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¿Nos importa el pueblo o nos importa un determinado tipo de pueblo?

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Desde el socialismo temprano, pasando por el anarquismo y la teoría democrática radical, la izquierda ha pensado cómo desencadenar al pueblo de la impotencia que padecen sus vidas en estos sistemas republicanos y oligárquicos. Todas esas estrategias difieren respecto del rol que debe tomar el pueblo en relación a su emancipación. En esta columna yo me referiré a la estrategia democrática. La teoría democrática, a la que yo suscribo, sostiene que el pueblo activamente se presenta en la escena conflictiva de la política, reclamando un daño a la igualdad la cual tiene que ser resuelta con la protesta popular.

Tras las últimas manifestaciones masivas en Ucrania y en Venezuela ha surgido un debate interesante respecto del respeto o conveniencia de la democracia para los sectores de izquierda en Chile. Sectores conservadores, antichavistas y pro norteamericanos han interpelado a la izquierda a pronunciarse respecto de si realmente les interesa la democracia o si solamente la defienden cuando ésta persigue sus intereses. Creo que aquí hay una discusión interesante para abordar, precisamente en clave democrática.

Lamentablemente, los sectores conservadores, poco eruditos en teoría democrática interpelan a la izquierda respecto de los derechos individuales, cuestiones relativas a la propiedad y a la libertad de expresión, etcétera. Asuntos que, siendo importantes, no tienen que ver tanto con la igualdad y la libertad pública que la democracia implica.

De todas maneras, y desde la izquierda, me gustaría volver a realizar la pregunta: ¿nos importa realmente la democracia o hay proyectos que por su ausencia de legitimidad pueden ser eximidos de ser mediados por la voluntad de las mayorías? Con esta interrogante, el sujeto central que aparece señalado es el sujeto pueblo. El pueblo, que ha sido, sin lugar a dudas, el sujeto central de las luchas emancipatorias de izquierda.

Desde el socialismo temprano, pasando por el anarquismo y la teoría democrática radical, la izquierda ha pensado cómo desencadenar al pueblo de la impotencia que padecen sus vidas en estos sistemas republicanos y oligárquicos. Todas esas estrategias difieren respecto del rol que debe tomar el pueblo en relación a su emancipación. En esta columna yo me referiré a la estrategia democrática. La teoría democrática, a la que yo suscribo, sostiene que el pueblo activamente se presenta en la escena conflictiva de la política, reclamando un daño a la igualdad la cual tiene que ser resuelta con la protesta popular. El pueblo, tal como nos afirma Rancière, aparece donde no tiene que aparecer, ocupa el lugar que se le ha clausurado para utilizar una palabra que demuestra que su demanda tiene razón de ser y que en una democracia, más aún, debe ser respetada.

Teorías como las anteriores han sido ampliamente defendidas en varios sectores de la izquierda, no obstante, y tal como hemos visto en Venezuela y Ucrania, cuando la mayoría del pueblo parece adoptar reclamos contrarios a las posturas ideológicas de izquierda se le desconoce la legitimidad de su reclamo popular e inmediatamente se le califica como fascista, nacionalista antes que como un reclamo democrático. Creo que acá aparece un problema fundamental que debemos desentrañar. ¿Nos importa realmente el reclamo emancipatorio del pueblo ante el poder político existente o nos importa el reclamo del pueblo solamente cuando se opone al capitalismo y a la privatización de la vida? Personalmente creo que los proyectos políticos que ponen en el centro la cuestión de la igualdad, del poder popular y de la emancipación material de los pueblos son más razonables y más legítimos que aquellos que buscan poner en el centro del foco el individualismo, la propiedad privada y el lucro por sobre los derechos. No obstante, ¿podemos seguir la ruta de la imposición y la fuerza para llevar a cabo nuestros proyectos de mundo?

Si la mayoría de los integrantes de la comunidad se sienten disconformes respecto de cómo hemos llevado a cabo tal o cual política, ¿debemos ser obstinados y reprimir a esas mayorías para que no se interpongan en nuestros proyectos históricos? Recordemos, que tal como señala Aristóteles, si se trata de mayorías difícilmente se puede tratar del poder fáctico, de la aristocracia o de la burguesía. Pues, cuando hablamos de la mayoría por lo general estamos hablando que quienes ejercen el reclamo son parte importante del pueblo. En esa línea, ¿podemos ir en contra del pueblo, suponiendo la máxima cristiana de que ellos no saben lo que hacen, ni saben lo que les conviene? Si afirmamos a esa pregunta nos acercamos a la lectura antidemocrática y elitista de Platón, quien decía que el problema de la democracia era precisamente que el pueblo permanentemente podía ser embaucado por aduladores o bien equivocarse al ser guiado por sus pasiones. Por tanto, si creemos que un proyecto socialista, bolivariano o pro ruso es legítimo en sí mismo, no deberíamos dejarlo al arbitrio de las discusiones populares ni de los deseos de las mayorías.

Sin embargo, yo juzgo que esas decisiones siempre deben estar abiertas al litigio y a la discusión pública, y que sea cual sea el resultado de dichas decisiones, debemos respetar lo que decidan las mayorías, siempre y cuando no vayan en contra de los derechos democráticos. Es la tesis de Chantal Mouffe, quien reconoce que la democracia es precisamente el espacio abierto al conflicto domesticado en donde todas las posiciones pueden competir por la hegemonía momentánea, es decir, por la consecución del poder político. Si nuestra propuesta política, léase el chavismo o las políticas pro rusas comienzan a no ser representativas de la voluntad cambiante de las mayorías, debemos, si nos interesa la democracia, dar paso para que las  nuevas voluntades sean las que dirijan los destinos de nuestras “poleis”.

Por lo demás, ¿podemos castigar a un pueblo que se levanta en contra de un poder político que no les provee seguridad o que quiere asociarse a una potencia extranjera que los ha subordinado durante toda su historia? Tiendo a pensar que no. Puesto que no son ideas que lesionen o sean contrarias a una voluntad política que persiga la idea democrática de “vivir como se quiera” (Aristóteles, Política, VI, 2). Por el contrario, sostengo que las demandas cambiantes de la voluntad ciudadana en una democracia deben ser representadas por el poder político de turno. De lo contrario, la representación, tal como yo sospecho, es una ilusión. Lamentablemente, nuestros sistemas políticos son diseñados con una rigidez que impide que las demandas cambiantes de la ciudadanía puedan ser llevadas a puerto por líderes muchas veces contrarios a dichas proclamas. Del mismo modo, los políticos no cumplen la función de volver a presentar las demandas ciudadanas, cuestión que intuitivamente la democracia representativa debería producir.

Por lo tanto, creo que el camino y la solución es abrir el juego de las decisiones públicas a la acción directa de la ciudadanía. Las élites y los poderosos de siempre son temerosos y desconfiados de las decisiones populares, y es por lo mismo que si queremos llevar adelante los proyectos populares, tenemos que comprender que en la confianza hacia el pueblo y en la posibilidad de que sean ellos mismos quienes tomen las riendas de su historia está la posibilidad de liberar las cadenas que los atan, y aunque ralentice el proceso, debemos soportar que se equivoquen y opten por el camino contrario al que los emancipa. Pues la lucha emancipatoria es una lucha constante en el juego discursivo y en la posibilidad real de lograr captar la mayoría de las conciencias con el proyecto de mundo que los ciudadanos activos consideren más legítimo.

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