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Liberales y la discusión constituyente

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Esta es una oportunidad, como nunca antes en nuestra historia, para convenir el pacto político que regirá el Chile de los próximos 50 años.

Con el programa de gobierno de la Nueva Mayoría, vencedor en las urnas en diciembre de 2013, se abrió la discusión constituyente en Chile. Dicho programa estableció, de forma escueta, que Chile tendría una nueva carta fundamental por medio de un proceso democrático, participativo e institucional, dando pocas luces respecto del contenido específico y sustantivo que un eventual nuevo texto podría recoger.

Hoy nos encontramos en la disyuntiva respecto del procedimiento al efecto. El Gobierno ha señalado una ruta que comienza con el proceso de educación cívica para entender las “conversaciones que vendrán” (de ahí la génesis del Constitucionario, un manual de formación cívica que recurre a animales para explicar algunos conceptos relevantes para la discusión constituyente). La etapa que se acerca es la de cabildos ciudadanos, instancia dirigida por facilitadores y que tiene por objeto recoger las impresiones de la ciudadanía en distintos niveles de organización territorial, respecto de los contenidos que debería incluir la nueva Constitución. Posteriormente la presidencia, recogiendo dichas inquietudes ciudadanas, promoverá una reforma constitucional para habilitarse a realizar un plebiscito respecto del mecanismo de reemplazo de la actual Constitución. En dicha consulta es muy probable que se imponga la opción de realizar una convención o asamblea constituyente. No entraré aquí a argumentar por qué es preferible la AC por sobre otras instancias con la misma misión, como el Congreso, pero sí lo haré respecto de la conveniencia de sumarse.

Sin duda, todos aquellos caratulados como defensores de una sociedad libre, debemos hacernos parte de esta iniciativa y abogar por ciertos contenidos esenciales que pueden hacer sentido en gran parte de la población. Los liberales tienen un gran desafío y una voz que levantar al respecto. Sobre este tema recomiendo leer el nuevo libro del académico Cristóbal Bellolio, “Pinochet, Lagos y nosotros”. Resulta muy clarificador y adscribo casi en plenitud a su propuesta. Esta columna pretende rescatar lo que a mi juicio es lo más relevante del libro para las conversaciones que vendrán, desde una perspectiva liberal.

Partiendo de mínimos comunes de una tradición política que no está exenta de diversas ramificaciones, podemos decir que es imperativo entrar en la discusión por varias razones: una conversación de esta envergadura es necesaria en Chile. Por mucho que tengamos razones para defender ciertas instituciones que nos parecen acordes con lo que requiere el país para mejorar progresivamente los niveles de vida, la validación de dichas piezas constitucionales no es baladí. Hoy tenemos una carta política que no genera simpatía ni afecto en la ciudadanía. La desafección hacia una de las principales obras de la Dictadura es evidente, así lo reflejan las más variadas muestras de opinión pública. Esta es una oportunidad, como nunca antes en nuestra historia, para convenir el pacto político que regirá el Chile de los próximos 50 años. Superar el vicio originario en el pacto, validando socialmente los principios e instituciones que ya tenemos es un paso significativo hacia su plena consolidación como figuras relevantes y plenamente aceptadas en el devenir del país.

En segundo lugar porque restarse del debate no es solo reconocer que en Chile existiría una hegemonía evidente de sectores progresistas y de izquierda, sino que también sería replicar el escenario de la Constitución de 1980, acaso en sentido inverso; la imposición de un modelo de sociedad y desarrollo por sobre otro, que simplemente se ve sometido a seguir las directrices jurídicas y políticas de un determinado momento, por la circunstancia histórica que lo respalda. Esta idea es atractiva para la izquierda que ve esta oportunidad no como una instancia de diálogo sincero en aras de construir “la casa de todos”, sino como un instrumento para pasar la aplanadora ideológica y petrificar hasta sus posiciones políticas más accidentales (esto queda de manifiesto en diversas agrupaciones que están por la AC; organizaciones políticas y ciudadanas que hacen énfasis en la iniciativa para concretar demandas sustantivas). Evitar esto es necesario e imperioso.

