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La insostenibilidad del electoralismo purista

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El escenario político en Chile ha ido mutando, una vez avecindado el año electoral. Por simple inercia, quienes han estado sometidos a roces durante años han decidido cerrar filas, en pro de “conquistar el poder”. Hace unos meses logramos divisar como las distintas colectividades del Bloque de conducción (Frente de Estudiantes Libertarios, Unión Nacional Estudiantil, Izquierda Autónoma*), siempre reconocidas y asumidas como parte de una izquierda extra Nueva Mayoría, lograron unir a su trinchera al mismísimo Partido Liberal. Sería miope asumir que el escenario terminó, o empezó ahí, dado que en la mañana de este domingo el -ad eternum- candidato Presidencial Marco Enríquez Ominami reconoció, tal como lo había hecho Andrés Lagos, las cercanías que se estaban logrando entre el PRO y el PC. Y no solo en el sentido zurdo de la brújula, sino también en el bando contrario: vimos a Amplitud y Evópoli (asumidos como centro y centro-derecha, “liberal”, respectivamente) encadenándose al candidato por Chile Vamos, Sebastián Piñera.


Los partidos, en su mayoría, deciden por ende abandonar la formación militante y las perspectivas nacionales, fuera del año de sufragio, con tal de afianzar una buena posición electoral.

El motivo de esta columna no es refutar el tan popular y conocido concepto de la realpolitik, levantado por Maquiavelo, sino demostrar las distintas sintomatologías políticas que puede acarrear generar un pacto anclado, exclusivamente, al escenario electoral. Sin atender, previamente, al trabajo de bases y la escéptica y aguda mirada con que esto es percibido por la ciudadanía (entiéndase como un símil de pueblo, sociedad civil, nación, etc).

Al momento de cimentar una estrategia política, pueden ser tres los elementos que jueguen un rol clave en el éxito y devenir de esta: (1) buscar concordancias programáticas, referente al futuro que se considera mejor para el país; (2) ejecutar esto en el plano electoral, con miras de disputar la democracia liberal; (3) dar una prolongación a esto en el tiempo, con el fin de que los distintos frentes del movimiento, y la ciudadanía en general, pueda asimilarlo y darle una proyección más profunda, relativa al cambio de paradigma que todo ente político pretende lograr. El orden, obviamente, no es excluyente, puesto que depende mucho del funcionamiento interno, y la cosmovisión ideológica, que tenga dicho movimiento y/o partido.

El meollo del asunto está en que, pese a cumplir las dos primeras etapas, el modus operandi de la fronda política chilena tiende a evitar la tercera (trabajo de bases, legitimidad social). El ejemplo fidedigno de esto, en el último tiempo, ha sido el cómo ha funcionado la Nueva Mayoría, luego de fijar un programa en conjunto y levantarlo a nivel político-institucional, frente a la jamás lograda armonía social en sus distintas estructuras sociales. No hace mucho, la misma Democracia Cristiana decidió hasta formar una alianza con el MUD (Frente Amplio), en el Colegio de Profesores, con el fin de sacar a los comunistas. Y viceversa, también se ha dado, por supuesto. Pese a que a la interna se defiende esta antítesis constante, dado que se presiente la Nueva Mayoría como un “continuo e importante espacio en disputa”, los datos empíricos señalan que esa misma indeterminación y, constante, tensión interna le ha hecho perder peso a nivel país. Por lo demás, algo no muy distinto ha ocurrido/ocurre en la Alianza/ChileVamos, como ya lo nombramos, y en menor intensidad en el Frente Amplio (evidentemente, es porque recién se está formando… pero aun así no se han podido evitar las “políticas del vejestorio”).

