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Política de jóvenes… ¿modos de institucionalidad ancianos?

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¿Cuál podría ser la diferencia política después de la elección de los nuevos dirigentes de la FECH? ¿A qué tanta parafernalia? El asunto aparece en la reflexión de estos dos hechos:

-ganaron los estudiantes no organizados en los partidos que han dominado la escena chilena los últimos 30 años, y

-estas organizaciones estudiantiles exhiben sorprendentes y paradojales actitudes respecto de sus propias formas de institucionalización.

Ganaron los “sin partido” –que ya en las grandes marchas 2011 lucían inmensos carteles bajando por Alameda de Las Delicias. Pero, “sin partido” dice algo más preciso: sin identificación con las organizaciones tradicionales del centro para la izquierda. Este tipo de disidencia es específico de la izquierda. ¿Por qué?

En mi opinión, es el resultado de la disolución del “gran relato” revolucionario socialista, y sus dos patas: la inviabilidad del socialismo real (podredumbre interna, política y económica), y la crisis de legitimidad (cultural y económica) en el socialismo del Estado de bienestar.

El “gran tema” de la izquierda es elaborar discurso, tener algo que decir que convoque a los pueblos del siglo XXI. La situación es complicada, porque la racionalidad de izquierda encuentra sus fundamentos en lógicas que aparecen sobrepasadas por el movimiento de la historia en los últimos 50 años. La izquierda fue fundada por, y en gran parte para, la sociedad del siglo XIX.

¿Cómo pensar un mundo de futuro y diferente en las categorías de un mundo que ha dejado de poseer la vitalidad cultural, ciudadana, emotiva, que una vez tuvo? Tragedia de los melancólicos, porque este socialismo era “científico” y los “porfiados hechos” los ha traicionado.

Las izquierdas hoy se observan atrapadas por la lógica de la reforma al proyecto neoliberal -que vino a ocupar el espacio del imaginario perdido por el socialismo en los finales del siglo XX-, a través de políticas públicas sectoriales.

El problema de esta orientación a las políticas públicas es que por un lado parece que solo maquillan el “modelo”, y, por otro, más grave, la izquierda piensa este discurso repitiendo las categorías fundamentales instaladas por la ideología del mercado. Es decir, hace política según la racionalidad neolib dominante, con la promesa o esperanza vaga de torcer su sentido.

Este es el estado anciano de la ideología de izquierdas. Entonces, se le aparecen los jóvenes. Uno diría: [casi] inevitable. Cuestión de hormonas. Entonces es cuando los viejos rezongan socarronamente: “los chiquillos tendrán que ver cómo se organizan políticamente; ver qué partido forman; y ahí, entonces, serán de nuevo bienvenidos”.

En resumen, la chiquillada podrá ganar elecciones pero no puede cambiar la “esencia” de la política. Pero el discurso (y la práctica) esencialistas pueden resultar igual de añejos.

Aquí está pasando de todo y no ha pasado nada aún.

El otro día, insistían con Gabriel Boric para que definiera si van a formar partido o no, si tienen una “visión de país” o no la tienen, si van a tener candidato presidencial propio o no, si el Congreso sí o si el Congreso no. Fue desesperante para los viejos preguntones que Boric no pareciera especialmente interesado en responder. Me pareció que su respuesta más elocuente fue una especie de incomodidad corporal en la mesa de conversaciones: ese tipo de “problemas” no son estratégicos de esta otra política. La discontinuidad con las ideologías anteriores descoloca la imaginación y la inteligencia. Peor, porque los chascones se demuestran completamente sumergidos en asuntos políticos nacionales. ¿Cómo pues hacer política en serio sin prioridades institucionales?

Seriedad e instituciones parecen de pronto sinónimos. Por eso resulta de una seriedad paradojal el retardar las formas institucionales. Es que las formas institucionales disponibles corresponden a la ancianidad de la época. Lo desgastado no sirve para dar forma a lo que se quiere. Aunque se quiera confusamente. Precisamente porque se quiere, se quiere más con ganas que con lógicas.

Marco Enríquez-Ominami se ha saltado esta etapa. Entró a la institucionalidad con todo. Incluso con sus vicios. Y como en estos tiempos crear simplemente un partido es sumergirse en las dinámicas de la época con vestuarios viejos, el Pro se agita ya entre un “oficialismo” cupular y una “disidencia” que refleja en su desorden y heterogeneidad las cualidades de la novedad.

Creo que en 2012 resultará muy motivador prepararse para comparar lo que ha pasado con el millón y medio de votos de ME-O joven, alternativo, de 2009, y lo que pasará con la continuación del movimiento estudiantil de 2011. Más inscripción automática aprobada.

Porque estas son oleadas del tsunami histórico que asola –pero quiere refundar- la izquierda en Chile. Las Municipales serán un índice de cómo va su metabolismo.

ME-O puede desgastarse tanto en el proceso y cálculo de alianzas –muy resistido internamente-, como por el agotamiento de un partido sin más figura que una sola persona.

Los estudiantes tendrán que ver si y cómo generan en algunas instancias municipales, una cuña diversa a las relaciones clientelistas de la vieja política sin ciudadanía.

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Foto: Eduardo Jerez

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