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Joaquín Lavin y el regreso de la antipolítica

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Joaquín Lavín sería medido por su partido, la UDI, para ver si puede ser una opción válida para competir por la comuna de Santiago en estas municipales. Así es, el ex candidato a la presidencia, y otrora mandamás de la principal comuna de la capital, sería nuevamente un rostro considerado por el gremialismo para arrebatarle la alcaldía a una Carolina Tohá golpeada por las últimas informaciones en materia de dineros en política.


Nosotros hemos olvidado que el ejercicio político es más profundo que los casos de ladronzuelos que se coludieron con el poder privado para poner en jaque el sistema público. Volvamos a politizarnos y no abramos las puertas nuevamente a esa ideología que dice no serlo: la antipolítica.

Muchos podrán decir que es un acto desesperado de los discípulos de Jaime Guzmán, como también que este hecho es la demostración empírica de que hay sectores que no tienen caras jóvenes lo suficientemente importantes y consistentes para asumir tamañas responsabilidades, y tal vez es cierto. A lo mejor es real que no hay confianza en la juventud y en la manera en que pudieran formar parte del relevo generacional. Pero si nos detenemos en el contexto nacional y en la dramática caída de la credibilidad de la llamada “clase política”, podríamos entender más claramente por qué se recurre a personajes como Lavín.

Me explico. El contendor de Lagos, hacia finales de los ´90, es uno de los precursores del concepto “los problemas reales de la gente”, estrategia comunicacional que apareció en una época postdictatorial en la que Chile estaba dormido y se cansaba cuando escuchaba ideas muy complejas. Era la época de un Chino Ríos- personaje que hoy parece muy opinante por Twitter- que respondía ante toda pregunta con un “no estoy ni ahí”, lo que en el momento parecía muy incorrecto y ganaba adeptos, pero que, sin embargo, daba señales claras de una juventud-salvo quienes siempre lucharon políticamente- que estaba educada para no preocuparse de temas importantes que tuvieran que ver con debates ideológicos ni menos partidistas. Eso hastiaba. La comunidad y su destino agotaban a nuestros “lolos”. Lo que explica bastante bien por qué Ríos eligió un deporte tan individualista como el tenis y por qué una idea tan poco sustantiva como “el cambio”, liderada por Lavín, dio tantos réditos a una oposición que trataba sacarse los uniformes militares que llevaban tatuados en la piel.

Hoy, después de algunos años en que la ciudadanía se ha politizado y ha puesto en la palestra discursos claros sobre futuro que rompen con paradigmas, curiosamente, y luego de los casos de corrupción conocidos, la antipolítica se ha posicionado nuevamente. Todo lo que huela a servicio público no sólo cansa sino que causa asco a una población que confundió la legítima crítica hacia lo construido durante décadas por una Concertación que se rindió ante la derecha ideológicamente.

Es ahí donde entra nuevamente Joaquín a aprovechar este ambiente para contarnos-otra vez- que lo que importa no son generalidades, sino las particulares vidas de  las personas. Es decir: que no nos preocupemos de los problemas estructurales, sino que seamos pragmáticos y no veamos a nuestro exterior si es que nos están solucionando nuestras pequeñas demandas. O sea: que volvamos a ser nobles consumidores de un sistema que nos prefiere comprando antes que manifestándonos con ideas y pensamientos claros.

¿De quién es responsabilidad este retroceso? Podría haber muchas teorías. Primero podríamos decir que es esta realidad construida la que nos ha hecho quedarnos nuevamente cómodos en nuestros lugares y nuestros trabajos. También podríamos culpar a todo el que circula en el Congreso por hacernos perder la ilusión de una “política más limpia”, como he escuchado hasta el cansancio por estos días. Pero lo cierto es otra cosa: nosotros tenemos la culpa. Nosotros estamos embobados con los casos de dineros irregulares en política y la hemos reducido a eso. Nos hemos olvidado que de que este ejercicio es más profundo que los casos de ladronzuelos que se coludieron con el poder privado para poner en jaque el sistema público. Y que esta colusión fue precisamente resultado de nuestra indiferencia noventera.

Por esto es que parece bastante urgente que reaccionemos. Que volvamos a politizarnos y así no abramos las puertas nuevamente a esa ideología que dice no serlo: la antipolítica.

TAGS: #CrisisPolítica #ParticipaciónCiudadana crisis de confianza

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