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La ideología de la técnica, sustento de consensos postdictadura.

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Se considera mayoritariamente en la dirigencia política chilena, que el éxito de la transición de una dictadura a un régimen democrático, iniciado en el año 1990 y concluido en distintas fechas, dependiendo del analista que se consulte, se debió en gran parte a la denominada “política de los consensos”. Esta política fue el reflejo de una actitud de los actores políticos que favorecía la búsqueda de acuerdos y la evitación del conflicto, con la justificación de que el momento, de fragilidad del naciente régimen democrático, lo requería.

No niego que lo anterior es en buena parte efectivo, sin embargo, postulo que existió otro factor tan relevante como el anterior, que dio sustento a esta política de los consensos y que no es otro que la adhesión transversal e inconfesada a lo que he denominado sintéticamente como  “ideología de la técnica”,  que se puso en acción de manera pragmática por una capa tecnocrática presente en todos los partidos políticos que detentaban el poder, ya sea como oficialismo o como oposición. Esta actitud inmanente, al ser compartida por todos los actores, se hacía invisible: nadie manifestaba su adhesión a una ideología de esta especie dado que no era consciente.

¿Pero cómo podemos caracterizar a esta ideología? Como antecedentes históricos de ella podemos mencionar el positivismo y el neoliberalismo y, como condicionante, el debilitamiento de las ideologías tradicionales en el eje izquierda-derecha como pensamiento hegemónico. Lo anterior condujo a una naturalización del avance técnico como respuesta a problemáticas de índole social, naturalización que fue asumida transversalmente por los actores políticos y también por un sector mayoritario de los ciudadanos.

el neoliberalismo generó el debilitamiento del Estado como agente que propende al bien común, el reforzamiento del individualismo que debilitó la asociatividad y solidaridad y la hegemonía del pensamiento clásico económico como visión única.

La mirada positivista implica ver una realidad objetiva, independiente del sujeto y que no requiere interpretación, es la misma para todos y cualquiera. Bajo esa mirada, las ideologías dominantes en Chile hasta el año 1973, pierden sentido y potencia.  Por otra parte,  el neoliberalismo generó el debilitamiento del Estado como agente que propende al bien común, el reforzamiento del individualismo que debilitó la asociatividad y solidaridad y la hegemonía del pensamiento clásico económico como visión única. Todo lo anterior concurre a una síntesis en la “ideología de la técnica” que en mayor o menor medida impregnó a los partidos políticos detentadores del poder en el Chile post Pinochet.  Lo que los actores no veían ante sus ojos era que este conjunto de postulados y creencias conformaban en la práctica una ideología, que por la fuerza de su adhesión se transformaba en absoluta y totalitaria.

¿Cuál era la pragmática de esta ideología? Hemos dicho que esta ideología operaba como otro soporte de la política de los consensos. Los tecnócratas del gobierno y de cada partido político, conformaron en la práctica un partido transversal, compartían una misma visión, un mismo lenguaje y la misma respuesta frente a los desafíos del futuro. Que mayor evidencia de lo anterior era que los ministerios dominantes en la naciente democracia fueron los de Hacienda y Economía, y el órgano inquisidor la Dirección de Presupuestos.

Los “expertos” se transformaron en los consultores y jueces de toda política pública, y ante cualquier disputa o diferencia se recurría a ellos para que dieran la respuesta técnica como la única verdadera, y ante la cual la política debía subordinarse. Cual  nueva religión, la ideología de la técnica condenaba al ostracismo a los disidentes justificándolo en que eran portadores de una visión “ideológica e interesada”, como si fuera herejía.

La situación anterior predominó sin mayor contrapeso prácticamente hasta el año 2006, en que una primera resistencia se manifestó en el movimiento pingüino. Por primera vez un sector mayoritario de estudiantes secundarios se plantaron frente a la hegemonía de la ideología de la técnica con una visión contrapuesta: la comunidad existía y no sólo el individuo, la política era necesaria y la técnica debía subordinarse a un proyecto de sociedad compartido y trascendente. Esta primera resistencia fue el antecedente de una explosión social sin precedentes en la sociedad chilena post Pinochet: el movimiento estudiantil del año 2011 que sorprendió a toda la institucionalidad política por igual reclamando el fin al lucro, que era objeto de reverencia como factor necesario en el desarrollo social. Basta mirar los programas de gobierno de los candidatos en la última elección presidencial para constatar el declive de la visión técnica como una única respuesta.

De ahí nada ha vuelto a ser igual. La ideología de la técnica ya no es hegemónica y han resurgido otras visiones propiamente políticas frente a la cual la técnica debe subordinarse. Los tecnócratas de uno y otro lado, cual cofradía, se resisten a la pérdida de su poder y siguen atacando a los que detentan la otra visión como “ideólogos”. No logran darse cuenta, en actitud ingenua, que durante mucho tiempo fueron los representantes de un absolutismo ideológico radical.

TAGS: Política de los consensos Tecnocracia

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18 de agosto

Si hay algo que nos demuestran los estudiantes con su lucha es que el neoliberalismo se encuentra incapacitado para traernos bienestar. Resulta que el crecimiento de la economía solo se traduce en desarrollo cuando de los frutos de ese esfuerzo gozamos todos, no solo esa élite que es dueña de nuestro trabajo, recursos y vidas. Entonces, “desarrollo” significa mejorar nuestra calidad de vida, quiere decir equidad, democracia política, inclusión social, un país soberano en términos económicos y popular en el sentido que reivindica la cultura del trabajo, del compromiso, de la solidaridad de clase y una economía de la producción, aquella que contradice ese sistema neoliberal profundamente especulativo que no genera riquezas sino que se las apropia.

En Chile ese fracaso podemos verlo en las calles, en las alamedas de Santiago, en las avenidas de Valparaíso o de cualquier otra ciudad. Hablo de la increíble desigualdad que existe, esa que nos convierte en uno de los países más injustos del mundo. “El crecimiento con igualdad” de Lagos, como cualquier otro proyecto que supuestamente busca oportunidades para la mayoría, son un gran fracaso porque por cuestiones ideológicas no son considerados todos los aspectos del problema. Es decir, la igualdad de oportunidades nos remite a cierta manera de distribución de las mercancías, lo que a su vez implica actuar sobre la forma de circulación y de producción de las mismas, que los neoliberales no pueden tomar en cuenta sin revelar sus propias irracionalidades. En otras palabras, actuar para eventualmente paliar y superar la desigualdad involucra un cambio radical en el modo de circulación, de distribución y de producción de los bienes y servicios que actualmente se organizan a partir de la lógica capitalista; ello es inaceptable para los dominantes porque la democracia popular es contraria a sus intereses.

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