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Las ventajas de gobernar desde la oposición

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Cuando el gobierno militar dio su aprobación al sistema binominal, singular invento para que el 20% de la derecha dura de este país siguiera controlando las bases de la institucionalidad, lo hizo en la perspectiva de que el riesgo provenía de la posible rearticulación de la izquierda marxista-leninista, a la que había derrotado con el golpe militar de 1973. Como este grupo tampoco era mayoritario, había que impedir que, generando alianzas con grupos del centro, volviera a llevar al país a las puertas del comunismo. En eso, el mecanismo era perfecto. Establecía un veto del 33% que pesaba igual que dos tercios de las fuerzas políticas.

No es lugar para discutir si el sistema funcionó o si fue la historia la que pasó por encima del marxismo, pero en la práctica, la extrema izquierda despareció del mapa político significativo y el sistema se pudo dar el lujo de presentarse como democrático y pluralista barriendo de una plumada y al menor requerimiento con las proscripciones en el plano de las ideas. El Partido Comunista se legalizó y pudo participar de los procesos electorales. ¿Querían democracia? Tenían democracia. A través del binominal, el sistema tenía las salvaguardias necesarias para impedir que llegaran al poder los grupos marxistas.

Vinieron cuatro gobiernos de la Concertación y nadie puso el grito en el cielo. Las bases sacrosantas del modelo no sólo quedaron intactas, sino que se desarrollaron en plenitud. El libre mercado, los equilibrios económicos, la libertad de emprendimiento parecían ser reivindicaciones concertacionistas arrebatadas de las manos del conservadurismo criollo.

Hasta hubo analistas que decían que a la derecha (la dura, la económica) le convenía tanto este maridaje, que alguna responsabilidad habría tenido en los fracasos electorales de la centro-derecha política en las elecciones presidenciales. La lógica de asegurar la estabilidad básica del sistema económico sin asumir los riesgos políticos de los movimientos sociales parecía una justificación perfecta de la creciente ‘amistad’ entre los grandes empresarios y los líderes oficialistas de la Concertación. Algo así como “yo te dejo gobernar, pero no me toques el sistema”. Hasta pusieron buena cara para perdonarse vicios y corruptelas.                                                

Las rencillas internas entre caudillos de la derecha política, plagadas de traiciones y violencias ocultas, parecían ratificar que a la derecha (la verdadera) no le interesaba el gobierno, porque le traía muchos costos y, aparentemente, ningún beneficio.

Con el sistema binominal de dos bloques políticos de igual peso en el Parlamento, la Concertación estaba limitada a cumplir sólo los aspectos de su programa que tuvieran el beneplácito de la oposición. En caso contrario, se perdía en la votación. De hecho, como el costo político de no cumplir con el programa no era de la oposición, sino que del gobierno, éste fue acumulando gradualmente el desgaste que al final llevó a la derrota de la coalición de centro-izquierda.

Hoy, en cambio, el panorama es al revés.  Hoy, el poder de veto binominal le corresponde a la ex coalición gobernante. Y sin embargo, el entorno político en que ejerce este poder es radicalmente distinto.

Cuando la Concertación comenzó a gobernar, tenía el poder de la apertura a la luz pública de los crímenes del gobierno militar. La necesidad urgente de una parte de la derecha de diferenciarse para no morir, renegando de su pasado golpista y de su innegable cooperación con el gobierno de la dictadura le proporcionó un poder impensado que le permitiría hacer algunos cambios cosechando la aprobación política, sobre todo en los primeros gobiernos. Aunque ha  habido intentos de crearlo mediante descalificaciones del gobierno anterior, hoy, objetivamente, ese poder extra no existe.

Mientras a principios de los gobiernos de la Concertación RN buscó un distanciamiento rápido de la dictadura,  la UDI intentó afanosamente y con mucha contradicción y dolor rescatar los aspectos positivos del régimen militar, aduciendo ignorancia y desinformación respecto de los excesos terroristas del Estado.  A la postre, esto le costó a la UDI que el primer presidente de derecha no fuera de sus filas.

