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La legitimidad del proceso constituyente

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El proceso constituyente está en marcha. Indefectiblemente, en un par de años Chile tendrá una nueva Constitución nacida en democracia. Ello, independientemente, de si el actual Congreso no aprueba la reforma constitucional que posibilita que el próximo Parlamento defina uno de los cuatro mecanismos de discusión y aprobación. Es, finalmente, una cuestión de tiempo.


La Constitución del nuevo Chile no puede nacer con “vicios de origen”. La nueva Constitución no puede tener debilidades de “legitimidad de uso” y no sólo debe responder a las demandas del Chile que está emergiendo, sino también a la nueva correlación de fuerza que se está instalado.

Desde el mismo día que se firmó la Constitución de Lagos en el 2005 comenzaron las presiones y las voces por más reformas o por una nueva Carta Magna. Fue, en consecuencia, un tema de campaña en las dos últimas presidenciales que se ha instalado en el debate público para quedarse y convertirse en realidad en los próximos años. Hay que reconocer, que este hecho es un triunfo político de  Bachelet y la Nueva Mayoría.

Podemos ir más lejos y constatar que el clamor por una nueva Constitución se remonta a  mediados de los ochenta cuando desde la oposición surge la demanda olvida –o tranzada- no sólo por una nueva Constitución, sino también por una Asamblea Constituyente: estoy pensando en el discurso de Frei en el Caupolicán, en el Grupo de los 24 o en la Alianza Democrática.

No podemos desconocer que la reforma constitucional de Lagos fue importante en el desmonte de la “democracia protegida”. Era evidente, en aquel momento que era un cambio insuficiente –pero, necesario y relevante- ya que no sólo seguía con “vicios de origen”, sino también no daba cuenta del nuevo Chile que comenzaba a emerger y de la nueva correlación de fuerzas que se comenzaba a insinuar. La movilización estudiantil y ciudadana del 2011 vino, definitivamente, a sellar la suerte de la constitución pino-laguista: había llegado el momento de un cambio de forma y fondo.

La presión política y ciudadana por una nueva Constitución, nacida en democracia y con la participación de todos los sectores políticos y sociales del país, nos tiene hoy en un proceso constituyente en marcha que cada día va ganando en legitimidad.

Aquí, radica el problema político más importante de la nueva Constitución: su legitimidad. Este es, sin duda, el requisito fundamental.

La derecha debe entender, sobre todo, el gremialismo, que la constitución del ’80 fue diseñada –independientemente, de sus méritos, éxitos o fracasos- entre cuatro paredes –comisión Ortúzar-, con Estado de sitio, con represión política, sin participación ciudadana y con amplios sectores del país –la centro izquierda- ajena a ese proceso. Es más, su mecanismo de aprobación –un plebiscito espurio- tampoco goza de la legitimidad necesaria.

Que la oposición al régimen, haya optado por participar de la lucha política que esa institucionalidad trazaba con las reformas del ’89 incluidas, no es condición suficiente para desconocer su ilegitimad de origen. Como tampoco, las sucesivas reformas que se le han hecho. No obstante, la participación de la oposición en esa trama institucional contribuye, sin duda, a aumentar sus niveles de “legitimidad de uso”. Llevamos 26 años funcionando bajo su normativa y disposiciones. Llevamos 26 años practicando las reglas de una “democracia protegida” que anula la soberanía ciudadana y la esencia democrática.

Sin embargo, la demanda por una nueva constitución surge y se instala –cada vez con más fuerza- no sólo por sus “vicios de origen”, sino también porque no responde al Chile que emerge post Lagos y que se consolida con las movilizaciones del 2011. Bachelet, en el discurso de octubre del 2015, en el que pone en marcha política e institucional el proceso constituyente afirmó que: “la actual Constitución tuvo su origen en una dictadura, no responde a las necesidad de nuestra época ni favorece la democracia. Ella fue impuesta por unos pocos sobre la mayoría… nació sin legitimidad y no ha podido ser aceptada como propia por la ciudadanía”.

