórico y de continuo mejoramiento.

Por lo mismo, una de las tareas primordiales de una política de centroizquierda, debe apuntar a recuperar el concepto de desarrollo, adaptándolo a las nuevas condiciones de la economía e incorporando las distintas demandas de estas corrientes políticas para generar una estrategia propia. Junto con esto, es fundamental que las fuerzas de centro e izquierda no se hagan parte del discurso postmoderno antiprogresista, que solo es funcional a la hegemonía de la derecha y, menos aún, que mantengan la costumbre de denostar a los cuadros técnicos. Dicho afán puede parecer glamoroso a una buena parte de la intelectualidad proveniente de las humanidades y las ciencias sociales, pero sólo refleja una orfandad de proyectos.

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09 de diciembre

Estando de acuerdo en que el afán de criticar y denostar a los cuadros técnicos refleja cierta falta de proyectos de la izquierda, no creo que el problema de la hegemonía de los cuadros técnicos (la tecnocracia) deba ser dimensionado o “escencializado” como sinónimo de desarrollo. El discurso post-moderno y antiprogresista no tiene sus raíces en una crítica a la técnica en sí misma, sino a la tecnocracia como mecanismo para secuestrar la discusión política e ideológica de las instituciones democráticas.
La visión tecnocrática de los problemas sociales denosta también los procesos intelectuales que buscan explicar esos problemas desde campos disciplinares que no adscriben necesariamente a la epistemología tecnocrática. Muchas veces el discurso tecnocrático reduce la definición de los problemas a variables técnicas, ‘cientificas’ si se quiere, sobresimplificando el valor que el debate político le agrega a tanto la definición de esas variables como sus soluciones (sino, basta ver lo que hace el movimiento Educación 2020 con su iniciativa de reformas educacionales).
Por otro lado, el ‘progresismo’ ha otorgado una valor fundamental a elementos centrales del liberalismo que hoy se desconectan los proyectos tradicionales de izquierda. Principalmente, asumen una negación de lo colectivo, adscribiendo a los mecanismos neoliberales de inclusión social como una narrativa de vida. Ese discurso, liberal por donde se lo mire, desfigura la distinción derecha-izquierda, pues niega los elementos culturales y materiales que han definido la oposición de estos proyectos. El discurso anti-progresista no es funcional a la derecha, sí lo es el discurso liberal. Que la tecnocracia haya sido central en la estructura del estado desarrollista, y por tanto en la construcción de la hegemonía de izquierda en el siglo XX en Chile no la convierte en un elemento sagrado de la izquierda. Es simplemente una máscara instrumental de las ideologías, y hoy, los que abundan son tecnócratas neoliberales, no desarrollistas. No se le puede pedir a la izquierda que pase por alto eso, ni menos asumir que esa crítica solo pertenece a los círculos intelectuales.
Saludos.

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