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La hora de la verdad

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¿Qué es el honor? ¿Qué se pierde cuando se le pierde? ¿Se puede recuperar el honor perdido?

El honor no es un valor objetivo. No viene con el certificado de nacimiento: se gana a través de los años. Y ni siquiera se establece inequívocamente por un modo de comportamiento regular ni se obtiene luego de haber alcanzado ciertas metas o haber cumplido ciertas tareas.


Ya pasó el momento del cinismo, del silencio, del descreimiento, y de hacerse el desentendido. Llegó la hora de la verdad. Ya no bastan los calmantes y las verdades a cuenta gotas.

El honor lo otorgan los otros, la comunidad que rodea a un individuo. Es un intangible que se acumula de acuerdo a la impresión que generan los “honorables” en las personas de su entorno en base a sus dichos y sus actos. Pero no basta con hacer y decir cosas honorables: el resto debe darse por enterado de estos actos y hechos, y valorarlos. Y en muchos casos, el honor se gana en base a la promoción que se hagan de esos actos y hechos que deban ser motivo de reconocimiento.

Es decir, una comunidad no puede considerar honorable a alguien que no conoce.

Por tanto, el honor implica que la comunidad esté enterada de la calidad de los actos y los dichos de un individuo y a partir de eso se haga un alto concepto de su persona.

Al mismo tiempo, este concepto del honor funciona al revés: lo que hace que una comunidad pierda respeto por un individuo se debe a que esté informada de la mala calidad de sus actos y sus dichos, y por tanto, se le quite todo atributo de honorabilidad.

Mucho se ha dicho en los últimos días respecto al respeto que merecen quienes han estado involucrados en casos de tráfico de influencias, financiamiento ilegal de campañas y corrupción mientras no se establezca su completa culpabilidad en estas acusaciones. En algunos casos, se ha tratado de empresarios, pero también de candidatos a cargos políticos, ex funcionarios del gobierno actual y el anterior, parlamentarios en ejercicio y empleados y familiares de esas personas.

Por cierto, ese respeto es innegable: todas esas personas merecen respeto, y en el caso que estén imputados en delitos, merecen un juicio justo. De eso se trata el Estado de Derecho.

Pero no puede exigirse a la comunidad que esas personas sigan siendo consideradas honorables si hasta el momento toda la información con la que se cuenta es la que se ha hecho pública, y quienes han sido acusados de estos cargos no han entregado respuestas lo suficientemente satisfactorias para -al menos- suspender un juicio moral sobre lo que han hecho.

La solicitud que han hecho algunos presidentes de partidos políticos y la misma presidenta de la República es esperar el dictamen del sistema judicial chileno antes de emitir declaraciones y tomar medidas -simbólicas o concretas- sobre estos casos. Esto es muy incomprensible desde la perspectiva de la comunidad que es testigo de estas imputaciones. Muchas veces el juicio moral no admite grises, se queda en el blanco y negro: O se robó, o no se robó. O se obtuvo ganancia (monetaria o de otro tipo) de una transacción indebida o no se obtuvo. Y se espera que quienes son sometidos a juicios morales sepan dar respuestas rápidas y taxativas a las acusaciones. Que nos digan: “nunca ha llegado un peso de manera ilegal a mi campaña y lo probaré ante los tribunales porque esta acusación es una infamia”, y no “nadie se ha hecho millonario con esto”. O bien que se diga: “Sin estar enterado del detalle del financiamiento de mi campaña se cometió un delito, y a pesar de no saberlo, estoy dispuesto a cumplir la pena que los jueces me apliquen” y no “la política se ha financiado de esta manera desde siempre y ahora nos venimos a sorprender de esto”.

Es curioso que para defender lo ocurrido en los últimos meses el discurso público se ha plagado de comentarios pragmáticos como los que menciono. Son conceptos pragmáticos pero inmorales. Es decir, para apagar el incendio eligieron la bencina.

Y eso se debe a que quizás no hay conciencia de que la moralidad (y no “la moralina” o “el moralismo”, los términos peyorativos con los que algunos pretenden llamar a la moral cuando no se apega a su forma de pensar) está muy viva en nuestra comunidad. Y nuestra comunidad exige respeto por esos valores morales, no que se relativicen y se diga que “ni siquiera es tanta plata”, “siempre se ha hecho lo mismo”, o “no sabía”.

Da lo mismo los montos, la tradición o el desconocimiento (incluso el desconocimiento es más impresentable: si no sabía de este problema… bueno, ahora sabe): la comunidad espera un estándar moral alto de quienes son sus gobernantes, parlamentarios y familiares de figuras públicas. Es así de simple. Y una buena manera de partir no es ni siquiera con mea culpas institucionales, comisiones legislativas, investigaciones parlamentarias, entrevistas incompletas en los medios de comunicación.

Para empezar a recuperar algo de credibilidad basta con algo muy simple: decir la verdad. Toda la verdad. Por enredada y poco creíble que suene al momento de decirla. Por rara e impresentable que se escuche al contarla. Decir la verdad debe ser el imperativo moral aunque eso signifique meterse en problemas más grandes de los que se está ahora. Y, por supuesto, decir la verdad antes de estar obligados a hacerlo porque fueron descubiertos en una mentira.

Ya pasó el momento del cinismo, del silencio, del descreimiento, y de hacerse el desentendido. Llegó la hora de la verdad. Ya no bastan los calmantes y las verdades a cuenta gotas.

La verdad total es necesaria porque justo después de ella, llegará la hora de la responsabilidad. Quienes lo entiendan -incluso ahora, hoy, cuando han pasado ya varios meses de estos escándalos- y digan la verdad sin calcular los costos, aunque eso les signifique perder sus escaños parlamentarios, o bajar aún más en las encuestas, o bajar las ganancias de un negocio, serán los primeros en la lista inevitable de personas públicas que -quizás- recuperen algo de credibilidad. Y si todo sale bien (y se hacen verdaderamente responsables de lo hecho, y pasan los años y se acumulan más actos y dichos virtuosos), quizás recuperen honorabilidad.

Pero quienes no lo hagan, y piensen que esto se va a solucionar solo y que ya nadie recordará lo ocurrido en unos meses más, están tocando violín en el Titanic.

¿Es tan difícil de entender?

TAGS: Clase Política Comunidad

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Comentarios

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Gorky Díaz Pino

17 de abril

Absolutamente de acuerdo con el artículo, SIN EMBARGO, la ciudadanía además espera las penas de ley que corresponden en un Esado de Derecho pero además creo esta misma ciudadanía no debería votar por los que públicamente se sabe han andando en “malos pasos”.

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