En tercer lugar me parece necesario porque puede ser el momento de pasar a la ofensiva y posicionar ciertas ideas que, bajo nuestro ideario, consideramos necesario que se incluyan en la génesis constitucional. La idea de una Constitución mínima, por ejemplo, es una de las que ha rondado el debate. La Constitución sería una herramienta meramente procedimental de los acuerdos de las distintas fuerzas políticas y consagraría los derechos y libertades esenciales de las personas. El resto quedaría al libre juego de la formación de mayorías a nivel legal. Esto de cierta manera puede ser un peligro para muchas de las posiciones que consideramos correctas y que hoy se encuentran petrificadas de cierto modo en la actual normativa constitucional, pero es un riesgo que debemos correr si queremos una Constitución que sea un pacto social validado por todos los actores y representativo del sentir nacional. La fuerza de nuestra argumentación y nuestra capacidad de incidir en la formación de las mayorías representativas de la AC es la mejor garantía para evitar la aplanadora ideológica y la inamovilidad de las posiciones contrarias.

En las definiciones sustantivas, que sólo deben explicitarse en un estadio posterior del proceso, si se quiere ser lo más convocante posible, las distintas fuerzas liberales debieran coincidir en una serie de principios, derechos y libertades. Mantener la supremacía de la persona; la servicialidad del Estado; las libertades negativas (ámbito de libertad en que el Estado no debe inmiscuirse) y las consagradas en el art. 19 de la actual Constitución;  la división y desconcentración del poder; el respeto de los proyectos de vida individual, sin la bota moralizante del Estado de por medio y la declaración completa de la laicidad del Estado. Todos ellos son sólo algunos ejemplos de lo que debe unirnos en el debate constituyente, que sin duda es inevitable.

TAGS: #NuevaConstitución #ProcesoConstituyente Constitución

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Comentarios

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Sergio veliz zuñiga

17 de febrero

Sin duda el debate es apasionante
Lamentablemente no se ve directrices para llevarlo a cabo, hoy no hay coincidencia en lo que se quiere, solo el afán de cambiar por cambiar una constitución que por mucho ya dejó de ser aquella confeccionada en dictadura.
Se desconoce por ejemplo propuesta de forma de estado, de forma de gobierno, generación de autoridades, regionalización, procedimientos de nuevas reformas, rol del estado, alcances de garantías de los viudsdanos etc.
Entre ello no ocurra creo, esencial desarrollar estos temas en paralelo a la idea de reforma, lamentablemente los canales para ello hoy no existen

18 de febrero

A mi me parece que la hegemonía de la izquierda en los sentimientos políticos ciudadanos siempre ha sido evidente, pero no me parece que la gente de la izquierda sean capaces de levantar un plan alternativo concreto igual de hegemónico. Los discursos populares de ahora son los mismos de hace 50 años, también estaba la mayoría contra la institucionalidad vigente pero tampoco nadie era capaz de proponer una constitución alternativa, también muchos buscaban aprobación ciudadana por una asamblea para asi dar por aprobada una constitución o como se llame el engendro que hagan, asi logran evadir esta incapacidad de la izquierda de ponerse de acuerdo entre ellos con algo escrito. La única diferencia con los años 60 es que en ese tiempo gran parte de la izquierda proponía una revolución violenta. Lo único que han aprendido desde ese tiempo es que la institucionalidad se va a defender siempre de la misma forma que se vé amenazada, solo eso. Ahora no solo tienen el gobierno sino que mayoría en ambas cámaras, un poder omnipresente para todo pero no son capaces de crear una institucionalidad alternativa, la amenaza de que hagan “el inverso” de la constitución del 1980 no existe. Rehúsan tomar como texto base la constitución vigente y tampoco nunca dicen “esta es la constitución que propongo para que discutamos sobre ella”. Usted le atribuye a la izquierda un “plan constitucional alternativo”, pero eso no existe.

Saludos

18 de febrero

Tengamos claro que de la asamblea no saldría ninguna constitución, la AC seria una bolsa de gatos que a la larga permitiría ejercer un poder totalitario por haberla aprobado y no creo que alguien de pensamiento liberal como usted piense que eso es bueno.

La constitución debe ser siempre revisada o cambiada o creada por la institucionalidad vigente si quiere tener alguna oportunidad de ver los resultados que usted dice desear.

“Es mejor cojear por el camino que avanzar a grandes pasos fuera de él. Pues quien cojea en el camino, aunque avance poco, se acerca a la meta, mientras que quien va fuera de él, cuanto más corre, más se aleja. (San Agustin)”

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