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Lo que la juventud no lograba comprender

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Recuerdo, hace mucho tiempo atrás, en mi niñez, el tocar algún tema con los adultos venía precedido por un: “silencio, usted no sabe de estas cosas pues no está informado y es muy chico para opinar”.  A esa edad estas sentencias resultan ser especialmente irritantes, pues a pesar de lo muy informado que pudieras estar, el solo hecho de ser niño te inhabilitaba para poder formar parte de una conversación. Reconozco que eso me motivó, en parte, a ser una persona más informada, lo que me llevo a ser hoy en día un periodista.
 
Cuando ya te conviertes en adulto, te das cuenta que esa capacidad de ningunearte aún se encuentra ahí, y de una manera mucho más insultante, pues se encuentra en tu trabajo, en tu comuna y obviamente en la política.
 
Existe un ninguneo constante, certero y profundo para los ciudadanos de a pie por parte de nuestra clase política. El creer y hacer una constante el hecho que el chileno no recuerda, nos lleva a ver espectáculos tan macabros como senadores y diputados  que cometen errores garrafales, insultantes e infantiles, que más que dañar a un país, dañan su imagen y la confianza que sus propios  partidarios. Aún tengo presente a un honorable senador, quien  no pudo aceptar que un carabinero tuviera la idea supina de multarlo por exceso de velocidad, sin considerar su puesto y poder para hacerle la vida imposible (cosa que  le informó y realizó). La prensa, diligentemente (y de forma muy reactiva) comenzó a realizar reportajes sobre el exceso de velocidad que muchos parlamentarios cometían. Así muchos de ellos, amparándose en ese ninguneo constante a la población, llegaron a señalar que estaban hasta autorizados para transitar a más de la velocidad permitida por la investidura de su rango. Imperdonable.
 
Basar la carrera política en el supuesto de una mala memoria colectiva y recurrente, es apelar al fanatismo que todo perdona. Pero, ¿hasta cuándo puede llegar esta fuente de impunidad? ¿Cuántas faltas de respeto se encuentra dispuesta a aguantar la sociedad sin decir basta? La respuesta ya se estudió, y no fue completamente desagradable para estos profitadores sempiternos del Estado. La juventud de los noventa les dio la respuesta: “no estoy ni ahí con la política ni con lo que representa, pues es sucia, mañosa e imposible de reparar”.
 
Esta definición tan poco decorosa pero muy aterrizada, no es del desagrado de sus protagonistas. Mirándolo fríamente, es útil y relajante saber que no se meterán en tu negocio pues hay que ingresar a un partido, donde te adoctrinarán para que mantengas la línea que tantas utilidades te ha dado. Lo primordial es que sigan dando que hablar. Como bien dice el dicho, con el pueblo, para el pueblo pero sin el pueblo.
 
Negocio redondo, todos detestan la política y por ende  a sus protagonistas, pero el Estado nos necesita. Así que realizamos un discurso público a participar, pero sólo dejamos gozar de las utilidades a una red de familiares y amigos que conocen bien este circo.
 
¿Qué joven, que quiere vivir la vida a concho, se quiere fregar la vida peleando por el bien común si sabe que de no pertenecer al ala diestra o zurda tendrá nulas posibilidades de aportar? Sólo el hijo de honorable, quien sabe las ganancias y estilo de trabajo, el cual se hereda con habilidad envidiable.
 
A tal grado llegó el nihilismo en nuestra juventud que el porcentaje de votantes bajó de manera considerable. Tanto así, que hasta los propios involucrados se pusieron manos a la obra para promulgar el voto automático, una verdadera demostración de democracia.
 
Pero algo paso en el intertanto. El programa cabalmente pauteado se escapó de las manos. La clase política chilena, aletargada por el constante festín de la autorregulación complaciente, subestimó lo que en un momento se llamó revolución pingüina y que ahora se convierte en movimiento estudiantil.
 
La juventud se enteró que los verdaderos cambios se realizan desde adentro y comenzó a participar, de una forma tan activa y explícita que los asustó. Trataron de  usar la vieja técnica del apoyo televisivo y el palmoteo de espalda para calmar y controlar esa fuerza, ese ímpetu. Pero chocaron  con la fuerza del conocimiento, con el bastión de la información. Ya no bastaba con controlar a los medios de prensa, una idea, un dato es tan pernicioso como la tuberculosis en los tiempos de la cuestión social.
 
Ahora la juventud, a diferencia de los setentas y ochentas donde los ideales y la fe eran la única herramienta para exponer sus pensamientos, sabe que el voto es el arma primaria para realizar cambios de fondo y no de forma. Ya no vamos a maquillar, sino que vamos a operar.
 
La juventud se vuelve, día a día, en la nueva buena tuberculosis de la clase política chilena. Tanto así, que la clase trabajadora vio que la juventud abrió un nuevo camino. Aysén lo tomó con decisión y coraje, pronto verá los resultados.
 
No estaban tan equivocados los profetas y pitonisas sobre el fin del mundo. Este 2012 empieza el fin del mundo de la clase política y para uno mejor.
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