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La derecha chilena y el neo-despotismo ilustrado

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Luego de una espera de dos décadas y tres derrotas electorales seguidas, la derecha regresó a la Moneda para manejar los hilos del país. Si bien, en general este Gobierno bien podría considerarse un quinto periodo de la Concertación, la resistencia transversal que existe hacia la gestión de Sebastián Piñera nos lleva inevitablemente a cuestionar el modelo que con tanta dificultad intenta imponer la derecha chilena.

El oficialismo enfrenta una oposición que trasciende de la mera diferencia de opinión. Es ideológica, en el caso de la Concertación, y oportunista, en el caso de sus “aliados”, UDI y RN, ya que dependiendo del tono del tema en cuestión, brindan apoyo irrestricto o se transforman en fuerte obstáculo para el Gobierno. En torno a tópicos de corte liberal, la UDI le da la espalda al Gobierno, pero son los primeros en aplaudir de pie y apoyar cualquier decisión conservadora que provenga desde la Moneda. Cuando se discutía la derogación del sistema binominal, por ejemplo, apareció Jovino Novoa a poner paños fríos con una soberbia escalofriante: “cambios profundos al sistema político no va a haber durante este período”. Inmediatamente después de esta declaración, los ánimos reformistas fueron decayendo. En torno a la discusión del salario mínimo, nuevamente apareció la UDI a golpear la mesa mediante un apoyo absoluto al Gobierno que le pasó por encima incluso a Carlos Larraín.

Constatar esto último no sólo nos confirma algo evidente – que la UDI controla la agenda del Gobierno –, sino que también nos permite esclarecer una de las ideas de Gobierno centrales de la derecha: Creer que su proyecto de país es una suerte de panacea universal capaz curar todos los males. Esta tesis la refuerza Pablo Longueira cuando expresa que “lo mejor que le puede pasar a los chilenos es que tengamos un gobierno de ocho años”.

A diferencia de lo ocurrido en 1973, esta vez la derecha llegó al poder mediante la vía democrática, pero conserva aquel espíritu arbitrario de creer que en sus manos está la salvación de Chile. Este neo-despotismo ilustrado es probablemente la explicación del transversal y masivo rechazo al Gobierno y a esta ideología, ya que cuando se está en presencia de una ciudadanía despierta y demandante de más diálogo, no existe peor bandera que la de “por el pueblo, pero sin el pueblo”. Claramente esta idea de creer en el proyecto propio como la mejor alternativa no es monopolio de la derecha, es natural en cualquier partido o coalición política con aspiraciones de poder. Lo que no es natural es creer que este modelo debe imponerse al país basándose en la adjudicación arbitraria de una superioridad moral-ideológica no dialogante. Y es ahí donde radica el problema de la derecha chilena, o al menos del sector más duro de ella.

El daño democrático que genera esta idea de superioridad de la derecha es letal, ya que la aleja de la real problemática de las personas y la incentiva a hacer cálculos políticos para perpetuarse en el poder. La UDI “popular” hoy se preocupa de su candidato presidencial – candidato que, sorpresa, se escogerá entre cuatro paredes – y se niega a un aumento significativo del salario mínimo.

Mientras La Moneda siga secuestrada por el neo-despotismo de la derecha, la tensión de la relación con la sociedad se irá incrementando. La gente quiere más humildad y diálogo con la clase gobernante, no la imposición de un modelo ideológico inspirado en una pseudo-superioridad que, para colmo, no soluciona estructuralmente los problemas del país.

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