Sumando y restando, estamos inmersos en un proceso constituyente. Ello, no obstante, genera dudas y temores de unos y de otros. Lo primero, en consecuencia, es que este proceso constituyente que conduce a una nueva constitución debe lograr “legitimidad de origen” y “legitimidad de uso”.

La fórmula bacheletista es que debe ser “institucional, democrático y participativo” . Institucional, porque se genera dentro de los cauces institucionales asegurando continuidad institucional; democrático, porque se va realizar con las reglas de la democracia y participativo, porque “todos” –desde los 14 años- pueden participar de los “debates ciudadanos”; que, según dicen, serán la base conceptual e ideológica del proyecto de nueva constitución.

Afirmar, que la trinidad –“institucional, participativo y democrático”- es una buena respuesta, no implica, desconocer que se trata de un proceso incierto, un poco gelatinoso, una especie de híbrido que está lleno de dudas y cuestionamientos. En este contexto, en consecuencia, debe acumular legitimidad.

Lentamente, todos los sectores se van incorporando al proceso constituyente. Las resistencias de Piñera han cedido y ha terminado afirmando que compromete su “plena y leal colaboración”. Lo mismo ha ocurrido con sectores de la derecha, incluido, el “Chile Vamos”. La UDI, nuevamente, va transitando hacia el aislamiento.  Sin embargo, no sólo se trata de que participen los partidos y los líderes de opinión –políticos, incluidos-, sino también que en la fase de los diálogos ciudadanos participe la mayor cantidad de personas. Este hecho, será la primera prueba de este proceso: poca gente lo debilita, mucha gente lo fortalece.

La legitimidad del proceso constituyente se va construyendo día a día. Es, en consecuencia, un problema político que va estar presente en todo el proceso y siempre lo va poner en duda; es más, hasta el plebiscito de ratificación la legitimidad estará amenazando con debilitarlo.

La Constitución del nuevo Chile no puede nacer con “vicios de origen”. La nueva Constitución no puede tener debilidades de “legitimidad de uso” y no sólo debe responder a las demandas del Chile que está emergiendo, sino también a la nueva correlación de fuerza que se está instalado.

TAGS: #NuevaConstitución #ProcesoConstituyente legitimidad

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Comentarios

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Servallas

30 de abril

Ud. indica con cierta precisión…”un proceso incierto, un poco gelatinoso, una especie de híbrido que está lleno de dudas y cuestionamientos. En este contexto, en consecuencia, debe acumular legitimidad…”, desde mi óptica, pienso que si hay que cambiar esta carta,  escenario que no termina de convencerme, esto debería hacerse por medio de un congreso representativo, uno que represente a la totalidad de la nación, asesorado por especialista, por gente que al menos entienda o se dé cuenta el qué esta en juego. Nuestro actual congreso y nuestro actual gobierno con bajísimos índices de aceptación representan sólo a grupos pequeños fuertemente idelogizados, carentes de visión de la realidad. Por otra parte, incorporar cabildos manejados por grupos de gobierno, es al menos intentar diseñar un carta fundamental por secretaría, o lo que es lo mismo, convertir a Chile en una república socialista por secretaría, algo que el país rechaza por las urnas, queremos ser libres.

02 de mayo

El Constituyente debe producir y/o asegurar la producción de una cosa, de al menos una cosa y como mínimo una cosa segura.

No es una larga lista de demandas sociales. Es democracia, porque hasta hoy hablamos de una o unas democracias “con apellidos”, que debemos añadir que se han ajustado a los procesos que han ocurrido en el tiempo, pero, hoy el conocimiento de la gente es mayor y tenemos herramientas digitales que antes no teníamos y que pueden y deben ser mecanismos con los que lograr un funcionamiento de los sistemas nacionales con mucho mejores resultados de los que se ha logrado en el pasado, con las antiguas democracias.