Indudablemente, el responsable principal de lo anterior es el profundo caciquismo arraigado en las organizaciones sociales y políticas ¿Por qué? Porque las decisiones, legítimamente o no, terminan pasando por una minoría (en forma de voceros, representantes, etc) y no prima el sentir colectivo de quienes, lo queramos o no, también son ciudadanos y tienen reticencias totalmente justificadas a seguir más de lo mismo. Es muy difícil, en la praxis, pedirle a un militante de un colectivo de izquierda del FA que entienda, sin mayores explicaciones, lo trascendental que debiera ser trabajar con Vlado Mirosevic, quien hace unos años hacía lo mismo pero con Renovación Nacional. O pedirle a un militante comunista que entienda, solo porque parte de su comité realizó una reunión a puertas cerradas con MEO, lo importante que debe ser la unidad, cuando él percibe la realidad y los vínculos entre dicho grupo y SQM. Sin remitir a lo beneficioso que esto pueda ser en la praxis política, a fin de cuentas carece de sentido llevar adelante una política de este tipo si el chileno de a pie no le entiende. Y, lamentablemente, el cacique tampoco tiene la intención de modificar su lenguaje para el resto; porque, en el fondo, percibe como políticamente correcta la estrategia burocrática sin un claro devenir social.

Lo anterior no es más que muestra del problema que inundó la política de la transición: bloques políticos masivos, pero sin las masas (a diferencia de lo que ocurría previo a la dictadura…). Puesto que las elecciones, en sí mismas, se han convertido en un fin y no en el medio que son. Los partidos, en su mayoría, deciden por ende abandonar la formación militante y las perspectivas nacionales, fuera del año de sufragio, con tal de afianzar una buena posición electoral. En otras palabras, hay una “subversión de valores por la sustitución del ritualismo electoral a la sustancia democrática”.

Si se atendiera a la democracia como algo que está por sobre la elección, es decir, el considerar a la elección no como un fin en sí mismo -lo que sí es la democracia- sino un medio para “designar a los funcionarios representativos del Estado”, la escisión entre uno y otro paso no sería tan abismal como lo es ahora.

Puesto que la imposibilidad de aplicar y gestionar lo obtenido en la elección, es decir, la prolongación del electoralismo hacia la ciudadanía, no provoca más que un desorden, ambigüedad y traición en las estructuras colectivas; se entiende, categóricamente, el triunfo de quienes han logrado brindar certeza política ante el rito circense -como lo es el apuñalarse entre aliados- que atraviesan sus contendores. En otras palabras, se comprende fácilmente el cómo ChileVamos logró superar al resto de los bloques políticos en las elecciones Municipales pasadas, no justamente porque estén libres del vicio electoralista, sino porque remediaron completamente la falta de convencimiento, y esto, ante una ciudadanía tan reticente a la poco fausta realpolitik chilensis significa demasiado.

El fin de este escenario está por verse, en continua mutación y desarrollo. En parte, quienes han pisado el lodo han optado, tal como diría Mirko Macari, por la estrategia más simple y predecible: poner outsiders políticos. Sin embargo, tal a como ha pasado en el escenario internacional, pareciera que la victoria de aquellos que triunfaron en el sentido común, aun cuando sea de forma sofista, resulta imparable. Sin lugar a dudas, también, podremos sacar conclusiones más certeras sobre el cambio de paradigma cuando se vean los efectos del nuevo sistema electoral (además del ignorado voto extranjero). De cualquier manera, me atrevo a aseverar que mientras no se solucione la contradicción entre electoralismo y democracia, difícilmente los contendores de Piñera puedan arreglar esto fuera de unas vacaciones de 4 años (¡y pareciera que lo piden a gritos!).

TAGS: #IzquierdaChilena #PartidosPolíticos

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Comentarios

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gfghfhg

04 de abril

una pregunta:

¿cómo resumiría sintetizaría usted la intriga que describe?

05 de abril

Como un fenómeno ajeno, principalmente. Dado que está muy por fuera del alcance a personas de a pie, como nosotros. Por ello la alusión al “caciquismo político”.

Ahora, más allá de una intriga propiamente tal, hablaría de la irrupción de un escenario electoralista de manera transversal en el escenario político, provocado, entre otras cosas que no señalé, por la poca duración de años del cargo presidencial. Por cierto, es una expresión fidedigna de la desconexión entre política, ciudadanía y bases políticas. O sea, en otras palabras, estamos alejados aun de un verdadero cambio de paradigma y/o cultural.

Espero haber satisfecho tu pregunta.

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