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La Hegemonía Alemana y los Mitos de la Dominación

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Lo que debe saber el ciudadano de Atenas, Lisboa o Madrid, que acusa de nazi a la canciller alemana Angela Merkel, es que detrás de la señora del Reichstag están las corporaciones transnacionales y los grupos económicos locales celebrando el verdadero festín. Y digo “transnacionales” porque para el saqueo no hay fronteras nacionales que valgan. Estas entidades maniobran en un nivel muy diferente al que opera la clase política, la cual ha legitimado e institucionalizado el desvalijamiento de naciones completas.

Hace unos días leí, por recomendación de un amigo chileno, un artículo de Ignacio Ramonet, publicado en Le Monde Diplomatique, titulado “La Coacción Alemana”. El texto de Ramonet se desliza entre una descripción de la hegemonía económica germana en el escenario europeo (especialmente sobre los países del sur del viejo continente), la germanofobia que se estaría suscitando entre sus socios de la Unión Europea (incluyendo a Francia y al foráneo Reino Unido) y una mención a declaraciones que han realizado algunas autoridades políticas alemanas, respecto de eventuales causas culturales a la base de la crisis: pereza, despilfarro y corrupción, entre otros epítetos dirigidos a los pueblos europeos más socavados económicamente y estrangulados por las exigencias de austeridad emanadas desde Berlin.

Es probable que Alemania se erija, por su indiscutido éxito económico, en una suerte de barrio alto en la Europa del Siglo XXI. Con humor negro Ramonet cita una columna de Georg Diez, publicada por el semanario alemán Der Spiegel (11.11.2011), quien -en alusión a la actual conquista económica germana- comienza diciendo: “Alemania ganó la Segunda Guerra Mundial la semana pasada”. Quizás la autoestima alemana, aunque parezca soterrada, esté tomando magnitudes siderales entre su fauna política. Mientras atribuyen a la pereza, a la parranda y a la corrupción el desplome de los países que bordean el Mediterráneo, obviamente que pensarán lo contrario de sí mismos.

Esa suerte de xenofobia disfrazada de antropología cultural es más vieja que el hilo negro. Recuerdo que en un almuerzo en un casino de la Freie Universität Berlin, comentábamos –entre colegas alemanes y latinoamericanos- sobre el caso del entonces ministro de defensa alemán Karl-Theodor zu Guttenberg, quien fue acusado de haber plagiado su tesis de doctorado, lo que tomó ribetes de escándalo y desencadenó su estrepitosa renuncia. “Lo que pasa es que nos estamos latinoamericanizando…” –señaló muy suelta de cuerpo la colega alemana sentada a mi lado, para luego percatarse avergonzada de la estupidez de su afirmación. Lo interesante de ello fue la espontaneidad con que mi colega profirió esa idiotez, que de paso casi nos arruinó el almuerzo. Como diríamos en Chile: “le salió del corazón”. Es que lapsus linguae como aquellos no son menores. La atribución peyorativa a causas culturales es el dispositivo más popular utilizado para invisibilizar algo mucho más perverso: la legitimación de la dominación.

Lo que debe saber el ciudadano de Atenas, Lisboa o Madrid, que acusa de nazi a la canciller alemana Angela Merkel, es que detrás de la señora del Reichstag están las corporaciones transnacionales y los grupos económicos locales celebrando el verdadero festín. Y digo “transnacionales” porque para el saqueo no hay fronteras nacionales que valgan. Estas entidades maniobran en un nivel muy diferente al que opera la clase política, la cual ha legitimado e institucionalizado el desvalijamiento de naciones completas. En la monserga de caracterizaciones culturales, no hay ladrones responsables de la debacle que sonríen en la revista Forbes, sino que pueblos completos que duermen la siesta o que se rascan somnolientos las bolitas de la entrepierna. Las políticas de austeridad, que me recuerdan la jibarización del Estado que se viene ejecutando en Chile desde la dictadura pinochetista, no es otra cosa que una fase de privatización de bienes y servicios públicos, como antesala a la apropiación a destajo de los recursos de los países.

Mientras usted no le ponga el cascabel al gato, que parece gato, pero su tendencia depredadora sobrepasa los límites de peligrosidad del genoma felino, seguirá haciendo dos cosas: Primero, creer que es la clase política (y no la económica) la última y principal responsable del secuestro y esclavitud de millones de seres humanos. Y, segundo, continuará –como mi colega alemana y sus exabruptos xenófobos- pensando que es la última chupada del mate y que necesariamente existen algunos seres humanos que quedarán fuera de la categoría de “prójimo”.

Y eso, sin lugar a dudas, no es culpa de los alemanes.

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Fotografía de Rodrigo Pastor Pensa

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