Es decir, el Constituyente debe producir una “democracia democracia”, o verdadera democracia y luego en su ejercicio, producir cada año una Constitución, si alguien cree que es importante o necesario,

sin embargo la diferencia de aquella(s) constituciones está en que serían nacidas verdaderamente en democracia, pudiéndoseles pedir nuevas cosas respecto de lo que ahora se logre, debido a que vivimos el reino de la dictadura de la mafia política de los nauseabundos y coludidos partidos políticos,

esperándose de ellos, cuando tomen la torta de las “Bases ciudadanas”, que actúen en conformidad a lo que ha sido, desde siempre,

su putrefacta corrupción y no podrá llamarse a “ojos de todos”, de ninguna forma, terminantemente, (espero se note lo enfático)

Constitución democrática, a lo que esa mafia, proponga…

02 de mayo

El que se haga una idea de legitimación porque, nominalmente, será una “Constitución redactada por todos” (sic), será probablemente, un problema mayor. Porque el que los de hoy hagan una Constitución no implica que los de mañana no quieran hacer la suya. Por lo tanto, bajo la premisa de que las Constituciones de hacen en forma popular, habrá mas presión continua por hacer la propia; lo que llevará a un desgaste enorme cada, digamos, 10 años. Por lo mismo, quizas lo mas recomendable sería establecer una suerte de “Carta Magna” que diga poco, pero lo básico, y una parte dos que pueda ser cambiada cada cierto tiempo, por las nuevas generaciones. Pero el caso es que la incertidumbre continua llevará seguramente a un problema mas grande. Por lo tanto, vaticino yo, se hará el show de la participación ciudadana, pero finalmente la redactarán los mas cazurros constitucionalistas del conglomerado que impulsa el proceso. Y harán como que fue creada por todos, pero a su gusto.

02 de mayo

“En tal caso”, ¿qué sería un desgaste?, porque “debe ser”, “sólo lo que debiera ser” (hacer y lograrse) hasta que una mayoría racional manifieste satisfacción.

No olvidemos que detrás del Constituyente, está, entre otros, el anhelo de un país que no usure a los más pobres, que no le robe a la gente con usura y con trampas, lo que implica eliminar la posibilidad de que una persona no pueda acceder a un crédito barato, en algunos casos tal vez con garantía estatal y a costo de Banco Central.

Además, es necesario teorizar y debatir formas con las que el Estado pueda rentar a cada persona un sueldo, ya que el país es dueño soberano de importantes recursos que deben ser explotados de forma soberana y usufructuados de forma soberana. Aunque ello nos tome dos décadas, para no echar a nadie de una forma que no sea la diplomática, es algo que podríamos lograr si nos lo propusiéramos, de forma que con la debida organización seamos un pueblo que garantice determinadas necesidades fundamentales a su gente.

De forma similar, hay asuntos de mucha importancia que deben ser tratados de la forma adecuada. Uno de ellos, lo que es el sistema de elección de cargos políticos, de forma que se termine el nombramiento por secretaría (o sistema político amparado en la actual Constitución), porque debiera hacerse mediante concurso público y supervisión ciudadana.

E.d., bien y contentos por lo que ahora se logrará, pero, si falta algo, deberá hacerse, si es necesario…

02 de mayo

Estimado, lo que pasa es que hay un error de concepto muy popularizada por la izquierda
Esto es que la famosa Constitución será capaz de diseñar una sociedad ideal. Al parecer en ella se explicitará como deben ser las personas, como deberían comportarse, que sentimientos les debieran aflorar con los otros…..en suma, algo parecido al intento constitucional de 1823, lo cual fue desechado en menos de un año.
Las constituciones, al revés de lo que se piensa ahora, como una forma de limitar el poder del soberano. La carta magna inglesa fue hecha para que Juan sin Tierra no pasara por arriba de los otros nobles…no tenía nada de ingeniería social en si. Porque, definitivamente, no es un papel el que nos dirá que pensar ni como. Pero se está vendiendo como si fuera la forma de que ahora todos seamos comunitarios, honrados, sencillos, generosos y un montón mas de buenos deseos.

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