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Las ideas de la derecha

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De lo que se trata ahora, entonces, es de evitar la debacle. De que esa derrota en ciernes no se transforme en una catástrofe, que les impida incluso mantener los quórums necesarios para defender los pilares de la institucionalidad vigente. Hacia allá van encaminados sus esfuerzos.

La derecha chilena sabe muy bien que en la próxima elección presidencial será derrotada.

Como no tienen un pelo de lesos, quienes la conforman han internalizado,  hace rato, ese amargo e inevitable desenlace. Están plenamente conscientes de que los milagros existen, pero son muy, pero muy, poco frecuentes.

De lo que se trata ahora, entonces, es de evitar la debacle. De que esa derrota en ciernes no se transforme en una catástrofe, que les impida incluso mantener los quórums necesarios para defender los pilares de la institucionalidad vigente. Hacia allá van encaminados sus esfuerzos.

No tienen, eso sí, muy claras las causas de este fenómeno. Para la gran mayoría es incomprensible. De hecho, casi todos piensan que sus ideas, las ideas de la derecha, son mejores que las de sus rivales; que se hallan, como por ahí sostiene una columnista ―sin esgrimir prueba alguna, desde luego―, más cerca de la verdad. ¿Es tan así?

Tratemos de hacer un poco de luz al respecto. Cuatro son las principales ideas “cercanas a la verdad” que figuran en todos los listados “derechistas”: las libertades individuales, la familia, el libre mercado y el derecho de propiedad.

Ellas son las que deben protegerse a ultranza, manteniendo para tal fin, en lo posible intactos, el modelo económico ―con sus rígidos preceptos acerca del papel del Estado en la economía y el nivel de los impuestos― y la institucionalidad vigente ―con los sólidos principios y valores que le dieron origen. La derecha sería, según esta perspectiva, el núcleo donde se concentran sus defensores, y los demás sectores políticos, la horda que pretende pasarles la aplanadora, porque no las comparte o porque considera que hay otras que son prioritarias.

Dos consideraciones habría que hacer al respecto:

Una es que cuando se trata de valores, el espíritu libertario de nuestra derecha tiende a desaparecer. En efecto, hace muy poco ella era partidaria acérrima de restringir libertades tan básicas como la de decidir el término de una relación matrimonial, o la de que los hijos naturales dispusieran de todos los derechos ciudadanos consagrados en la Constitución. Aún hoy, pretende confinar la concepción de “familia” sólo a la familia tradicional, pasando por encima de los derechos de todos quienes las han formado de otro tipo (como, por ejemplo, los homosexuales). Más aún, en la estrecha concepción derechista, una mujer que carga en su vientre un feto inviable, no puede hacer uso de su derecho a optar por no seguirlo haciendo; tampoco un ser humano desahuciado, a no seguir sufriendo y a no continuar destruyendo a su familia. En esos casos no rigen las libertades ciudadanas. La posición de la derecha es que las libertades que pueden ejercerse ―y deben, por ello, protegerse― son las que se engloban en su arcaica concepción del mundo. Las demás no sólo no tienen que custodiarse, sino que deben, lisa y llanamente, coartarse.

La segunda, que es efectivo que las libertades económicas ―la de emprender la actividad que les parezca más conveniente; la de elegir los bienes y servicios que más les acomoden (incluyendo allí la educación, la salud y la vivienda); la de escoger el trabajo que mejor se adapte a sus intereses y capacidades; y la de disponer, como mejor les parezca, de su patrimonio personal (el derecho de propiedad)―, deben protegerse.

Como paso previo, sin embargo, deben poder ejercerse. Porque ocurre que en Chile hay un 60% de la población que en sus actuales condiciones no está habilitado para hacer uso de dichas libertades. Debe, obligadamente, concurrir al colegio público más cercano, al consultorio de su barrio o al hospital de su comuna, y al almacén de la esquina; tiene que aceptar el trabajo que esté disponible, por mal remunerado que éste sea; debe recibir la vivienda que le tocó, no importando el sector donde ella se ubique ni el equipamiento del que disponga; tiene que movilizarse en el Transantiago en las horas peak, por muy incómodo y denigrante que le resulte; y no puede disponer a su antojo de su patrimonio personal porque simplemente carece de él.

Por consiguiente, para ser justos habría que decir que las ideas de la derecha son mejores, cierto, pero sólo para su sector. Mantener el statu quo sólo favorece a quienes se benefician con el Chile de hoy, y ellos, qué duda cabe, no son mayoría.

Para favorecer al resto  ―a ese despreciable 60% del país― es necesario cambiar las instituciones que han permitido la insostenible situación actual: la arcaica constitución que nos rige, con su concepción oligárquica de la sociedad, y el modelo de desarrollo vigente, con la inmoral carga de inequidad que trae a cuestas.

Aunque en este último caso, muchos (entre ellos, gran parte del equipo económico de Michelle Bachelet) se nieguen a aceptarlo.

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