Con astucia de empresario, Piñera divisó la oportunidad y se matriculó con éxito en un programa de mimetización con la retórica del centro, levantando banderas electorales más allá de la raya tradicional del ideario político de los partidos que lo apoyaban, lo que le permitió contar con los votos faltantes para llegar a la primera magistratura. El intento anterior de Lavín,  definitivamente,  había carecido de credibilidad.

La estrategia fue, en resumen,  el  Programa de la Concertación, incluyendo temas como el matrimonio homosexual, la revisión del sistema binominal, la devolución del 7% a los jubilados, la ampliación del postnatal, el voto de los chilenos en el extranjero, reforma laboral, fin de los abusos de los bancos, reforma del sistema carcelario, nueva justicia civil, etcétera. Todas ellas medidas que, según la publicidad, “los gobiernos de la Concertación fueron incapaces de cumplir”, a lo que se agregaba el plus empresarial de la eficiencia y la probidad;  bien hecho, por gente de “excelencia” y exaltando el viejo mito de que “los millonarios no necesitan robar”. 

El menú estaba preparado. Llegar y servirse.

Terremoto en febrero, se produce el triunfo.  La prioridad es la reconstrucción. Un buen discurso del 21 de mayo, algunas dificultades para la instalación y listo. Cuando el gobierno debe empezar a gobernar, el caso de los mineros. Un tratamiento mediático de primera retrasa los primeros enfrentamientos. Mientras tanto, la Concertación sigue en retirada, como si la discusión del porqué de la derrota tuviera alguna sustancia.

Volvemos al binominal.

Las promesas de Piñera no son promesas de la derecha.

Hoy la oposición está en la mejor de las posiciones para gobernar de veras. Así como alguna vez la derecha pudo haber pensado en la inconveniencia de asumir el gobierno, hoy la oposición debería analizar su posición privilegiada en estos tres años que quedan.  Desde la barricada de la oposición tiene la oportunidad de liderar el cumplimiento del programa –que es también su propio programa-, exigiendo que el gobierno  haga lo que prometió, y que lo haga ya y bien. No debe dejarse quitar el programa. Está claro que el gobierno no tiene ninguna posibilidad de aprobar leyes que no cuenten con la aprobación de la oposición. La estrategia  se transforma entonces en “win-win”: la oposición gana si el gobierno cumple sus promesas electorales (puesto que fueron las promesas históricas de la Concertación) y gana si no lo hace porque demuestra la demagogia de un gobierno que por ganar elecciones promete cualquier cosa y que no es eficiente en términos  de alinear sus propias fuerzas para traducir sus promesas en realidad.

Hoy la Concertación tiene la posibilidad de devolverle la mano a la derecha, obligándola a poner en discusión los problemas políticos y valóricos más importantes y que han permanecido sin solución. Ya la derecha no podrá ser obstáculo para aprobar las promesas de su Presidente. La oposición de los sectores más reaccionarios se neutralizará con el apoyo masivo de la Concertación y de los sectores más liberales del oficialismo, que rehusarán la extorsión ultraderechista por temor a comprometer la posible continuidad del régimen de la Coalición por el Cambio (sobre todo porque el turno le corresponde a la UDI). Los beneficios pueden ser para la Concertación; los costos, del Gobierno.

La Concertación debe aceptar que ya no es gobierno, pero no debe renunciar a gobernar, porque así está diseñado el sistema binominal: en materias políticas fundamentales se gobierna desde la oposición. El oficialismo tan sólo maneja el aparato administrativo. Ese es el diseño, ésa es la tarea de hoy. Como decía Aylwin, se gobierna “en la medida de lo posible”, y “lo posible” es siempre lo que permite la oposición.

Si al final de este período de gobierno, la Concertación puede exhibir haber obligado al gobierno a cumplir su programa, entonces habrá demostrado que tiene la capacidad política para volver a hacerse cargo de la administración.  Sobre todo porque el programa de Piñera excede el límite del ideario de la derecha más extrema, por lo que las posibilidades de cumplirlo no son muy auspiciosas si no es con el respaldo y la presión de la Concertación.

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Foto: Running to the middle – HikingArtistLicencia CC

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01 de noviembre

Interesante perspectiva. Mientras no se cambie el sistema, hay que aprovecharlo

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