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Liderazgos e incertidumbres

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“Al no tener elección, tampoco tuvieron muchas dudas” dice en su libro El refugio de la memoria, Tony Judt.  Aumentan las dificultades, se profundizan los retos, crecen las incertidumbres. El contexto político local y global es cada día más exigente: temas antiguos sin resolver y problemas nuevos sin pensar; escaso tiempo para reaccionar y límites insuperables que acechan; profundas desigualdades que cuartean nuestras sociedades e incapacidad para que el bien público sea protegido desde lo público y aceptado, desde lo privado, como el más sostenible, necesario y conveniente de los escenarios para cualquier desarrollo o progreso. Es tiempo de más y mejor política. Pero ¿hay liderazgos para impulsarla?


Necesitamos otro modelo de liderazgo, alejado del patrón del follow me y de la pura eventualidad. Más que personas a las que seguir -y obedecer- necesitamos líderes que nos inspiren para actuar. Este es el reto: reducir las dudas que nos paralizan por certezas democráticas que nos impulsan y animan.

Las paradojas del liderazgo afectan, por igual, tanto a la nueva política como a la vieja. Todo liderazgo implica, como mínimo, cinco capacidades:

1.- Capacidad de observar, de escuchar: para entender las señales —espesas o clarísimas—, las voces —diversas y contradictorias— y los ecos del pasado no resuelto. Capacidad para entender la atmósfera del momento, los signos de los tiempos, las demandas de atención y escucha sin la cuales ningún diálogo cívico es posible.

2.- Capacidad de interpretar: los datos y las emociones. Lo tangible y lo intangible. Y darles sentido, contexto y narrativa, sin dejarse atrapar -ni arrastrar- por la volatilidad de lo efímero, de la moda, de lo superficial.

3.- Capacidad de orientar y proponer: ofreciendo proyectos y soluciones para el presente, pero con un horizonte global, a largo plazo, sin el inmediatismo tan agitado como agotado. Capacidad para integrar el talento disponible de nuestras sociedades y organizaciones ofreciendo un marco de compromiso en el bien común.

4.- Capacidad para representar: a los que delegaron su soberanía, pero también a las personas que deben verse representadas más allá de la afinidad política, partidaria o personal. Capacidad de convertir las instituciones en espacios fértiles para lo democrático, no en guetos clientelares, de sombras, sobres y sobras.

5.- Capacidad de sumar: integrando, aglutinando, construyendo mayorías sociales que son más profundas que las mayorías electorales. Dentro y fuera de las instituciones. Generando confluencias vigorosas, más que simples cauces. Capacidad de estimular y organizar el nervio democrático, la esperanza de justicia y el sueño de la emancipación para todos y todas.

Obviamente, para desarrollar estas funciones y estos atributos no es necesario un solo modelo de liderazgo. Pero entre los líderes proféticos, carismáticos, ideológicos u organizativos hay grandes diferencias y diversas potencialidades o habilidades para desarrollar aquellas competencias. Necesitamos unos liderazgos más estructurados alrededor de las virtudes de lo público y menos sobre el personalismo y el carácter de nuestros representantes o gestores.

Estamos en un momento decisivo. Hay líderes que confunden el soft power con la inacción o la pasiva neutralidad, la sobriedad con política low cost y la proximidad con los ciudadanos con la banalización de la conversación. Sometidos a la exigencia de lo inmediato hemos confundido lo breve con lo efímero, y lo rápido con lo agitado.

Lo explica muy bien el filósofo Daniel Innerarity en una entrevista reciente: “El gran riesgo que corremos, con esta inercia en la que ahora estamos, es que la política llegue a ser algo irrelevante. Esa es la gran amenaza. Es decir, que las cosas se auto organicen sin ninguna intervención expresa de los seres humanos. Y el gran desafío es cómo conseguimos que la política pase de una lógica de la reparación a una lógica de la intervención, incluso de la anticipación. Eso en estos momentos resulta muy difícil porque las cosas van a gran velocidad. Yo creo que la aceleración en la que vivimos en el mundo contemporáneo nos está llevando a un sistema en el cual estamos muy poco en el presente. Eso que Paul Valéry llamaba el régimen de sustituciones rápidas. Estás muy poco tiempo en el presente porque las cosas se vuelven obsoletas enseguida. La lógica de la moda ha invadido la lógica política y lo que tenemos son productos de temporada. Por tanto, también los tiempos de la decepción política se han acelerado dramáticamente. El tiempo que tarda alguien en decepcionarnos, el carisma en agotarse, la percepción de inutilidad, se reduce”.

Necesitamos otro modelo de liderazgo, alejado del patrón del follow me y de la pura eventualidad. Más que personas a las que seguir -y obedecer- necesitamos líderes que nos inspiren para actuar. Este es el reto: reducir las dudas que nos paralizan por certezas democráticas que nos impulsan y animan.

TAGS: Autoridad Liderazgo

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23 de mayo

Yo creo que más que personas que actúen como líderes, se necesita que ciertas ideas lideren el qué se hace.

En lo político, los sistemas eleccionarios fallan por diversas razones que pueden superarse con la existencia de Cámaras Ciudadanas Digitales que cumplan funciones diversas en torno a los procedimientos de una nación, desde tratar ideas a proponer candidatos a cargos estatales que lleguen a cumplir un plan nacional y no el de un candidato de moda que saca un Programa de Gobierno a última hora que lo más seguro es que no interprete las necesidades de la gente o país y no presente innovaciones medulares ampliamente estudiadas, de ser posible.

En lo económico y regional, se requiere que haya centros de organización civil que promuevan la asociatividad económica comunal y la creación de empresas locales que produzcan lo que compran, de ser posible.

Lo anterior tendría un impacto en la migración local o nacional, ya que la ausencia de políticas de desarrollo e integración local que no consideren la asociatividad económica y creación de nuevas empresas locales con determinado apoyo técnico, promueve la migración a grandes urbes, como Santiago en el caso chileno, que hacen necesarios interminables inversiones estatales para construir más pavimento para autos y viviendas para los migrantes y nuevas mil hectáreas urbanizadas anualmente, en desmedro de inversiones que se podrían hacer en comunas de regiones que podrían crear las oportunidades que la gente sale a bus

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